❄64: Hilo rojo.

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Recuerdos...





El sonido estridente de las bombas acercándose a menos de un kilómetro provocaban un pitido en mis oídos mientras el tiempo parecía detenerse y me hacía mas consciente de lo que sucedía.

El miedo estrujaba mis entrañas y estoy seguro de que tanto Yuri como yo gritamos al ver a nuestro hijo
tendido en el suelo, desangrándose.

Nuestros gritos se perdieron, lo sé, asi como toda esperanza se perdía lentamente.

—¡Viktor! —llamó una voz trayéndome de regreso. Para mi sorpresa, Michele Crispino apareció bajando del remolque y recogiendo a Misha—. ¡Apresúrense! ¡No es el
momento para quedarse quietos!

Una fuerte oleada de adrenalina invadió mi cuerpo proporcionándome el impulso y la fuerza que necesitaba para que levantara a Yuri en brazos y lo llevase dentro del remolque. Sentía su cuerpo contraído, nervioso y trémulo.

Al vernos seguros y dentro del remolque, Phichit arrancó y aceleró tanto como podía. El rugido del motor mezclado con el avance frenético de las explosiones y los edificios
cayendo apenas nos permitía escuchar algo más que nuestros pensamientos.

Percibíamos el temblor provocado por las bombas dificultando el avance del motorizado que corría como
bólido. Fue de esta forma que tras de nosotros, la Ciudad numero 4 quedó reducida a solamente escombros, cenizas y recuerdos.

Sabía que la sensación de irrealidad que me invadía en esos momentos era una forma de mi mente de negar lo que sucedía. Veía una ciudad en ruinas, a mi esposo llorando al
lado de nuestro hijo, tomando su mano y pidiéndole que resistiera mientras Michele comprimía la herida sobre el pecho de Misha con un apósito el cual se teñía de rojo.

Misha apenas sollozaba, como si la voz lo aferrase a la vida convirtiéndose en un susurro, en una canción de cuna como las que Yuri le cantaba antes de dormir. Era como se
deseara tranquilizarlo de este modo.

—Iremos a la Ciudadela número 11, tienen un hospital donde podrán atender a Misha —explicó Michele con la mano apoyada sobre el apósito.

La sangre de mi hijo manchaba su diestra y avanzaba lentamente sobre la tabla de emergencia.

—El suero…—dijo Yuri señalando mi bolsillo—.Podría ayudar a Misha.

—Ni hablar —cortó Michele—. La cantidad es mínima y no servirá considerando la extensión de su herida.

—¿Y la sangre de Victor?

—Si fuese un herbívoro a un carnívoro cualquiera, reaccionaría. Pero es su hijo. No puede tomar su sangre.

—¿Por qué no? —indago ya más desesperado.

Mordí mi labio inferior antes de contestar.

—Siempre hemos tomado el mando de nuestros ancestros cuando nuestro predecesor moría —expliqué—. No se lo que pueda suceder si le doy mi sangre a Misha…

—Y ahora no tenemos tiempo para pruebas —sentenció Michele en un tono inflexible—. El riesgo es mayor que el beneficio.

Estirándose un poco alcanzó otro botiquín del cual extrajo aún más gasas y las apilaba sobre Ja herida. Los segundos se hacían eternos y parecían atascarse en el reloj de arena de nuestras vidas.

Aunque Yuri se veía desesperado por acercarse un poco más a Misha, abrazarlo o besarlo, se contenía y llevaba una mano sobre sus labios.

Entendimos que el olor de la sangre de Misha hacía que su instinto maternal pelease con ese nuevo y desesperante instinto asesino. Mi esposo libraba una lucha interna y
cuando sus ojos y los míos se cruzaron en una mirada, pude leer una pregunta en ellos.


HUNTER OMEGAVERSEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora