Dos pacificadores me tomaron por los brazos, llevándome fuera del nosocomio para enfrentarme al camión militar que esperaba con las puertas abiertas.
Vi a otro par de guardias dispuestos a ambos lados del mismo quienes acomodaron los fusiles contra el hombro cerrando uno de los ojos y enfocándome por la mirilla.
Sabía que los cuatro pacificadores que venían tras de nosotros también me apuntaban.
Me subieron al camión y noté que al fondo de éste contaban con un extraño artefacto.
Una especie de armazón metálico
lleno de cadenas y correas que quise creer, no esperaba por mí.
—No voy a atacarlos —aclaré en vano.
La cadena que sujetaba mis manos fue soltada y apenas pude frotar mis muñecas. Uno de los pacificadores extrajo un objeto debajo de uno de los asientos. Era una especie de caja metálica que al abrirse permitía ver una especie de almohadillas y una división que pasaba por la mitad.
—Ponga las manos —ordenó el hombre que lo sujetaba.
Al obedecer, vi cómo mis anillos y los de Yuri brillaban en el anular de ambas manos, tanto los de compromiso como los de matrimonio.
El hombre cerró la caja y pasó un par de enormes candados a ambos lados.
Mis manos quedaron atrapadas y el
pacificador se estiró para jalar de un gancho metálico unido a una cadena que pendía del armazón, pasando la punta del gancho por el asa metálica de la caja y manteniendo así mis
brazos elevados.
Con el bozal encima y las manos sujetas hacia arriba, el resto de los pacificadores se acercaron para acomodarme contra la superficie metálica del armazón, pasando una serie de correas, cadenas, grilletes y candados contra mi cuerpo.
No tenía forma alguna de escapar.
—Lo logramos...—dijo uno de ellos quitándose el casco y alzando los brazos en señal de victoria—. iHemos atrapado a Viktor Nikiforov! iEl final de los carnívoros se acerca!
Sus compañeros se acomodaron en los asientos a ambos lados, ovacionándolo e insultándome. Claro, seguro no se atreverían si yo no estuviese amarrado. Si lo pensaba bien, incluso en ese caso yo no los lastimaría, porque en mi mente siempre estaban las palabras de Yuri,
su voz pidiéndome que me controlara y recordándome que me amaba. Cerré los ojos intentando apartarme de ese momento crítico y reemplazando el presente por ese pasado tan feliz, sus insultos por las palabras de amor de mi esposo y sus risas burlonas por la inocente sonrisa de mi hijo.
Quizás tenían razón en todo lo que decían sobre los carnívoros. Éramos bestias asesinas, éramos crueles y
sanguinarios, éramos peligrosos...
Pero yo tuve a Yuri quien me dio tanto amor que ya no necesitaba ser agresivo. Era feliz y era por eso que nunca lastimaba a nadie.
Nadie... solo a él y a mi hijo...
Sentí un pinchazo sobre mi pierna y luego de unos minutos quedé rendido al sueño.
Desperté en un espacio blanco, frío, pequeño y redondo cuya única salida se hallaba limitada por una serie de
barrotes.
Apenas llevaba encima una especie de bata de hospital que consistía en dos pedazos de tela cubriéndome desde el
cuello hasta la mitad del muslo.
Mantenía los bordes laterales abiertos apenas unidos por unas cuantas tiras delgadas de tela. Era claro que el pudor era lo último que les preocupaba.
