Podría resumir el primer y segundo mes cuidando de Misha en una palabra: críticos.
Al ser tan dependiente de Yuri, apenas podíamos dormir y también podía con nosotros ese sentido de protección que teníamos hacia él. Era común despertarnos con un sobresalto porque sentíamos que no respiraba o soñábamos que se ponía azul.
Pero, a pesar de cualquier desavenencia, amábamos el tiempo que pasábamos con nuestro hijo, disfrutando más y más de esos pequeños descubrimientos, aciertos y errores que teníamos como padres.
Amaba esa nueva faceta en Yuri.
—¡Yuri, mira! —llamé uno de esos días sosteniendo a Misha entre mis manos, luego de bañarlo y darle su biberón.
Solía transformarse en cualquier momento y aprovechaba para jugar con él.
—¿Qué sucede?
Atraje a Misha contra mi cuerpo, sintiendo el pelaje suave y oscuro de nuestro cachorro contra mi mejilla. Inquieto, meneaba su cola alegremente mientras yo aullaba suavemente.
Él se quedaba quieto, escuchando y luego de unos segundos empezaba a aullar con una voz aguda y muy tierna.
—Misha aprendió a aullar como un buen lobo —dije abrazando a nuestro hijo con cuidado.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Repentinamente, cambió su forma de nuevo a la de un humano y soltó un quejido. Ya conocíamos ese signo en él, así que lo devolví a la cuna y acomodamos el oxígeno en su naricita.
—Nos dijeron que con el tiempo empezaría a prescindir de él, pero no noto mejoría alguna —confesó Yuri mirando a nuestro hijo y buscando refugio entre mis brazos.
—Esperemos un poco más, amor.
Encontrarán una forma de hacer que mejore. Sin embargo, tal situación no sucedía. A medida que Misha crecía, los médicos revisaban su corazoncito, arrugaban la frente y en silencio observaban algo en la pantalla del ecógrafo. Pasaban a los exámenes de sangre, preguntaban un poco sobre su desarrollo y finalizaban con un "lo veremos la siguiente semana".
Al ser un lobo, Misha mostraba un desarrollo un poco diferente al común denominador de los niños, incluso diferente al de los niños carnívoros cuya característica principal era la dentición temprana. Misha mostró su primer colmillo a los tres meses, pero lo descubrimos de la peor forma cuando mordió a Yuri mientras lo amamantaba.
—¡Misha! —gruñí esa noche mientras Yuri mecía al bebé.
Afortunadamente sólo había dejado la impresión del colmillo sin atravesar la piel de su madre.
Esa noche obtuvimos una de las primeras peleas que creímos nunca llegarían. Empezó en la habitación, mientras Yuri arrullaba a Misha para que durmiera, cantándole unabcanción de cuna.