Recuerdos..
No importa qué tan lindo y cálido sea un atardecer, puedes estar seguro de que éste se teñirá de azul y melancolía si lo miras desde la ventana de una habitación de hospital.
Más aún si esta se encuentra en el ala de psiquiatría donde Yuri fue trasladado al cuarto día.
No me lo decían, pero yo también estaba internado de manera involuntaria.
No podía salir, los pacificadores
tenían rodeado el lugar y si Phichit no estaba con nosotros cuando sacaba a Yuri al patio teníamos un pacificador
escondido apuntándome con un rifle.
Eran órdenes del Alto Mando, yo era un peligro para la humanidad hasta que se demostrara lo contrario.
Phichit había ordenado a algunos que buscaran a Misha enviándolos a la villa de mi familia, al bosque circundante y en un radio de veinte kilómetros en torno a este. Lo intentaron, más la nieve constante eliminaba cualquier rastro que pudiese brindar datos sobre el paradero de nuestro cachorro.
Nuestro hijo estaba oficialmente desaparecido.
Por otro lado, de la ciudad número 4 ya no quedaba más que sombras y escombros. La población que en un principio alcanzaba el millón de habitantes, ahora solo tenía unos
cuantos sobrevivientes.
—Teníamos datos de solamente tres cazadores de tipo D —dijo Phichit sentado a un lado de nosotros esa tarde— ahora casi estamos seguros de que estos podían superar los diez
mil.
En resumen, el mundo tiene diez mil asesinos sueltos, incapaces de controlar sus impulsos y de diferenciar entre amigo o enemigo.
Es como si muchos carnívoros
controlados hubiesen dado un salto en su evolución... o involución. Se declaró un estado de alerta mundial.
Yuri se mantenía con los ojos entrecerrados mirando un punto en el espacio, perdido en la habitación. Era extraño, yo sabía que físicamente mi Yuri estaba allí y aún con la ropa de hospital, los sueros, los moretones y escoriaciones seguía siendo el Yuri de quien me enamoré.
Pero cuando veía sus ojos y estos estaban lejos de ser aquellos ojos que me veían con alegría y amor; estos
parecían no sentir nada, absolutamente nada, como si no hubiera dolor, como si no hubiera amor, terror, odio... nada. Jamás había visto unos ojos tan vacíos y ausentes como los de mi esposo en ese momento.
Yo intentaba alimentarlo, algo que se había convertido en una misión casi imposible. Phichit nos miraba con lástima.
—Yuri... —llamé en un susurro devolviendo la cuchara cargada con sopa al plato—Por favor sonríe... este no eres tú...
Más que decirlo a él era un mantra que me repetía yo mismo, porque me negaba a creer que esto era real. En el fondo de mi corazón me negaba a aceptar que esto estuviera ocurriendo.
Aún conservaba la estúpida esperanza de que fuera un sueño y que despertaría sudado en nuestro nido, que Yuri se levantaría y acariciaría mi mejilla para repetirme que era solo una pesadilla.
—No le pidas milagros —contestó Phichit—. Los medicamentos que le dan ahora lo dejan así. Es eso o
escucharlo delirar. Le están quitando fuerzas para evitar que se mate.
—No necesitas decírmelo. Ya sé lo que podría suceder —contesté desesperado.
Me sentía envuelto en una cortina de humo negro. Un hijo desaparecido y mi esposo cursando con una depresión fatal. Y yo, ¿qué importaba yo? Finalmente, era mi culpa. Yo los
había descuidado y todo esto era solamente la consecuencia de mis actos.
