Otabek»
Quisiera empezar contando esto a partir del momento en el que lo vi por vez primera.
Quisiera describir la expresión de sus ojos, ese brillo magnífico que fue lo que me hizo entenderle incluso si mi odio a su especie me cegaba en casi todos. Sí, casi todos, él fue mi única excepción, siempre.
Empezaré por las pequeñas señales que no capté en el pasado.
Me hallaba en una de tantas expediciones en tierra de nadie. Era un pequeño pueblo que había sido devastado por esos demonios llamados carnívoros, los peores de ellos autodenominados "Tigres Blancos".
Eran bestias, simplemente eso. Habían perdido todo valor como humanos para mí, años atrás cuando atacaron mi hogar y vi a mis padres ser devorados por ellos. También fui atacado, pero no me mataron. Decían que era una presa innecesaria y aburrida, pero eso no es algo de lo que quiera hablar por ahora.
Ese día entendí que ellos no lo hacían por un impulso incontrolable. Lo hacían por gusto, por placer, por saciar algo incluso más grande que su ego y morbo.
Para ellos, cazarnos y matarnos es un juego más. Es por eso que crecí creyendo que si yo aplicaba lo mismo sobre ellos, estaba haciendo justicia e igualando las cosas. Los Pacificadores me salvaron junto a otras cinco personas, de miles que ocupábamos mi ciudad. Al final, los sobrevivientes de toda una nación entera resultaron ser menos de cien.
Me uní a los Pacificadores siendo aún un niño y aunque empecé como ayudante en la repartición de víveres, al final terminé siendo adoptado por uno de los médicos del equipo quien me enseñaría lo que sabía y con el tiempo formaría a quien tomaría su lugar. De todos modos, no reemplazaba a mi familia.
Pasé muchas noches estudiando, mañanas entrenando y tardes practicando y acompañando al doctor a ver a sus pacientes en las ciudadelas vecinas.
Fue así que sucedió algo que en ese momento no lo entendí, pero sería un resumen de mi vida.
Desviamos por el camino a un "caso especial". Se trataba de una pareja que se me hizo curiosa. El alfa era un carnívoro de una subespecie muy singular mientras el omega era un herbívoro. Este último se veía preocupado llevando su quinto mes de embarazo, pero al mismo tiempo feliz. Una mezcla extraña e interesante como la pareja misma.
En esa época, tenía yo doce años y en mi cabeza la unión de un herbívoro y un carnívoro era algo inaudito y blasfemo.
Me sorprendía lo increíblemente acogedora que era su madriguera. A pesar de sus carencias, era claro que ambos se habían esforzado en convertir un lugar desolado y abandonado como ese, en un hogar cálido y listo para recibir a su bebé.
-¿Has tenido alguna molestia? -preguntó el doctor revisando la protuberancia que se formaba en el vientre del omega.
-No, ninguna.-¿Sientes que tu bebé se mueve?
-Sí, mucho. Es muy inquieto, pero no me molesta.
-¡Eso lo sacó de su papi! - alegó el alfa, feliz, mirando a su pareja.
Era tan sobreprotector como los alfas herbívoros. Pensé que era algo extraño, pero luego recordé que ellos solo defendían a sus presas.
Seguramente estaba viéndolo como eso: un platillo y nada más.
Esas bestias no podían tener algo que pudiese llamarse "sentimientos"
El doctor se levantó para hablar.
-Tiene veinticinco semanas de embarazo. Deben saber que los omegas, a diferencia de las mujeres y dado que en principio son hombres, llevan un embarazo más corto debido a sus restricciones anatómicas y fisiológicas. Su bebé se encuentra en buen estado, debe mantener la dieta que tiene. Le dejaré algunas pastillas que debe tomar para mejorar su desarrollo y prepararlo para nacer. Lo ideal es que logremos que su cuerpo se forme rápidamente y así tener un producto viable para los siete meses.
-¿No te obligó? -pregunté mientras el doctor hablaba con el carnívoro y yo le acompañaba, esperando-. Si aún quieres huir de él, esta es tu oportunidad.
Él me miró sorprendido. En un reflejo, acarició su vientre.
-¿Obligarme? ¿Huir?-preguntó riéndose- Para nada, es nuestro primer bebé y yo quise dárselo.
-Pero... ¿por qué?
-Porque lo amo y quería formar una familia con él.
-¡Pero es un carnívoro!
-Sí, mi esposo es un carnívoro. Pero no es malo.
-¡Si lo es! ¡Es su naturaleza!
Su mano descansó sobre mi cabeza, despeinándome con ligereza. Sentí su toque tan suave y paciente como el de una madre.
-Entonces, nosotros somos débiles porque somos herbívoros.
-¡Eso es mentira! ¡Los herbívoros podemos ser fuertes si entrenamos! Alzó los hombros sonriéndome con ternura, como si esperase que entendiera algo.
-Y los carnívoros pueden ser buenos. En realidad, cualquier persona puede ser buena cuando entiende qué es lo más importante para ella y desea protegerlo.
Me había derrotado, y lo peor es que no quería aceptarlo. En mi mente, todos y cada uno de los carnívoros estaba asociado a la muerte de personas inocentes, entre ellas mi familia.
-Esos monstruos no pueden ser buenos... -murmuré.
Sé que iba a decirme algo, pero en ese momento su pareja irrumpió en la habitación lanzándose a su nido, al lado de él y abrazándole efusivo.
-¡Yuri! ¡Nuestro cachorrito está bien! -decía pasando una mano por el vientre de su pareja y cambiando su tono para hablarle a su bebé en formación- Bebé, ya quiero conocerte. Te estamos esperando.
Recuerdo que me levanté y sin decir más, abandoné la madriguera esperando al doctor afuera. Él salió luego de un momento.
-¿Qué sucede? - preguntó serio- ¿Te preocupa el herbívoro? Descuida, su pareja está bien controlado y...
-Una familia...-susurré.
-¿Eh?
-Quiero sentir eso que ellos tienen algún día. La capacidad de querer tanto a alguien y atreverme a formar una familia. Aquello que perdí, quiero recuperarlo.
El doctor dejó su papel de tutor por unos momentos, los que duran una caricia en la cabeza de un niño que lo ha perdido todo y está creciendo rápido.
-Deséalo con todas tus fuerzas y cuando llegue el día, no dudes en dar lo mejor de ti por esa persona.
