Capítulo 37:Primera noche

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🛏️ Andy

La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz tenue que salía del pasillo. Joel estaba sentado en el sillón junto a la cuna, con la cabeza recostada hacia atrás y una cobija mal puesta sobre sus piernas. Mateo dormía plácidamente, haciendo ruiditos suaves que me derretían el alma.

Me dolía todo. La cesárea me pesaba como si el cuerpo aún no me reconociera. Cada vez que intentaba moverme, sentía una punzada. Me daban ganas de llorar, pero no por dolor... sino por miedo. Por no saber si iba a poder con todo esto.

—¿Y si no sé calmarlo cuando llore?
—¿Y si no me baja la leche?
—¿Y si algo sale mal?

Miré a Joel dormido, su rostro aún marcado por el accidente, y pensé en lo mucho que había pasado ese día. Y aun así... allí estaba. A mi lado. Con nosotros.

🧔 Joel

Desperté de golpe. Escuché un pequeño sonido desde la cuna y me puse de pie como si hubiera sonado una alarma nuclear.

Mateo se movía un poco, fruncía la carita. Sus manitas temblaban, buscaban algo en el aire. Me acerqué, no sabiendo si debía cargarlo, dejarlo, hablarle...

Joel (susurrando):
—Ey, campeón... ¿todo bien?

Andy (desde la cama, con voz baja):
—¿Está llorando?

Joel (mirándola):
—No. Solo se mueve... pero creo que va a despertar.

Andy:
—Si llora, me avisas. Creo que va a tocar otra toma...

Joel (dudando):
—¿Y si... lo cargo? ¿Puedo?

Andy (asintiendo con suavidad):
—Claro. Solo ten cuidado con su cuellito.

Me sentí como si estuviera levantando un cristal fino. Lo tomé con torpeza, como quien toca algo sagrado por primera vez. Mateo gimió, abrió los ojitos apenas... y ahí estaba. Mirándome. Como si me reconociera. Me quedé congelado.

Joel (quebrando la voz):
—Andy... me está mirando.

Andy (sonriendo, cansada):
—Claro que sí. Eres su papá.

Lo llevé hacia ella, y la ayudé a colocarlo sobre su pecho. Verlos juntos era demasiado para mí. Era como ver una escena que solo había soñado, y ahora estaba viva.

🤱 Andy

Mateo se prendió rápido, con esos reflejos instintivos que tanto me habían explicado en los cursos. Y aunque me dolía, y aunque estaba agotada, en ese momento sentí una paz profunda. La de saber que él estaba bien. Que comía. Que me necesitaba.

Andy (mirando a Joel):
—¿Tú estás bien?

Joel (bromeando):
—Con dolor de espalda, moretones y sin saber cambiar un pañal. Pero feliz.

Andy (riendo bajito):
—Yo tampoco sé cambiar pañales. Creo que nos toca aprender juntos.

Joel:
—¿Y si nos equivocamos?

Andy (mirando a Mateo):
—Entonces aprendemos del error. Pero juntos.

Joel (acercándose a besarme la frente):
—Gracias por traerlo al mundo. Gracias por todo, Andy.

Andy:
—Gracias a ti por no soltarnos.

Mateo terminó de comer, se quedó dormido otra vez en mis brazos. Joel me ayudó a acomodarlo en la cuna. Lo cubrió con cuidado, como si fuera lo más valioso del planeta. Y sí, lo era.

Nos acostamos en silencio, sin decir más. Las manos entrelazadas, los cuerpos cansados... pero el corazón lleno.

🌌 Joel

Esa noche no dormí mucho. Me quedé escuchando los suspiros de Mateo, su respiración suave, sus movimientos pequeños.

También escuchaba a Andy respirar profundo, de vez en cuando suspirar, y sabía que dormía entre el dolor y la calma.

Miré al techo. Nunca me había sentido tan vulnerable... ni tan completo.

Había miedo, sí. Pero también había una certeza: ya no éramos dos. Éramos tres.

Y pase lo que pase, voy a estar aquí. Siempre.

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