38 (Narra Carlos)

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Ya era de noche, Julia y yo estábamos en la cama juntos y empecé a besarle el cuello.

- ¿Te apetece...?- le susurré al oído.

- Mmm...-hizo como que se lo pensaba.- sí.

Le quité la camiseta y empecé a besar todo su torso de arriba a abajo.
Mi nariz estaba congelada y contrastaba con el calor que desprendía su desnudo cuerpo. Subí desde su vientre hasta su boca para contemplar su expresión, tenía la boca entreabierta y su cara era de puro placer; entonces la besé de nuevo y, posteriormente la despojé con plena lentitud de sus leggings a la vez que ella lo hizo de mi camiseta.
Su silueta era completamente perfecta.
Acerqué mi pecho desnudo al suyo, que también lo estaba, y noté su corazón latiendo a un ritmo veloz contra el mío.
Le sonreí, necesitaba mirarla en todo momento, me deslumbraba lo bella que era.
Ella me quitó el pantalón, aunque lo hizo sin mirar, ya que, me estaba devolviendo la sonrisa.

Rocé mi cuerpo casi desnudo contra el suyo una vez más, quería sentir cada poro de su piel, tener contacto con cada espacio de su ser.
Y volví a besarla, pero esta vez sin freno, esta vez seguí hasta despojarla de su tanga negro, resbaló por sus piernas de forma perfecta hasta acabar en sus piés, y una vez fuera, volví a arrriba besando desde sus rodillas hasta su zona.
Ella me correspondía intentanto quitarme los boxers, tarea difícil, pues yo no podía frenar ya mis besos y estaba muy abajo para que ella pudiera conseguirlo.
Subí hasta arriba para que lo  hiciera y, mientras lo intentaba, mordí su pezón. Ella soltó un pequeño gemido que me incentivó a seguir.
Cuando terminó subió sus manos desde allí muy lentamente por toda mi espalda hasta llegar a mi cabeza.

Hizo que la mirara a los ojos una vez más, su expresión era seria, incluso diría que de miedo.

- Lo siento... no puedo.

- ¿Cómo? ¿Por qué? ¿He hecho algo malo?- pregunté mientras me empezaba a vestir.

- No... no quiero que pienses que es tu culpa.

Empezó a trabarse, parecía tener un nudo en la garganta.

- ¿Qué pasa Julia?

- Cada paso que das,... me recuerda al tío que intentó violarme.

La abracé todo lo fuerte que pude contra mi pecho. Ni siquiera sabía que hacer para que se sintiera mejor. Supuse que la psicóloga podría hacer algo.
Mientras tanto yo, solo podría maldecir a ese hombre por el resto de mi vida.

La casualidad, JulrightDonde viven las historias. Descúbrelo ahora