PRÓLOGO

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Desperté desorientada.
El techo que observaba no era el mío, y la sábana blanca que me cubría tampoco olía como mi casa. Un silencio denso flotaba en la habitación, interrumpido solo por el leve zumbido del aire acondicionado. El dolor en mi cabeza era punzante, como si cada pensamiento intentara abrirse paso a golpes.

—¿Dónde estoy? —susurré, aunque no esperaba respuesta.

Mi cuerpo tardó unos segundos en reaccionar. Me incorporé lentamente, y fue entonces cuando el vértigo llegó acompañado de una oleada de imágenes confusas: risas, copas, su mirada, una habitación... su voz.

—¿Qué hora es? —preguntó de pronto una voz familiar, masculina, desde el otro lado de la cama.

El tiempo pareció congelarse.

Su voz.

Lo recordé todo.

Me volví hacia él, con el corazón latiendo tan fuerte que temí que pudiera escucharlo.

—Son como las nueve de la mañana —respondí, intentando mantener la compostura, aunque un nudo comenzaba a formarse en mi garganta.

Él se frotó los ojos, aún con la confusión marcada en el rostro.

—¿Qué pasó anoche?

—¿No lo recuerdas?

—Recuerdo... algunas cosas. Pero está todo borroso.

Bajé la mirada. Sentía que mis palabras serían más dolorosas que cualquier silencio, pero había algo que debía ser dicho.

—Pues te lo resumo: dormimos juntos. En todo el sentido de la palabra.

Se incorporó bruscamente, como si mis palabras fueran una bofetada.

—Esto... esto no pudo haber pasado.

—No debió —dije, más para convencerme a mí misma que a él—. Pero pasó.

El silencio que siguió fue espeso. Dolía.

—Bueno —añadió tras unos segundos—, haremos como que nunca ocurrió, ¿ok?

Asentí, tragando el amargo sabor de la humillación.

—Por mí, está bien —respondí, fingiendo tranquilidad, aunque por dentro me ardía la vergüenza... y algo más.

Nos vestimos sin hablar, sin mirarnos demasiado. Al cruzar la puerta, sentí que cada paso me alejaba no solo de esa habitación, sino de una fantasía que se había roto antes siquiera de comenzar.

Ese día se arrastró como un castigo. Las horas pesaban y mi mente no me daba tregua. Él parecía seguir con su vida, como si la noche anterior no significara nada.

Pero para mí, significaba todo.

Porque, a diferencia de él, yo sí sentía algo.
Desde el primer mensaje, desde la primera videollamada.
Desde antes de saber siquiera si alguna vez nos veríamos en persona.

Aunque todo haya comenzado a través de una pantalla, mi corazón había sido real desde el primer segundo.

Y ahora... simplemente tenía que fingir que nada había pasado.

Una Historia de amorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora