El camión serpenteó por el camino pedregoso hasta llegar a destino. Era una de las ciudadelas, sectores cercados y protegidos donde se refugiaban a los sobrevivientes antes de relocalizarlos.
Desde que habían controlado a los carnívoros limitándolos a la Zona Roja, las ciudadelas se encontraban eran extrañamente habitadas.
Sin embargo, ese día nos llevamos
una terrible sorpresa cuando la cortina del vagón en el que íbamos fue levantada y vimos el lugar repleto de personas.
Leo estacionó el camión junto a otros similares y junto a Otabek transportaron a Pichit al centro médico que se erguía a un lado.
—Por aquí — indicó Guang Hong llevándonos al mismo centro hospitalario para ser revisados donde se atendía conpremura a los pacientes de mayor gravedad y Pichit era uno de ellos, si es que no el peor.
Fue ese el momento en el cual me hice plenamente consciente de toda la miseria en la que nos hallábamos.
Indiferentes a su especie, las personas caminaban de un lado a otro mostrando la misma cara de angustia, dolor e incertidumbre. Muchos de ellos lo habían perdido todo a manos de los carnívoros.
Lo tenían todo, habían luchado por algo en esta vida, habían amado a alguien y un día simplemente despertaron para perderlo.
Pensarlo hizo que una fuerte ansiedad me embargara.
Un murmullo desolador envolvía el lugar. Todos miraban a los médicos con los ojos ausentes, muertos en vida. Por unos instantes algunos se volvieron a mirar a Viktor y Yurio, mas no dijeron nada. Los herbívoros alfa podían reconocer el olor de un carnívoro cerca, pero creo que dada
la situación ya no les importaba ser atacados. Los habían despojado de toda voluntad de vivir.
—¿Aún no ha llegado? —Preguntaba una pareja de esposos a uno de los pacificadores en la entrada—. Nuestro hijo habitaba en la ciudad del norte, quizás el camión en el que venía se ha retrasado.
El pacificador intentó contestar algo positivo, incluso si sabía que las posibilidades eran bajas.
—Es posible. La ciudad del norte fue atacada ayer en la noche, los pacificadores que ocupan esa zona aún se encuentran buscando en sus madrigueras o subterráneos. Ahora mismo estamos recibiendo a los supervivientes de la ciudad este. Tenga paciencia, por favor.
El hombre sujetó a su esposa mientras ésta se deshacía en un llanto ahogado. Ellos sabían, como muchos de nosotros, que los sobrevivientes que aparecían en días posteriores al
ataque podían ser considerados un verdadero milagro. Los carnívoros no dejaban las cosas a medias y sabían muy bien de la tendencia de los herbívoros de refugiar a sus familias
en complicadas y laberínticas madrigueras. Para ellos encontrarnos era solamente un reto más.
Intentaba no mirar a nadie a pesar de que la gente se acercaba con la esperanza de reconocer a uno de sus seres queridos entre nosotros.
Esperamos fuera de una serie de cubículos apenas divididos por cortinas entre ellos. El primero en pasar fue Yurio, debían asegurarse de la vitalidad de su cachorro.
Otabek llegó en el momento en el que Yurio se acomodaba en la camilla y exponía su vientre.
Hasta ese momento, Yurio se veía por demás receloso de que un extraño lo revisara, pero con su pareja al lado logró tranquilizarse. Estiró una mano hacia Otabek y él la tomó, besando el dorso de sus dedos.
El médico trajo un extraño aparato parecido a una pequeña radio con un micrófono. Impregnó la cabeza del micrófono con gel y luego de mover las manos sobre la protuberancia
en el cuerpo de Yurio, apoyó el artefacto en la superficie de su abdomen.
