Capítulo #12 - Un rayito de luz

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Narra Samantha

Al día siguiente, la cafetería parecía tener un aire distinto para mí, como si estuviera cubierta por una neblina. Las luces, que solían parecer cálidas y acogedoras, hoy tenían un brillo frío. Los murmullos de los clientes habituales eran un eco lejano, un recordatorio de que el mundo seguía girando, aunque yo estuviese muerta por dentro.

El uniforme que llevaba, con mangas cortas, dejaba al descubierto mis cicatrices, así que ese día decidí usar una camisa de mangas largas por debajo. Intenté concentrarme en el trabajo, sonriendo y atendiendo a los clientes como de costumbre, pero era inútil. La tristeza en mis ojos era un espejo de lo que sentía por dentro.

No estaba preparada para verla hoy. María Elisa entró en la cafetería con una hermosa sonrisa, como siempre. Sabía que ella vendría, pero aún así, mi corazón se sobresaltó cuando nuestras miradas se cruzaron. Le preparé el mismo café que había estado pidiendo en los últimos días, estiré mi mano para entregárselo y ella bajó su mirada. Notó mi brazo, lo vi en sus ojos. Mi manga se había levantado un poco, dejando al descubierto alguno de mis cortes.

María Elisa: (con tono de preocupación) Sam, ¿estás bien?

Su voz me llegó con la fuerza de un martillo, rompiendo la frágil barrera que había construido durante toda la mañana. Me tensé, intentando cubrirme de nuevo, pero el daño ya estaba hecho. Sentí la vergüenza subir por mi pecho, y mi voz, siempre tan firme, ahora era apenas un susurro tembloroso.

Samantha: Sí, estoy bien. Solo estoy un poco cansada.

Mentira. ¿Por qué seguía mintiendo? Tal vez porque la verdad era demasiado pesada para compartir. Pero María Elisa no se dejó engañar. Pude sentir su preocupación, su mirada penetrante, y eso solo me hizo sentir más vulnerable. Quería que dejara de preguntar, que se fuera. Pero al mismo tiempo, anhelaba que alguien, que ella, se quedara.

Cuando insistió, su tono suave pero firme, fue como si una puerta se abriera dentro de mí, dejando salir toda la tristeza, todo el miedo. No pude soportarlo. Me eché atrás, murmurando una excusa antes de correr hacia el baño, el único lugar donde podía estar sola. No podía dejar que me viera así, rota.

Me senté en el suelo frío, abrazando mis rodillas mientras las lágrimas caían sin control. Segundos después, la vi entrar al baño, caminó hacia mí y se sentó a mi lado sin pronunciar una sola palabra. Me abrazó y entonces me quebré, dejé que el dolor saliera, sin reservas, sin miedos.

Maria Elisa: Eso hermosa, déjalo salir, aquí estoy para ti.

Lloré como una niña pequeña sobre su pecho, mientras ella acariciaba mi cabello y mecía su cuerpo junto al mío como lo hacen las madres con sus hijos.

Maria Elisa: No se por lo que estás pasando, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que necesites. 

Solo asentí con mi cabeza porque la voz no me salía. Estaba cansada de luchar, de fingir que estaba bien. Su abrazo y sus caricias poco a poco me fueron calmando. No me dijo que todo estaría bien, ni me prometió soluciones mágicas. Simplemente estuvo allí, su cercanía fue como un bálsamo en medio de mi tormenta. Me miró como si me entendiera, como si realmente le importara.

Maria Elisa: Vamos a encontrar una manera de superar esto (me susurró)

Me fui separando lentamente, y me encontré con su mirada llena de empatía.

Samantha: Gracias, Maria... de verdad, muchas gracias

Con sus pulgares limpió las últimas lágrimas que bajaban por mi rostro y yo intenté mostrar una media sonrisa en señal de agradecimiento.

Maria Elisa: No hay nada que agradecer, lo hago con todo mi cariño (me sonrió)

Samantha: Yo... tengo que regresar al trabajo (levantándome del suelo)

Ella levantó la mirada y me observó, negando con su cabeza, desaprobando lo que acababa de decir.

Maria Elisa: No señorita, tu vendrás conmigo

Samantha: ¿Qué? ¿Estás loca? Tengo que trabajar

Maria Elisa: Hablaré con tu jefe si es necesario, pero necesitas salir de aquí

Samantha: Nada te hará cambiar de opinión, ¿verdad?

Maria Elisa: Deberías saberlo, ya regreso (me guiñó un ojo y salió del baño)

Mientras ella regresaba me eché un poco de agua en el rostro, lave mis manos y cuando me disponía a salir, Maria Elisa se acercaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Maria Elisa: Listo, podemos irnos

Me tomó de la mano y empezó a arrastrarme hasta la salida de la cafetería, me detuve en seco, consiguiendo que ella me soltara y se volteara, tenía el ceño fruncido y se mostraba un poco frustrada.

Samantha: No puedo irme Maria, debo trabajar (dije nerviosa)

La verdad es que no quería ir con ella, no quería que me preguntara lo que me estaba sucediendo.

Maria Elisa: Bebé, eso está resuelto. Hablé con tu jefe, le dije que no te sentías bien, que necesitabas la tarde libre y aceptó. ¡Anda, no tienes excusas!

Asentí sabiendo que esta mujer no se rendiría, ella se encaminó hasta su auto mientras yo la seguía, al estar frente a este, abrió la puerta del copiloto.

Maria Elisa: Vamos, entra... (soltó una carcajada) tranquila, no te voy a secuestrar.

Maria Elisa había llegado ese día como un rayito de sol para iluminarme, porque así era ella, toda luz, toda energía, todo amor. No tenía idea de adonde pensaba llevarme, pero con ella me iría hasta el fin del mundo con tal de huir de todo este dolor.

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Nota de la autora:

Necesito ideas para el próximo capítulo, a qué lugar creen que pueda llevarla Maria Elisa???? los leo!!

No olviden votar y comentar! Gracias por leerme!!

Xoxo, D

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