Recuerdos....
El celo de Yuri duró cuatro días, contrario a los otros que duraban uno o máximo dos.
Lejos de ser algo entretenido o
placentero, esta vez se volvió invalidante.
Él fue incapaz de asistir a la escuela ya que la incomodidad lo mantenía
encerrado en nuestra habitación y si me apartaba por unos minutos los síntomas se tornaban insoportables.
Por lo general, bastaba un pequeño beso en los labios para que los calores bajaran y al tenerle constantemente entre mis brazos la incomodidad disminuía.
El té de trébol nos ayudaba mucho pero esta vez al parecer todo era
insuficiente. Cada vez era más difícil para ambos. Con las manos buscando contacto con mi piel colándose por
debajo de mi camisa, percibía el toque ardoroso de sus dedos contra mi espalda y cómo éste calor disminuía una vez que me entraba en contacto directo conmigo.
—Perdón... —pronunciaba una vez que el sopor pasaba y volvía en sí.
—No pasa nada, mi amor. —Siempre me había esforzado por ser un novio comprensivo y eso no cambiaría. Sabía que Yuri se perdía en sus impulsos cuando sobrevenían los
calores e intentaba entenderle. En general, los alfas usaban ese estado en los omegas para justificar sus actos.
No, no le haría algo así a mi Yuri.
Le contestaba con un pequeño beso en la frente, y rápidamente buscaba mis labios para besarlos por un largo
minuto.
Solo un roce, no nos atrevíamos a más porque bastaba con sentir el remanente de humedad impregnado en mi piel, probarlo y apreciar ese sabor dulce para entender que en el momento en el que pasara a besarle con mayor profundidad, tal vez no habría vuelta atrás.
Su cuerpo buscaba todas las formas posibles de embriagar mis sentidos cuando sobrevenía el celo. Desde el dulce y apetecible olor que emanaba por cada poro de su ser, pasando por el calor y sensibilidad de su piel, el sabor embriagador que quedaba en sus labios proveniente de su saliva, la imagen inocente y erótica en su expresión y el sonido suave de los gemidos que contenía cuando
atravesaba un calor.
Debo decir que me sorprendo de la capacidad que tuve para resistirme a esa mezcla de inocencia y sensualidad tan propia de él.
Sin embargo, ese día buscó mis labios con premura para besarlos, y mientras lo hacía separó los míos
buscando un beso más húmedo y profundo. En el momento en el que sentí el sabor fascinante y atrayente de su boca no pude si no continuar, apresándolo entre mis brazos y
atrayéndolo con fuerza contra mi cuerpo.
Yo también empezaba a sentir urgencia de él. Le sentí estremecerse.
Entreabrí los ojos y encontré los
suyos. Brillantes, tímidos, llorosos.
Estaba asustado.
Lentamente, rompía el beso para retomar el abrazo, ese tipo de abrazo en el que a él le gustaba refugiarse.
Quizás todos tenían razón y yo obedecía ciegamente lo que él quería.
Yuri me había domesticado.
El último día del celo, dejé a Yuri por unos minutos para ir a su escuela y recoger su tarea para el fin de semana. Además, pasé por una librería en busca de algún libro que pudiese ofrecerme algo de información respecto a su naturaleza.
Iba a ser su primera vez y también la mía y aunque el libro repetía todo lo que ya sabíamos sobre reproducción y los cambios que su cuerpo sufriría cuando llevara el embarazo, poco o nada me decía sobre cómo se
debe hacer el amor.
