Recuerdos...
Las carretas partieron en la madrugada, llevándose con ellas a todas esas personas que durante muchos años habían servido a la familia Nikiforov.
Dejé de llorar solamente porque Mila me pidió que sonriera para ella, que quizás nos veríamos luego de mucho tiempo y quería recordarme sonriente hasta que sucediera. Sin embargo, cuando la vi irse las lágrimas afloraron y el nudo en mi garganta volvía junto a la imagen de Yuri sujetando la corona que me había hecho.
Yakov y Lilia fueron los últimos en partir. Ellos habían guiado a mi padre y Yakov por mucho tiempo fue la mano ñderecha de ambos líderes de la manada, tanto de mi abuelo
como de mi padre.
—Misha, no tienes ninguna oportunidad. Por favor, piensa en tu familia y escapen junto a nosotros.
—Si escapamos ellos lo tomarán como una afrenta. No queremos eso, ¿no?
—¿Y Viktor?
—Hoy le pasaré el mando de la familia.
—¡Aún es muy pequeño!
Papá me miró con tristeza, con nostalgia, como si sus ojos cargaran con un "te extrañaré" muy profundo, casi como un "adiós".
—Lo sé. Pero si no lo hago, quizás nunca pueda hacerlo.
Yakov entendió algo que yo ignoraba en ese momento. Igual y no son cosas que puedan decirse a un niño, pero de todos modos me tocaría enfrentarlo.
Se acercó a mi padre, se veía muy pequeño a su lado.
—Tu padre fue mi mejor amigo y tú has sido para Lilia y para mí como un hijo. Ahora no podemos sino preocuparnos por ti y toda la dinastía Nikiforov.
—Estaremos bien. Por favor, retírense mientras puedan.
Se despidieron con un apretón de manos que se convirtió en un abrazo. Lilia, que siempre había sido para mí la mujer más fría y tenebrosa del mundo, tenía los labios apretados
como si quisiese llorar.
Partieron en la última carreta en la madrugada. Creí ver a Lilia limpiándose una lágrima que caía por su agudo perfil. Según lo acordado, papá debía presentarse en la primera montaña del este a media noche y mientras nosotros buscábamos algún lugar dónde escondernos hasta que nos diera una señal.
En la tarde, caminando entre una serie de pertenencias abandonadas, casas deshabitadas y un doloroso silencio, papá se agachó para recoger algo entre ellas. Era una muñeca rota que sostuvo en sus manos. Un síntoma temprano de desolación y más cuando hace apenas unas horas alguien jugaba y reía con ella.
—Vitya, hay algo que debo pedirte —habló con una voz suave, algo no muy común en él.
—¿Qué es?
Devolviendo la muñeca al suelo junto a sus esperanzas, se agachó para enfrentarme.
—Primero, una disculpa por la decisión que tomé para Yuri. Sé que lo quieres mucho, y por eso mismo era necesario liberarlo de todo esto.
Había guardado toda mi frustración hasta ese momento.
—¿Era necesario que me olvidara? ¿Sabes lo doloroso que es? Tomaste todo lo que hicimos, todo lo que fuimos y lo sellaste. ¿Cómo no va a dolerme algo como eso? ¡Soy nadie
en la cabeza de Yuri!
Contrario a mi ataque de rabia, él mantuvo la calma que lo caracterizaba siempre.
—Pero no en su corazón. Viktor, cabe la posibilidad de que nosotros no salgamos vivos de esto —enmudecí
obedeciendo al fuerte escalofrío que recorría mi espalda—. ¿Cómo crees que se sentiría Yuri si supiera que su príncipe murió? Los humanos son esclavos de sus recuerdos y
sentimientos, mientras nosotros contamos con la facultad de tomar estos y guardarlos o sellarlos. De este modo, él podrá seguir una vida normal. Si no, podía sumirse en la peor oscuridad: la de las memorias. De cualquier modo, aún creo que queda una esperanza y sé que podrás volver a verlo.
