Narra Andy
Ver a Diana fue una sorpresa... pero verla con esa persona fue aún más desconcertante.
—Joel... ¿esa no es Diana?
—Sí, es ella —respondió sin despegar la vista.
—¿Y la chica que la acompaña?
—La conozco —dijo, serio.
—¿De dónde?
—Del lugar que menos te imaginas.
—Ya me dejaste con la curiosidad...
—En la casa te cuento —dijo con un tono que no me convenció del todo.
No insistí. Tomamos el camino de regreso. Mateo iba en el asiento trasero, insistiendo con su chupetín gigante.
—Mamá, ábrelo, por favor.
—Mateo, no. Ya te dije que en la casa.
—Papá, quiero mi chupetín —intentó cambiar de estrategia.
—Mateo, tú sabes que cuando tu mamá dice algo, es por tu bien.
—¡Los dos son malos conmigo! Solo quieren a esa bebé.
Me giré de inmediato. Algo dentro de mí se rompió al escuchar esas palabras.
—Mateo, no sé qué te pasa, pero eso lo vamos a hablar en la casa.
Joel también se notaba tenso.
—De verdad, no entiendo por qué estás así...
Mateo solo lloraba bajito, cruzado de brazos. Cuando llegamos a casa, bajamos las compras mientras él se quedó en el carro con Emilia, que dormía plácidamente en su sillita.
Joel llevaba las bolsas más pesadas y yo ya estaba por regresar por las últimas cuando escuchamos el llanto desesperado de Emilia. Dejé todo y corrí.
La encontré llorando a gritos... y Mateo, temblando. Mi instinto de madre se activó.
—¡Joel! ¡Ven ya!
Él entró corriendo. Mi voz lo había alarmado.
—¿Qué pasó?
—¡Mateo, dime qué hiciste!
—Mami... perdón...
—¿Qué hiciste?
—Andy, amor, cálmate, lo estás asustando.
—¡Llévatelo, por favor!
Joel lo tomó del brazo con cuidado.
—Mateo, vamos. Ven conmigo.
—¡Perdóname, mami! —gritó mientras salía corriendo, sollozando.
—Después hablamos —le dije, conteniendo mis lágrimas.
Me quedé revisando a Emilia. Gracias a Dios, no tenía ninguna marca ni señal de golpe. Solo estaba muy asustada.
Narra Joel
No entendía nada. Un momento estábamos en el súper, riendo por dulces... y ahora esto.
Llevé a Mateo a su cuarto. No dejaba de llorar. Me senté con él en la cama y lo abracé. Teníamos que hablar.
—Mateo, dime qué pasó con tu hermanita.
—(Llorando) No lo quise hacer, papá...
—¿Qué hiciste?
—Le pegué...
Me quedé en silencio unos segundos. No quería gritar, pero me dolió.
—¿Por qué, hijo? ¿Por qué le pegaste? No ves que es tan chiquita...
—Ya lo sé, papá... solo que... ya no me prestan atención. Todo es ella. Siempre ella...
Ahí estaba. La verdad saliendo en lágrimas.
—Mateo, no digas eso. Claro que te prestamos atención. Es cierto, tu mamá está más pendiente de Emilia ahora porque es un bebé y necesita cuidados... pero eso no significa que ya no te quiera. Yo también estoy aquí, para ti.
—Yo... yo solo quiero a mi mamá otra vez...
Sentí un nudo en la garganta. Pero antes de que pudiera seguir hablando, vi que Andy estaba en la puerta. Había escuchado todo.
Entró sin decir nada. Se acercó a Mateo con calma.
Narra Andy
Me acerqué con el corazón en la mano.
—Mateo...
—(Llorando más fuerte) ¡Mami, perdóname!
—Ven, vamos a hablar tú y yo.
Joel nos miró con respeto.
—Amor, es la primera vez que pasa. No lo juzgues tan duro.
—Por eso mismo, Joel. Es mejor corregirlo ahora que lamentarlo después.
—Voy a ver a Emilia.
—Ya está dormida en su cuna —le dije.
Joel salió de la habitación. Mateo me abrazó con fuerza.
—A ver, mi amor, quiero entender por qué lo hiciste.
—No lo sé, mami... solo... me dieron ganas. Sentí como enojo. Lo hice... y después me arrepentí.
—Mi amor... eso no está bien. Golpear a tu hermanita está mal, por más que sientas cosas feas. Ella es pequeña, no entiende aún.
—Pero ya no me haces caso. Solo estás con ella...
—¿Estás celoso de tu hermana?
—¡No! Solo... ¡yo también te quiero solo para mí!
Ahí lo entendí todo. Mi niño no sabía cómo procesar su emoción. Y yo, sin querer, lo estaba haciendo sentir desplazado.
—Mateo... yo no me he ido a ningún lado. Sigo siendo tu mamá. Emilia necesita mucho de mí porque es chiquita, pero eso no significa que tú no seas importante. Yo te veo, te escucho... hasta recordé que Doki necesitaba comida, ¿no?
—Sí, pero... no lo llevaste al súper.
—Porque no dejan entrar perritos, ¿te acuerdas?
—Sí... —dijo bajito, bajando la cabeza.
—Mira, vamos a hacer algo. Yo voy a estar más pendiente de ti, te lo prometo. Pero tú también necesitas entender que hay consecuencias por lo que hiciste.
—¿Cuál será mi castigo?
—No vas a comer dulces por un mes.
—¡Nooo, mamá!
—¿Quieres que lo suba a dos?
—¡Noooo!
—Entonces, uno y ya.
Mateo asintió. Me abrazó con fuerza, como si necesitara que le reafirme todo de nuevo.
—¿Estás bien con eso?
—Sí... ya está. Es mi castigo.
—Y otra cosa —le dije con dulzura—. Gracias por decirle la verdad a tu papá. Eso también es valiente.
Lo miré a los ojos y supe que este momento, por difícil que fue, nos iba a unir más.
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Una Historia de amor
RomanceNo todas las historias de amor son iguales. Algunas duelen. Otras confunden. Algunas te rompen, y otras te reconstruyen. Andy no sabía que entre un trabajo nuevo, un mensaje extraño y una noche de debilidad... su vida cambiaría para siempre. Esta es...
