Adriano
No sé muy bien lo que sea que esta ocurriendo, pero algo me saca del sueño, el aturdimiento inicial no me deja procesarlo con claridad, aún pasan unos segundos en los que intento ignorarlo sumido en él, pero...Unos ruidos, acompañados de murmullos me sacan completamente del sueño, manoteo la mesita de noche encontrando mi reloj y miro la hora, intento evitar que la luz no me deje ciego en el proceso. Las siete de la mañana. Suelto todo el aire y dejo descansar mi cabeza sobre la almohada.
Podría pensar que tengo ratones, de no ser porque Gabriella no está al otro lado de la cama y porque ahora tenemos un gato, sin olvidar que serían ratones de más de metro y medio y sus murmullos suenan como Fabrizio y Gabriella juntos. Con esos dos sueltos por la casa, se acabó el dormir más. Además, el dolor que siento en mi parte superior izquierda, no está colaborando.
Antes de ir a supervisar el motivo de tanto alboroto, decido que es necesario darme una ducha y limpiar las heridas, lo que se vuelve francamente molesto. Mejor no hablo de vestirme, ya que, una tarea que normalmente haría sin problema, se vuelve tediosa y tardo el doble de tiempo de lo normal en colocarme ropa deportiva. Usar una única mano es un castigo.
— ¿Que hacéis?— Pregunto entrando a la cocina, donde mi hermano me da la espalda mientras mira el horno y Gabriella ocupa un taburete junto a la isla.
— Si tengo un libro entre las manos y mis ojos están sobre él, — aclara con tono cortante la mencionada —, significa que estoy leyendo.
— O admirándolo.
— Vete a la mierda, Adriano— caricia al gato sobre su regazo.
— ¿Cómo te encuentras hoy?
— Aburrida, cansada, revuelta, irritada... Puedo seguir, la lista es larga.
— Hermano, mejor siéntate y espera a que termine de hornear el desayuno. Gabriella no está conversadora hoy.
— Lo he notado...— miro a mi mujer que entrecierra los ojos sobre ese libro que finge leer.
—Te lo dije— de repente, deja el libro con un golpe seco sobre el mármol. — Hay que pincelarlos antes de hornear — señala las instrucciones.
— Soy el cocinero, — responde mi hermano con suficiencia—, y si digo que es mejor ponerles un poco de miel después, así se hará.
— Pero lo haces mal.
Me recuesto un poco hacia atrás en mi taburete sujetando el brazo herido, mi mirada viaja de uno a otro mientras discuten. Son ratones muy ruidosos. El gato huye de regazo de Gabriella y corre a comer, evitando la pelea tanto como yo.
— No te soporto — bufa mi hermano sacando la bandeja llena de delicias humeantes.
— Yo a ti tampoco.
— Adriano, controla a tu mujer— a partir la mirada de los dulces que me piden que los coma y paso mi mirada del uno al otro.
— El médico dijo que los cambios de humor estarían presentes— mi hermano arruga la nariz pasando un pincel con miel sobre el delicioso hojaldre y Gabriella bufa sonoramente, — la soportas como hacemos todos.
— Gracias por hablar de mí como si no estuviese aquí y encima fuera una desequilibrada.
— Te he defendido.
— Si, bueno, gracias una vez más. El abogado del año.
Rueda los ojos, pero se levanta y nos sirve café a todos para tomarlo con la creación de Fabrizio, la cual, al morder resulta estar rellena de chocolate. Todo un placer. Hago un retiro de silencio mientras desayuno, disfrutando y dando gracias por no haber muerto ayer, no podría haber comido esta delicia. Ignoro a mis acompañantes, no me importa que su discusión retomada pase a ser un regaño de Gabriella porque Fabrizio le da de su desayuno al gato.
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Inevitable Destino
De TodoUn mundo en que la sangre se paga con sangre, la palabra del capo es la ley. Gabriella Vitale lleva años lejos de sus raíces, libre del yugo del deber para con la familia. Disfrutando de su vida cómoda y relajada, intentando olvidar aquello de lo qu...
