Me sentía molesto con Phichit mientras nos dirigíamos a la celda.
Ni siquiera sabía por qué, pero me sentía un poco molesto de solo pensar que estaría cerca de Yuri Plisetsky.
¿Acaso desconfiaba de mis cuidados?
¿Quería lastimarlo?
¿En qué pensaba?
—Te veo muy pensativo, Beka —dijo con su eterna sonrisa, sacándome de esa extraña paranoia.
—Estaba pensando en ese chiquillo.
—¿Yuri Plisetsky?
Asentí.
¿Cómo le diría que ese chico ocupaba mis pensamientos casi todo el tiempo? De forma progresiva, había tomado mi mente forjándose un refugio en mí.
—¿Y si Seung se entera de lo que planeamos? ¿O si acaso llega a enviarlo a la Zona Roja? Es un omega, ellos se llevan la peor parte en esas situaciones y además...
—Te gusta mucho, ¿no? —preguntó mientras alargaba cada silaba canturreándola divertido. Enrojecí. ¿Cómo podía pensar en algo así? Incluso el hecho de que lo insinuara me ponía los pelos de punta.
—¡Claro que no! — dije tratando de sonar agresivo pero sonó mas como un suave murmullo de mi parte.
—Te gusta —insistió llevando su mano a su rostro tapando su boca y parte de su nariz dejándome con ganas de dale un puñetazo.
—¿Qué cosas dices? ¡Cómo voy a estar enamorado de un carnívoro!
— Que te guste no quiere decir que es amor... yo nunca mencione amor.
Odiaba esos juegos suyos.
Los detestaba.
Cualquiera podría pensar que él tenía razón y que yo tenía algún interés romántico en ese carnívoro.Para empezar, era eso, un carnívoro y éramos total y completamente incompatibles. Nunca, ni en mis peores pesadillas podría suponer que yo saldría con un carnívoro.
Claro, Yuri Plisetsky era... bastante lindo, debía aceptarlo pero seguía siendo un carnívoro. Su olor era muy agradable y la forma en que me miraba me hipnotizaba, pero no era más que eso, un carnívoro que cuando tuviera la oportunidad me atacaría. O al menos eso me decía a mí mismo para tranquilizarme.
¿Realmente sería capaz?
Hubiese dicho algo, quizás hasta pasar por encima de su autoridad y golpearlo. Me ganaría un castigo por meterme con un superior que valdría la pena. Pero entonces vi nuevamente al grupo de pacificadores reunidos cerca a la celda.
—¡Altin! —llamó uno de ellos alzando una mano.
—¿Qué pasa? —preguntó Phichit al grupo. Ya no eran solo herbívoros, si no también omnívoros.
—Vamos, danos la llave —dijo uno de ellos extendiendo la mano hacia mí. Le miré sin entender—. Podemos dormir al gatito o ponerle un bozal. Será un carnívoro pero no podrá contra nosotros.—¿A qué te refieres?
—¿No es obvio? ¡Está en celo y necesita ser calmado!
Nunca he sido bueno para sobrellevar mis emociones.
Siempre he creído que lo mejor era esconderlas en el fondo de mi ser, guardarlas y dejar que se disuelvan en ese espacio abstracto e infinito de mi mente. En realidad, de las cosas que podía jactarme era que era muy bueno ocultando mis emociones y sentimientos; se me conocía entre los pacificadores como una piedra que jamás demostraba nada y funcionaba mucho para mantener una mente despejada y pensar con claridad en momentos de alto estrés o tensión.
