Capítulo 38 - Promesas, dulces y una gran sorpresa

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Narra Andy

Habían pasado un par de semanas desde la visita inesperada de mi suegra. Emilia ya tenía dos semanas de nacida, y aunque aún estábamos adaptándonos como familia de cuatro, comenzábamos a encontrar nuestro ritmo.

Ese día, la despensa estaba vacía, así que decidimos ir al supermercado más cercano. Subimos al carro, cada quien con su energía habitual... y por supuesto, Mateo con una de sus ocurrencias.

Mamá, tenemos que llevar a Doki. No podemos dejarlo solo —dijo con cara seria.

—Mateo, en el supermercado no permiten entrar con mascotas —le respondí con paciencia.

—¡Pero no podemos dejarlo solo!

—Solo será un rato. Vamos, compramos lo que necesitamos y regresamos, ¿sí?

—Pero si dejan entrar a los bebés...

—(Sonriendo) A los bebés sí, porque los cargan sus papás.

—Entonces lo disfrazamos de bebé y lo dejamos entrar. Tú cargas a Doki y papá a Emilia.

—¡Qué chistoso! No, Mateo. Doki se queda. Tú vienes con nosotros porque tampoco te vamos a dejar solo.

Mateo frunció el ceño, se cruzó de brazos y comenzó a llorar.

¡Papá, ayúdame!

Narra Joel

Escuché el drama desde el volante.

—¿Qué pasa?

—Quiero llevar a Doki al supermercado, y mamá no me deja. Le dije que lo disfracemos de bebé y que tú cargues a Emilia, pero dice que no...

Sonreí disimuladamente. A veces este niño era un caso.

—Te propongo algo —le dije bajando la voz.

—¿Qué?

—Vamos los cuatro, y te compro lo que tú quieras... pero sin que tu mamá se dé cuenta.

Mateo me miró con los ojos bien abiertos.

—¿¡Lo que yo quiera!?

—Sí... pero sin exagerar.

—¡Eso es una promesa, papá!

—¿Cuándo te he fallado una promesa?

—Nunca. ¡Siempre cumples!

—Entonces vamos.

—¿Nos vamos o qué? —interrumpió Andy desde el asiento trasero.

—¡Vamos! —dijimos Mateo y yo al mismo tiempo.

Narra Andy

En el camino al súper, revisaba la lista de compras en mi celular mientras Mateo escuchaba música en su pequeño radio portátil. No, mi hijo no tiene celular, ni tablet, y no planeo darle uno pronto. Los niños deben vivir su infancia usando su imaginación, corriendo, jugando, explorando, no pegados a una pantalla.

Llegamos, Joel fue a buscar un carrito especial para bebés. Puse a Emilia en el asiento, mientras Mateo cogía la mano de su papá. Iba tan sonriente que algo tramaba, lo sé.

Ya habíamos recorrido más de la mitad del súper. Solo faltaban las cosas de la bebé. Me fui sola a esa sección y, al terminar, noté algo raro: no encontraba a Joel ni a Mateo.

Los busqué por varios pasillos... hasta que los vi. Estaban en el área de dulces, y Mateo lloraba desconsoladamente, con un chupetín gigante en las manos.

Narra Joel

Cuando ya íbamos casi por terminar, Mateo se me acercó todo emocionado.

Papi, ya vamos a acabar, ¿verdad?

—Sí, ya casi —respondí distraído.

—Entonces... ¡vamos a comprar lo que me prometiste!

—¿Eh? ¿Qué?

—¡Lo que tú me prometiste sin que mami se dé cuenta!

—Ah, cierto. ¿Qué quieres?

—¡Dulces!

Fuimos al pasillo de dulces y escogió un chupetín gigante que por dentro traía varios chupetines más pequeños. Apenas lo vi, supe que Andy jamás dejaría pasar eso desapercibido.

Cuando le dije que no, empezó el berrinche.

¡Tú me lo prometiste!

—Sí, pero te dije que no fuera exagerado.

—¡Es que eso quiero!

Y justo en medio del drama, llegó Andy...

Narra Andy

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, sabiendo perfectamente la respuesta.

—¡Mami! Papá me prometió que me compraría lo que quisiera si dejábamos a Doki en casa y ahora no quiere cumplir.

Joel levantó las manos en modo defensa.

—Amor, sí le prometí... pero le dije "nada exagerado". ¡Y mira lo que quiere!

—Primero: Mateo, tú no puedes comer dulces todos los días.

—Pero solo quiero chuparlo un ratito... y luego lo guardo.

—(Sonriendo) Mi amor, ese chupetín es de plástico. Lo de adentro son más dulces de verdad. Muchos.

—¡Oh! No sabía...

—Segundo: Joel, "nada exagerado" para ti significa "que yo no me dé cuenta", ¿verdad?

—Bueno, sí... pero Mateo no ayudó mucho.

—Ya me imaginaba.

Joel me miró con una sonrisa culpable.

—Amor, qué bien me conoces.

—Entonces vamos a hacer esto:

Joel, le compras a Mateo lo que le prometiste.

Mateo, solo comerás un dulce dependiendo de tu comportamiento. Nada de comerlos todos en un día.

Y como premio por andar prometiendo cosas a escondidas... también nos compras algo a Emilia y a mí.

—(Resignado) ¿Qué quieren?

—Seré buena: tú eliges.

—A Emilia le compraré una colcha suave para su cuna... Y a ti, una caja de chocolates Sublime.

—¡Perfecto! Vamos a la caja entonces.

—He aprendido la lección: no debo ocultarte nada.

—Muy bien, amor. Recuerda: yo no soy Diana.

—Sí... pero justo ahora me acaba de surgir una gran duda.

—¿Qué pasó?

—¿Qué hace Diana aquí?

—¿Qué? Este supermercado está lejos de la ciudad, ¿no?

—Exacto, y es más del área rural. Nosotros vivimos en el pueblo. Me pareció raro...

Pero lo que más me sorprendió no fue verla a ella.

Fue ver a quién estaba esperando.

Y entre todas las personas que me imaginé que podría ser... jamás pensé que sería él.




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