Capítulo 36 - Aprendí la lección

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Narra Andy

Después de la discusión con mi suegra, sentí un fuerte dolor en el vientre. Algo no estaba bien. Entre la rabia y el desconcierto, lo único que pude hacer fue llamar a mi hermana.

—¿Fabi? ¿Puedes venir a recogerme? No me siento bien —dije con voz temblorosa.

—¿Dónde estás?

—En casa de mi suegra... por favor, ven rápido.

Cuando llegó, no me hizo muchas preguntas. Al verme, entendió que no había tiempo para hablar.

—Andy, ¿qué pasó?

—Discutí con tu suegra... y ahora me duele mucho el vientre. Vamos al hospital.

—¡Vamos, vamos ya! —dijo mientras me ayudaba a subir al auto—. En el camino voy a llamar a Joel.

—¡No, Fabi! ¡Joel me va a matar!

—Eso lo ves después. Ahora lo importante es tu salud y la de tu hija.

Yo ya no pensaba en nada más. El dolor aumentaba, y mi mente solo tenía un pensamiento: "Por favor, que mi niña esté bien."

Al llegar al hospital, Fabi me ayudó a anotar solo lo básico. Me llevaron de inmediato a quirófano. Todo fue tan rápido. No supe cuánto tiempo pasó. Solo recuerdo abrir los ojos y ver a Joel junto a mí. Me decía algo, pero no lograba entender sus palabras. Apenas lo miré, escuché el llanto de mi bebé.

Mi hija había nacido.

Desperté horas después en la habitación. Joel estaba allí, al igual que Mateo y nuestra pequeña.

—¡Mami, ya te despertaste! —dijo Mateo, corriendo hacia mí.

—Hola, mi amor —respondí con una sonrisa débil.

—Mi hermanita está chiquita.

—Sí, muy chiquita... Joel, ¿todo está bien?

Él no me respondió de inmediato. Bajó la mirada, serio.

—¿Por qué fuiste a la casa de mi mamá?

—Quería arreglar las cosas con ella. No quiero que vivas distanciado de tu familia.

—Andy... eso es algo que yo tengo que manejar. No puedes poner en riesgo tu salud ni la de nuestra hija por eso.

—Lo sé, créeme que ya lo entendí.

—¿Sabes cuánto me asusté? Pensé que las perdería a las dos...

—Lo sé, pero al final estamos bien.

—¿Y si no hubiera sido así? Andy... tú, Mateo y Emilia son todo para mí.

—Tienes razón. Perdón, de verdad. Pero solo quería hacer lo correcto.

—Mi familia son ustedes. Nadie más, ¿ok?

—Está bien. No me volveré a meter en eso.

—No es que no quiera que opines... es que conozco a mi mamá, y no quiero que les haga daño.

—Créeme, ya lo aprendí.

En ese momento, Emilia comenzó a llorar.

—¡Mami, mi hermanita está llorando! —avisó Mateo.

Intenté levantarme, pero el dolor era muy fuerte. Joel, aunque aún molesto, me la acercó. La tomé en mis brazos.

—Hola, mi niña... mamá está aquí.

—¡Papá! —dijo Mateo—. Ven, siéntate junto a mamá.

—Mateo, déjalo... —intenté calmarlo.

—¿Por qué está molesto? Deberíamos estar felices por mi hermanita.

—Sí, mi amor, estamos felices. ¿Por qué dices eso?

—Porque papá está molesto.

—No, mi amor —dijo Joel—. No estoy molesto.

—Mateo, ven, siéntate aquí conmigo —le pedí.

—No.

Joel, sin paciencia, levantó la voz:

—¡Mateo, hazle caso a tu mamá!

El grito lo asustó. A él y a Emilia. Los dos comenzaron a llorar al mismo tiempo. Me sentí impotente, frustrada... pero respiré profundo. Primero calmé a Mateo, luego a la bebé.

—Ven, Mateo, por favor.

Se acercó con sus ojitos llenos de lágrimas.

—Perdón, mami...

—Tranquilo, mi amor. Cálmate. Si te tranquilizas, podrás quedarte conmigo aquí, ¿sí?

—Sí, mami. ¿Me puedo acostar aquí contigo?

—Sí, pero tienes que estar muy tranquilito, ¿ok?

Le di de comer a Emilia y después se quedó dormida. Mateo también se durmió mientras veía sus dibujos animados en el celular. Con algo de esfuerzo, me levanté para colocar a la bebé en la cunita que había en la habitación.

Joel seguía allí, sentado... pero no me hablaba. Hasta que rompí el silencio.

—¿Vas a dormir aquí o te vas a ir a casa?

—¿Tienes problema con que me quede?

—No. Solo pensé si podías traerme ropa cómoda.

—Mañana te la traigo.

—Gracias... si quieres, puedes venir a la cama. Es grande.

—No, dormiré en el sofá.

—Está bien...

Unos segundos de silencio. Y luego lo escuché:

—Andy.

—Dime.

—No quiero pelear contigo. Pero entiéndeme... te amo. Los amo.

—Y yo a ti. Sé que me equivoqué.

Hizo una pausa.

—¿Puedo dormir con ustedes?

—Sí, ven —le extendí la mano.

Él la tomó con suavidad.

—Te amo.

—Yo más.

Narra Joel

Me acosté junto a Andy y Mateo. Los miré a los dos, abrazados, mientras Emilia dormía en la cunita. Y por un momento, sentí paz.

Pero en mi corazón, había algo más.

Miré a Mateo... su mirada se había apagado un poco. Desde que nació Emilia, él ya no era el "bebé de la casa".

Y eso, lo noté en sus ojitos.

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