Capítulo 29

348 21 3
                                        

Gabriella.

No puedo sobrevivir a un fin de semana digamos que semi-romántico con Adriano y fingir que nada pasó, porque paso, y mucho, más de lo que debería ser legal. No sólo hablo de sexo, sino que descubrí que podría ser un candidato aceptable para una relación. Ningún hombre me había tratado nunca tan bien como él. Odio que haya sido tan atento y que me haya complacido con la más estúpida de mis peticiones.

¿Cómo voy a odiarlo si me llevó a comprar helado y acepto pasear por la playa a pesar sus reticencias? Y aunque parezca sorprendente, no tuve que insistir mucho. Era abrir la boca y Adriano me complacía.

Hemos disfrutado veinticuatro horas en una burbuja, siendo él y yo. Sin títulos, trabajo o cualquier problema, solo dos personas complaciéndose. Y repito, no sólo hablo de sexo, porque por unas horas he logrado sentirme a gusto, en paz.

Este hombre me tiene mal.

No logro identificar en qué momento de mi vida me encuentro, lo que siento es todo real o de manera inconsciente estoy buscando una distracción. Llegados a este punto, siento que me he alejado de mis objetivos, aunque haga lo posible por llevarlos a cabo estoy fracasando. Establecí un plan en el que no entraban las relaciones personales y ahora se siente mal; sin embargo, casi lo estoy cumpliendo. Técnicamente...

-Tener a Adriano comiendo de mi mano. Hecho. O bueno, eso creo, últimamente está muy complaciente y el viaje me tiene confundida, podría decirse que soy yo quien come de la suya

-Conseguir la ayuda de Luca y mantenerlo a salvo de nuestro padre. Medio hecho. Nadie puede salvarlo de Constantino cuando es el quien no lo soltará.

-Cancelar una boda. En proceso. Conseguir tiempo es algo al menos

-Buscar información sobre el pelirrojo. Hecho, pero con nuevas incógnitas. Se siente frustrante.

-Dar con el paradero de Sabino. Sigo en ello.

-Desaparecer. A mil años luz

Dejando de lado mi inesperada confusión sentimental hacia Adriano, repaso mi lista mental por milésima vez avergonzada de no conseguir tener cerradas las tres cuestiones que más me preocupan y estar perdida en medio de la selva o vagando por pueblos de África construyendo pozos. Lo que sea, pero que nadie sepa que existo. Y con una lista sin sus puntos concluidos solo quiero gritar.

Si no sé cómo librarme de la boda, ni cómo dar con Sabino, mucho menos poner distancia. Le he dado vueltas, lo juro, lo he intentado hasta dolerme la cabeza, días de planes y planes de emergencia que quedaron de lado. Es imposible hacer un movimiento sin tener consecuencias. Me va a estallar la cabeza de tanto pensar.

Suelto todo el aire frustrada y miro alrededor, no es que haya nada interesante, pero reparo los dos coches negros, seis hombres armados bajo su ropas fuera de ellos y uno detrás de cada volante listo para ponerse en marcha ante cualquier situación. Mi adorado cuerpo de seguridad. Esa seguridad que me veo obligada llevar pegada a la espalda, que para nada hace lo mínimo por mantenerse oculta, mientras espero a María en el exterior del aeropuerto. Desvío la atención hacia la aglomeración a unos cuantos metros de mi posición en busca de ella. Por la puerta llevan salido cientos de personas.

Quizá esperar una hora no era necesario, pero quería llegar con tiempo, malditas manías y maldita la sensación de angustia que me genera pensar en no llegar a tiempo... Peeeero, al menos ya tengo localizada a mi amiga, la cual va despistada con su teléfono y si no me equivoco es a mí a quien llama. No pienso responder mi teléfono estando a metros de ella. Levanta la cabeza de la pantalla y cuando me ve, la vibración en mi bolsillo se corta. Sale corriendo para asfixiarme en uno de sus horribles, pero amados abrazos.

Inevitable DestinoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora