Capítulo 32 - Límites

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Narra Joel

Después del día maravilloso que pasé con mi familia, sabía que era momento de poner los puntos sobre las íes. Tenía que hablar con mi madre y dejar todo en claro. Ya no podía permitir más interferencias, más faltas de respeto hacia Andy ni hacia Mateo.

Fui a su casa temprano. Llevaba las palabras listas, pero el corazón apretado.

Regina abrió la puerta con una sonrisa fingida.

—Hola, hijito. ¿Cómo estás? ¿Y Mateo? ¿Dónde estaba ayer?

—Hola. Estoy bien, mi hijo también. Pero hazme un favor, mamá... deja de fingir que te preocupas por él.

Su expresión cambió.

—¿Cómo dices eso? ¡Claro que me preocupo!

—¿Ah, sí? Entonces dime por qué no ayudaste a buscarlo cuando se perdió. ¿Sabes el infierno que vivimos?

—Ay, hijo... ya sabes que estoy mayor. Ustedes viven muy lejos y ya no me puedo mover con facilidad...

—¡No mientas! Cuando vivíamos en el apartamento tú sí ibas. Siempre éramos nosotros los que veníamos a verte, y tú apenas respondías.

—Eso te lo metió en la cabeza Andy, ¿verdad? Ella te manipula.

—¿Y tú crees que soy un niño? Tengo criterio propio. No necesito que nadie piense por mí.

—Has cambiado tanto... Cuando estabas con Diana no eras así.

—¡Ya salió el nombre! Diana, Diana... ¡Entiéndelo de una vez, mamá! No amo a Diana. Amo a Andy.

—Diana es perfecta para ti. Andy no lo es.

—¿Y por qué no? Dímelo.

—Porque Diana es de nuestra clase, de nuestra gente. Andy no encaja.

—(molesto) No vuelvas a hablar así. ¿Sabes por qué dejé de amar a Diana?

—¿Por qué?

—Porque abortó a mi hijo sin decirme nada. ¡Lo mató! Y tú lo sabías, y aún así la defendiste.

Regina se quedó en silencio.

—Eso no puede ser verdad...

—No importa ya. Hoy vine a aclarar dos cosas. Empecemos con la primera.

—¿Cuál?

—¿Por qué le pegaste a mi hijo?

—¡Eso es mentira! Mateo lo inventó.

—¿Estás segura?

—Por supuesto.

—¿Lo puedes sostener delante de él?

—Sí.

Lo que ella no sabía era que Andy y Mateo estaban esperando afuera. Los llamé.

—Mateo, ven hijo.

Mi pequeño entró con Andy de la mano.

—Buenos días, abuelita —dijo con voz baja.

—Hola, Mateo —contestó Regina, con la mirada incómoda.

—¿Ves cómo lo tratas? —le dije.

—¿Qué he hecho?

Me agaché para hablar con Mateo.

—Hijo, ¿tu abuelita te pegó ese día?

Mateo, con lágrimas en los ojos, afirmó:

—Sí, papá. Me pegó... Me dijo que me callara y me empujó. Por eso vino mi mami. Se molestó y después le dolió su barriga... —dijo sollozando, y se fue corriendo con Andy.

—¡Mateo no mientas! Dile la verdad —gritó Regina.

—¡Él no miente! —le respondí—. Es mi hijo. Y tiene testigos.

—¿Testigos? ¿Quién?

Andy dio un paso al frente, firme.

—Yo lo vi. Yo estaba ahí. Le puso la mano encima a mi hijo y por eso la enfrenté.

Mi madre no supo dónde meterse. Bajó la mirada.

—Primer punto, aclarado. —dije en voz firme—. Vamos al segundo.

—¿Cuál es?

—Desde hoy, no quiero que nos busques ni te acerques hasta que aceptes que Andy, Mateo y Emilia son mi familia. Y te doy una noticia: después de que nazca mi hija... nos vamos a casar.

Ella se alteró.

—¿Y cómo sabes que son tus hijos?

Sentí el golpe bajo, pero no me dejé llevar.

—No voy a permitir que me manipules con eso. Es lo más bajo que has dicho, mamá.

—¡Solo quiero protegerte!

—No, lo que quieres es controlarme. Pero eso se acabó. Me alejo de ti porque tú me has alejado con tu actitud.

Di media vuelta y me fui. Andy me esperaba afuera con Mateo en brazos. Lo abracé, lo besé en la frente.

—Perdóname, hijo. No quise que pasaras por esto.

Narra Andy

Vi a Joel salir de la casa con la mirada firme y la voz temblorosa. Sé que por dentro estaba destrozado, pero había hecho lo correcto.

Lo abracé sin decir nada. A veces, el silencio es el mayor consuelo.

Esa noche, en casa, Mateo estaba callado. Le di su leche, lo arropé en la cama y me senté a su lado.

—¿Estás bien, mi amor?

Asintió.

—¿Quieres hablar?

—Sí, un poquito...

Reflexiona Mateo

Hoy fue raro. Sentí miedo, pero también sentí que mi papá me cree. Y mi mami también. Antes pensaba que si contaba lo que sentía, nadie me iba a escuchar. Pero no es así.

Mi papá defendió a mi mamá... y me defendió a mí.

Mi mami me abrazó tan fuerte que se me quitó el miedo. Doki se acostó a mi lado y me lamió la cara como diciendo "todo está bien".

Ahora sé que la familia no solo es quien te da la vida, sino quien te cuida, te escucha y te ama de verdad.

Y mi familia... es esta.

Papá.
Mamá.
Yo.
Y pronto... Emilia.

Una Historia de amorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora