Recuerdos....
Siempre he creído que los niños tienen una idea más clara de lo que es el amor que los mismos adultos. Quizás con el tiempo lo olvidan, o lo confunden.
Con cada minuto junto a él, yo solo sabía que Yuri era lo más importante en mi vida. Cuando enfermaba, permanecía a su lado. Aprendí a notar
cambios mínimos de temperatura en su cuerpo así como cualquier signo de cansancio o debilidad. Yuri nunca decía si se sentía mal, por eso debía observarle y cuidarle constantemente.
Mi idea de amor era eso: cuidar a la persona querida como al tesoro más valioso. Yo quería, por sobre todas las cosas, resguardar a Yuri en mi corazón.
—Yuri... —murmuré a su lado uno de esos días en los que él había amanecido enfermo. Como todos los herbívoros, la salud de Yuri se veía fácilmente afectada por el cambio de
clima y en su caso lo manifestaba con malestar general y fiebre.
—Perdón, hoy no podremos jugar.
—¡No pienses en eso! —reclamé acomodando la toalla húmeda sobre su frente—. Yuri, serás mi esposo, debo cuidarte.
—¿No estás enojado?
—¡No! ¡Estás enfermito y es mi deber como príncipe quedarme a tu lado y cuidarte!
Sus labios se curvaron en una débil sonrisa que hizo que me rindiera a eso que sentía por él y me recostara sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón.
—¿Recuerdas el cuento de Mila? —preguntó.
—¿Del conejito y el lobo?
—Sí.
—¿Quieres que te lo cuente de nuevo?—Asintió. Aclaré mi garganta—. Había una vez un lindo conejito solitario, llamado Yuri.
—El conejito no tenía nombre, Viktor.
—Ahora lo tiene y es un nombre bonito. Se llamaba Yuri, como mi Yuri, y era tan bonito y esponjoso como él.
—Estoy gordito porque me dan mucha comida aquí y es rica.
—Sí, y por eso los demás conejitos dirían que eres un cerdito.
—Tu cerdito.
Derrotado, me reí y continué con el cuento.
—Un día, el lindo conejito estaba paseando por el bosque y encontró a un lobo grande y malo llamado Viktor.
—No eres malo —mis orejas de lobo aparecieron ante su comentario. Él sabía que cuando hacía eso estaba feliz y se apresuraba a acariciar mi cabeza y rascar tras de ellas.
—¡Es para darle suspenso! Igual y nadie se acercaba al lobo malo... y le decían al conejito que tampoco lo hiciera. Pero así como el conejito era muy bueno, también era un buen
platillo para otras bestias. En cambio el lobo era fuerte, pero tenía el corazón como una fea pasita de uva.
—Me gustan las pasitas.
—A mí no, ni al lobo malo tampoco.
—El lobo malo se las comería si el conejito se las diera. Tampoco te gustaba el brócoli y lo comes conmigo.
—Yuri, deja que termine la historia— interrumpí esperando que dejara de ponerme en evidencia. Aunque tenía razón, yo tomaría cualquier cosa que pudiese odiar en este mundo de sus manos y disfrutarlo como si fuese el manjar más delicioso.
—Está bien.
Aclaré mi garganta de nuevo para darme más seriedad.
—El lobo decidió que harían un intercambio. Él cuidaría al conejito y el conejito lo acompañaría en su soledad. Pero lo que empezó como un intercambio, dio lugar a algo mucho
más hermoso y profundo. El lobo descubrió que podía dejar de ser malo cuando se sentía querido y el conejito supo que no debía temerle al mundo.
