(EN EDICIONES)
Dos familias.
Un pueblo, dinero, secretos y traiciones.
Romances que te dejan con el corazón pendiendo de un hilo y pasiones que arderán al punto de
quemarte.
¿Lo único seguro? Luego de su llegada, nada ni nadie saldría ileso.
Aque...
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POV SKY:
Lunes.
El inicio oficial de la semana y el universo acaba de declararme la guerra.
Mi día empieza exactamente con mi pie enredado en la cobija, un salto desesperado fuera de la cama y un impacto seco contra el piso que de seguro hizo temblar el techo del piso de abajo.
—¡Maldita sea! —seco el suelo con mi dignidad mientras miro el reloj de la mesa de noche.
¡VOY TARDÍSIMO!
Hoy es mi primera práctica con el equipo de baile. El mismísimo evento que llevo semanas esperando y por el cual casi pierdo la vida entrenando, y mi cerebro decidió que hoy era un excelente día para apagar mi alarma interna.
—¡Hubieras empezado por despertarme con un cubo de agua fría, Nani! —le grito a la nada mientras corro al baño enredándome con mi propia toalla.
—¡Tu desayuno está en la mesa, cielito! —alcanza a responder la voz calmada de mi Nani desde el pasillo.
Me meto a la ducha de un salto y abro la llave. Pero en cuanto las primeras gotas me caen en la cara, mi mente —que claramente odia verme en paz— aprovecha el agua tibia para reproducir en alta definición las memorias que preferiría dejar enterradas bajo tres candados en el fondo del océano.
No me puedo creer lo que hice el sábado por la noche.
¡ESTUVE A PUNTO DE BESAR A EROS!
¿Entienden la gravedad del asunto?
BESAR. A. EROS.
Estoy cien por ciento segura de que esa noche fui poseída por un demonio sin dignidad, sin amor propio y con un pésimo sentido del juicio.
«¿Te sigo pareciendo una niña, Eros Clark?»
¡Trágame tierra y escúpeme en la Luna, por favor!
¿En qué momento me creí la protagonista de una telenovela turca?
¡¿Y a mí qué demonios me importa si me ve como una niña o no?!
«¿Acaso te gusta ponerme así, Sky?»
«¿Así cómo, Eros?»
Sintiendo que las mejillas me arden a una temperatura volcánica, le doy un giro violento a la perilla para dejar caer solo el agua helada. El chorro congelado me impacta la piel, erizándome hasta las malas ideas, pero mi cerebro sigue en modo masoquista proyectándome la secuela:
Mis manos paseándose por su abdomen, mi respiración desbocada, y justo cuando voy a lograr mi cometido... el muy imbécil me frena sujetándome las muñecas.
¡Mierda, mierda y tres mil toneladas más de mierda!
¡¿Por qué nadie me dio un botellazo en la cabeza para evitarme semejante ridículo internacional?!