Narra Joel
Estaba tranquilo en casa, jugando con mi Mateo. Desde que renuncié, paso más tiempo con él. Me di cuenta de que ser padre no es solo llevar dinero a casa, sino también estar presente, enseñarle, reírnos juntos.
Estábamos en el patio con la pelota.
—Papá —me llamó con esa vocecita que me derrite.
—Dime, campeón, ¿qué pasó?
—No sé patear bien.
—No te preocupes, yo te voy a enseñar.
—¡Ya enséñame! —me pidió, emocionado.
Justo cuando me agachaba para mostrarle cómo colocar el pie, sonó mi celular. Era Fabi, mi cuñada.
—¿Fabi? —respondí.
—¡Joel, vente al hospital ya!
—¿Qué pasó?
—Andy está a punto de dar a luz.
—¿Cómo? ¡Si aún faltan semanas!
—No lo sé, el parto se adelantó. Solo ven ya. Después hablas con ella.
—Sí, tienes razón... Mateo, ¡vamos!
—¿A dónde, papá?
—A ver a tu mamá. Está en el hospital.
—¿Qué le pasó a mi mamá? —dijo con lágrimas en los ojos.
—No, mi amor, no llores. Todo está bien. Tu hermanita va a nacer. Por eso vamos, ¿sí?
—¡Vamos, quiero ver a mi hermana!
Lo subí al auto, pero no podía dejar de pensar... algo no cuadra. ¿Qué provocó que el parto se adelantara?
Como si el destino quisiera responderme, entró una llamada de mi madre.
—¿Hola, mamá?
—Hijo, quería saber cómo está Andy... cuando se fue de aquí tenía un dolor fuerte en el vientre. Me preocupé.
—¿Qué le dijiste?
—Solo la verdad. Que nunca será parte de esta familia... y que dudo que esos niños sean tuyos.
Sentí que algo me hervía por dentro. Mi mandíbula se apretó.
—Mira, mamá. Te conozco. Y no me importa lo que digas. Amo a Andy. Amo a mi familia. Y si algo le pasa a mi hija o a Andy por tu culpa... no te lo voy a perdonar. Nunca.
—Solo me preocupo, hijo. Por cierto, Diana ya volvió.
—Perdón lo que te voy a decir, pero... que se vaya por donde vino.
Colgué. Estaba furioso, sí. Pero más que eso... estaba asustado. No entendía por qué Andy fue a verla. Ya hablaría con ella después. Ahora, lo único que importaba era que mi hija estaba por nacer.
Llegamos al hospital. Allí estaban Fabi y mis otras cuñadas.
—¿Hola, chicas? ¿Ya salió el doctor?
—No, todavía no —respondió Fabi.
Entonces, como si nos hubiese escuchado, apareció el doctor.
—Buenas. ¿Familiares de Andrea Arenas?
—Yo —me adelanté—. Soy su prometido.
—¡Y yo soy su hijo! —dijo Mateo, con su voz valiente.
El doctor sonrió.
—Solo necesito que me acompañes tú —me señaló.
Me agaché a la altura de Mateo.
—Mi amor, quédate con tus tías, ¿sí? Voy a ver a mamá y a tu hermanita.
—Dile que la quiero mucho.
—Se lo diré, te lo prometo.
Me entregaron la ropa estéril para entrar. El corazón me latía a mil por hora. Cuando entré a la sala, vi a Andy... tan hermosa y tan adolorida. Corrí a su lado. Tomé su mano. Ella me miró apenas, sus labios temblaban.
No dijo nada, pero con la mirada me dijo: "Estás aquí."
Le apreté la mano con fuerza. Sí, aquí estoy, mi amor. Siempre voy a estar.
En segundos, el ambiente se llenó con un llanto fuerte, poderoso, mágico...
Mi hija. Nuestra hija.
—¡Felicidades, papá! —dijo una enfermera—. Es una hermosa niña.
Y así, con lágrimas en los ojos, conocí al amor más puro del mundo.
Emilia Leidy Sánchez Arenas había nacido.
ESTÁS LEYENDO
Una Historia de amor
RomanceNo todas las historias de amor son iguales. Algunas duelen. Otras confunden. Algunas te rompen, y otras te reconstruyen. Andy no sabía que entre un trabajo nuevo, un mensaje extraño y una noche de debilidad... su vida cambiaría para siempre. Esta es...
