😾Kotik~4

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Los primeros días mantuvieron sedado al chiquillo, por lo que dormía casi todo el tiempo. Me habían designado la misión de vigilarlo así que apenas podía moverme de su lado. Incluso me encargaba de alimentarlo, pero él no cooperaba.

-Vamos, tienes que comer. Estás muy delgado -decía insistiendo con la cuchara de caldo frente a su rostro. En realidad, por las lesiones en su cuerpo estaba sometido a una dieta líquida y a duras penas podía probar esa cosa que solamente era agua con sal y un par de arroces flotando.

Él miraba la cuchara cargada de caldo y luego hacía un gesto despectivo, ladeando el rostro. No sabía que yo tenía un plan. Ya le había visto reaccionando al olor de la cena que venía desde la cocina unas noches atrás.

Ese día tuvimos pescado con ensalada y hasta sentía que él intentaría soltarse de las correas que lo sujetaban y arrancarse el bozal por probar un bocado.
Puse el tazón de caldo a un lado y lo dejé por unos minutos, los que me tomaba en ir al almacén del campamento. Al regresar, él me miró curioso.

-Traje esto -expuse extrayendo una lata de atún al agua frente a sus ojos.

-Dame -pidió rápidamente. Se veía desesperado.

Abrí la lata solo un poco, lo suficiente para que el agua salada cayese hacia el tazón.

-Aún no puedes comer nada sólido, pero creo que esto mejorará su sabor -dije revolviendo el tazón y sentándome nuevamente en el reborde de la cama a su lado.

Esta vez, tomó su sopa sin chistar. Como estaba sedado, curar sus heridas los primeros días resultó algo sencillo para los doctores. El verdadero problema llegó cuando prescindieron de los estupefacientes y poco a poco retornaba a la realidad. Como realizaban curaciones diarias, él se mostraba muy arisco y estoy seguro de que más de una vez pensó en arrancarle la cabeza al doctor mientras limpiaba sus heridas con una gasa empapada en alcohol. Durante la segunda semana fue trasladado a una celda de reclusión donde contaba solamente con un colchón viejo en el piso, una cobija y un tazón de metal. El lugar era húmedo y apestaba a orina de ratas. El lugar se dividía en dos por las rejas y al otro lado de ellas estaba yo, sentado sobre una litera.

Sí, las condiciones en las que lo mantenían eran inhumanas incluso para un depredador.

Yuri era difícil de tratar y apenas hablaba conmigo cuando debía alimentarlo. El resto del día se mantenía en silencio, con las muñecas y los tobillos inmovilizados con grilletes sujetos al piso mediante una cadena, además de un bozal de cuero que le cubría la mitad de la cara.

Era extraño, pero en él no veía intención alguna de escapar.

Era como si se estuviese resignado. Aunque sí que entendía lo incómoda que era su posición: estaba atravesando un post operatorio complicado, tenía la clavícula fracturada y obviamente le dolía mover el hombro aunque fuese un poco.

Esto representaba el menor de sus problemas, ya que el chiquillo se tornaba insufrible cuando se trataba de curarle las heridas incluso al mantenerlo sedado, y para esto dejaron a cargo a uno de los pacificadores que se iniciabaen la brigada de salud, el cual no le tenía simpatía alguna y no dudaría en lastimarlo.

Él también había perdido a su familia a manos de los carnívoros y quería desquitarse con éste.

-Buenos días, Yuratchka -saludó esa mañana mientras yo aún dormitaba sobre mi litera, desperezándome por completo con su voz gangosa mientras caminaba desde la entrada hacia el camastro y balanceaba un balde con una esponja flotando en su interior-. Oh, ¿qué tenemos aquí?

HUNTER OMEGAVERSEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora