☂ 75: No somos tan diferentes.

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Yurio y Otabek daban lo mejor de sí para cuidar a pequeña Natalya. Los visitaba junto a Misha durante la primera semana en las tardes para orientarlos en la crianza, aunque
como le había dicho antes a Yurio, su bebé le enseñaría.

Desde cambiar un pañal hasta identificar cada tipo de llanto, fuese por hambre, aburrimiento o dolor y pasando por pequeños sustos; la nueva pareja de padres casi no tenía
descanso.

Otabek tenía baja por un tiempo para acompañar a Yurio quien entraba en crisis por todo lo que pasaba.

—¿Estás seguro de que no debo llevarla al hospital? — preguntaba cargando a la bebé contra su pecho y palmeando suavemente su espalda—. Pueden ser convulsiones.

—Yurio, eso es hipo —-contesté riéndome. Él contestó chasqueando la lengua y caminando de un lado a otro con la bebé. Cuando ésta quedó dormida, la retornó a su cuna. Ese instante era como una especie de código para Misha, quien dejaba lo que estuviese haciendo y a sus juguetes para acercarse y mirarla con atención, sin apartar la mirada de ella.

A veces, Natalya se movía y esto perturbaba su sueño, o simplemente estaba aburrida y contraía el rostro en una amenaza de llanto. Misha empezaba a hablarle y cantarle
(inventándose la letra en la mayoría de los casos) y esto funcionaba para calmarla.

—Soy su guardián, mami — me confesó en un susurro para no despertarla—. El abuelito Nikolai me dijo que los caballeros cuidan de las princesas. Ella es una princesa.

Agotado como estaba, Yurio se recostó en su cama. Otabek había ido al mercado a comprar algunas cosas para prepararle el almuerzo a Yurio.

Ambos estrenaban un par de ojeras oscuras bajo los ojos.

—Nuestra Natasha tiene el ciclo de sueño alterado. Duerme de día y en la noche hace fiesta en su cuna —reveló Yurio con un tono de voz arrastrado y cansado. Mantenía los ojos cerrados por unos segundos, abriéndolos para percatarse que su bebé no lo necesitaba.

—Duerme si tienes oportunidad —dije—. Creo que ese es el mejor consejo que puedo darte.

Soltó un caprichoso gruñido y al cerrar los ojos, lo mantuvo así por un poco más de tiempo. Escuché la puerta principal abrirse y luego de unos segundos Otabek pasó por la puerta, dando un vistazo rápido entre las bolsas que tenía llenas de víveres.

Regresó al cabo de unos minutos con un plato con arroz y atún para Yurio, una bolsa de galletas de animalito para Misha y una manzana para mí.

—Yura —llamó con suavidad—. Hora de comer.

Refunfuñando y pronunciando algo ininteligible, Yurio le indicó que dejara el plato sobre la mesa de noche y palmeó sobre la sábana invitándole a recostarse a su lado. Otabek me miró como si me pidiese permiso.

Asentí en señal de que yo cuidaría a su bebé. Esa fue la primera vez que vi a dos personas quedar profundamente dormidas en unos segundos. Como todos los días, Viktor fue a recogernos al anochecer. Por lo general, aparecía con una enorme sonrisa en el rostro y luego de saludar a los padres primerizos y a los niños, me abrazaba y saludaba con un beso. Regresábamos a casa sujetos, cada uno, a una de las diminutas manos de nuestro hijo.

Pero esta vez, la expresión en su rostro nos decía que algo había sucedido. Algo que no sabía dónde situarlo, así que lo mantenía en relativo desconcierto.

—De algún modo, nuevamente soy el representante de los carnívoros —-confesó en el camino de regreso a casa, cargando a Misha sobre sus hombros y balanceando su mano con la mía—. Y pues... tuve una reunión...
interesante.

HUNTER OMEGAVERSEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora