Pensándolo bien y viéndolo en retrospectiva, me sorprende cómo mi idea sobre los carnívoros cambió.
No tanto, aún creo que son unas bestias sin corazón ni alma, pero vivo con una pequeña excepción llamada Yuri Plisetsky.
Si tuviera que hablar de mis días junto a él, podría resumirlos a una palabra: preciosos.
Esa mañana, desperté como cualquier otra, procediendo del mismo modo que solía hacer siempre; observando al adorable y complicado gatito que reposaba entre mis brazos, acariciando el vientre abultado que llevaba a nuestro bebé y saludándole con un beso en la frente, apartando sus cabellos claros y revelando su rostro angelical.
-Beka... -murmuró luego de un gracioso gruñido. Se removió un poco, estirando las manos hacia mi pecho, moviéndolas como los gatos cuando encuentran un cojín cómodo y masajean sobre éste. Al terminar, pasó a mi brazo y repitió la acción. Me provocaba gracia que me encontrara cómodo.
-Yuri, no soy un cojín.
-Cállate -protestó reacomodando la cabeza sobre mi brazo y la mejilla contra mi pecho, boca arriba. Tembló un poco y vi la blanca piel de sus piernas erizarse.
A pesar del frío, él era testarudo y siempre insistía en dormir solo en bóxer. A duras penas lograba hacer que usara la parte superior de mi pijama.
-Vas a resfriarte -advertí cubriéndole con las cobijas.
Se las arregló para que uno de sus pies se asomara por ésta.
Así es él, se sale con la suya y no me deja cuidarle como quisiera, pero eso no me molesta. Él siempre ha sido fuerte, incluso cuando yo no puedo serlo.
Pero así como es fuerte, puede ser muy tierno sin proponérselo, a su manera.
Con la mano que tenía libre, solté los botones del pijama exponiendo su vientre y acaricié la pequeña protuberancia en éste. Nuestro cachorro se removió bajo mi toque.
-Te reconoce -dijo con los ojos cerrados, aun cediendo al sueño matutino.
Mantuve la caricia por unos minutos, alternando entre mi palma y mis dedos que dibujaban figuras abstractas sobre la fina piel su vientre. Sabía que lo hacía bien cuando Yuri empezaba a ronronear delatando que se sentía feliz y cómodo.
-Debemos levantarnos.
-¿En serio debemos?
-Tenemos trabajo, Yura.
Chasqueó la lengua y encogió su cuerpo hasta tomar posición fetal. Insistí levantándome.
-Iré yo, puedes quedarte descansando.
-Olvídalo, me aburriré.
Lo vi estirarse graciosamente en nuestro nido, como el gatito que era.
-Beka.
-¿Hm?
-Ya deja de mirarme con esa cara...
-¿Cuál?
Sus mejillas enrojecieron. Estoy seguro de que las mías también.
-Como si fuera... lo más importante para ti.
Regresé a su lado, sentándome en la cama y dejando mi mano sobre la suya.
-Es porque lo eres, Yuri Plisetsky.
Es curioso cómo las cosas pueden echarse abajo en solo unos segundos. Sea para bien como para mal. Eso fue lo que sucedió conmigo y mis prejuicios, así como mis expectativas de vida.
Cuando servía para los pacificadores, me derivaron a la unidad médica en la división de rescate. Ese día, nos dirigimos a una ciudadela al sur de lo que años atrás se conocía como Rusia.
Los países habían perdido nombre y límites cuando este asunto de la evolución sucedió y apenas contábamos con algunos datos sobre el pasado del mundo.
Vivíamos una época de oscurantismo donde la tecnología se veía limitada al armamento básico, los vehículos eran usados sólo en una de las contadas naciones potencia al igual que la tecnología, reservada para los ricos. Por otro lado, las ciudadelas (que eran ocupadas por más del setenta por ciento de la población) tenían condiciones medias a muy pobres de vida. Es por esto que eran elegidas por los carnívoros para ser atacadas. Llegamos a la ciudadela que colindaba con una de las líneas divisorias, siendo recibidos por un desolado panorama.
Recibimos el aviso unas horas antes, pero claramente los carnívoros habían tenido varios días de festín, los suficientes para no dejar sobrevivientes.
-¿Población? -pregunté a Pichit, uno de mis compañeros y líder de mi división. Era su primera misión ejerciendo este cargo, pero se veía confiado. La gran mayoría de nosotros no pasábamos los veinte años.
-Antes del ataque, un aproximado de tres mil personas. Ahora... pues espero que por lo menos lleguemos a diez.
-¿Diez? --cuestioné señalando el devastado lugar-¿Es en serio?
Fijó la mirada en las construcciones destruidas, las calles vacías y desordenadas así como en el tétrico silencio que acompañaba a los cuerpos sin vida regados por el lugar.
-Dos...--corrigió-. Me basta si al menos encontramos a dos. Incluso si es uno solo, una vida es una vida. Suspiré avanzando por una de las calles mientras él daba indicaciones al resto.
Tenía diecisiete años, casi dieciocho y había pasado buen tiempo de mi vida en esto de ver a otros como pacientes junto a un doctor, aceptando la muerte como parte de la vida y entendiendo que a pesar de cualquier conocimiento, aveces no te queda otra más que esperar el desenlace final de una persona. No digo que se vuelva algo sencillo. De hecho, nunca lo es.
-¿Hay alguien aquí? -gritaba buscando algún sobreviviente.
No hubo respuesta. Pensé en regresar por el mismo camino, y entonces escuché un sonido metálico doblando por una de las calles. Avancé al lugar de donde provenía el ruido y entonces solamente vi un grupo de gatos.
-Vaya, solo son gatos -dije agachándome y permitiendo que se acercaran.
Uno de ellos se aproximó y dejó acariciar, y rápidamente regresó con los otros quienes maullaron como si quisieran alertarme sobre algo. Avanzaban un poco y giraban para verme como si desearan que los siguiera.
Me llevaron por un par de calles hasta una catedral. Como muchas otras construcciones, tenía la puerta abierta y claramente habían forcejeado para esconderse en ella. Me preparé, sentía el olor de un carnívoro cerca.
Pensé que podía matarlo sin piedad. Entré.
El olor a sangre impregnaba el ambiente y sabía que debía tener cuidado. Una parte mía tenía miedo, pero otra deseaba encontrar al menos a un carnívoro y que me pagara el dolor acumulado por años. Mis pasos resonaban contra las baldosas haciendo eco en el enorme lugar. Y entonces lo vi. Iluminado bajo las luces de colores bajo una serie de vitrales, estaba alguien. Su faz era la de un ángel y la piel blanca junto a los cabellos largos y rubios solo me hacía mirarle embobado como si se tratase de una deidad.
-¡Hey! - exclamé acercándome y notando una herida enorme en el hombro de esa persona y otra sobre su vientre. Rápidamente, me deshice del equipo médico que tenía en la espalda y procedí a preparar todo para contener la hemorragia.
Entreabrió los ojos.
-No se te ocurra dormir, debemos salir de aquí cuanto antes, hay un carnívoro cer...--de algún modo, reparé en su dentadura.
Los dientes afilados, la presencia de colmillos, las manos contraídas en forma de garra y la musculatura ágil de su especie.
Era un carnívoro y yo estaba ayudándole.
