Andy
Habían pasado dos días desde que dimos la noticia del viaje. Joel ya había sacado su pasaporte y la visa; Mateo y yo ya teníamos todo listo. Gracias a Leydi, quien nos envió una carta de invitación desde España, el trámite fue más fácil.
Eso sí... lo de la carta fue una sorpresa que Ely aún no sabía. La idea era que Mateo apareciera frente a ella sin previo aviso. Su cara, estoy segura, será impagable.
Todo parecía ir bien, pero noté a Mateo un poco apagado. Cabizbajo. Como si algo lo estuviera incomodando. Así que mientras almorzábamos, decidí preguntarle.
—Andy: Mi amor, ¿qué tienes?
—Mateo: No sé, mami... estoy feliz porque vamos a ver a mis madrinas... pero no quiero dejar a Doki.
Ahí se me partió el alma.
Me sentí culpable. Me dejé llevar tanto por mi emoción de ver a mis amigas, por cambiar de aire, por pasar una Navidad distinta... que no me detuve a preguntarles a ellos qué opinaban. A ninguno. Ni a Joel, ni a Mateo.
—Andy: Escúchame, mi amor. Si tú no quieres ir, no vamos. Quizás hice mal al tomar esta decisión sin preguntarles...
—Mateo: No, mami... sí quiero ir.
Pero aun así, no sonreía. Terminó su comida en silencio. Como yo.
La verdad... me vi reflejada en él. Cuando era niña, también tenía una perrita que adoraba, y jamás salía en Navidad porque me daba miedo dejarla sola con los fuegos artificiales. Por eso entendía perfectamente el nudo que tenía en el pecho.
Después de pagar la cuenta, Mateo me pidió que fuéramos a recoger a su papá al trabajo. Y así lo hicimos.
Cuando lo vio salir del edificio, gritó emocionado:
—Mateo: ¡Papáaaa!
—Joel: ¡Mi amor!
—Mateo: ¡Te vinimos a recoger!
Joel me saludó con un beso, pero notó algo.
—Joel (bajito): Hola.
—Andy: Hola...
—Joel: ¿Vamos a casa o quieren pasar por el parque?
—Mateo: ¡A casa! Tengo que hacer algo muy importante.
Joel y yo nos miramos extrañados.
—Joel: ¿Tú? ¿Importante? ¿Qué tienes que hacer?
—Mateo: ¡Mi maleta, papá!
Reímos los tres. Y así, Joel lo cargó sobre sus hombros, tomó mi mano y nos fuimos a casa.
Joel
Llegamos a casa. Apenas abrí la puerta, bajé a Mateo y lo llamé con voz seria pero suave.
—Joel: Ven, hijo, quiero hablar contigo.
—Mateo: ¿Pasa algo?
—Joel: No, mi amor. Pero noté que mamá está triste hoy.
—Mateo (bajando la cabeza): Fui yo. La hice poner triste...
—Joel: ¿Cómo así, campeón?
—Mateo: Le dije que me da pena dejar a Doki... y creo que eso la puso triste.
Me arrodillé frente a él.
—Joel: A ver, escúchame. Quizás no lo recuerdes porque eras muy pequeñito, pero tus madrinas vinieron a Perú cuando tú naciste. Fuimos a la playa, salimos a comer, y tu mami fue muy feliz con ellas.
—Mateo: ¿En serio?
—Joel: Claro que sí. Y el día que se fueron, hasta tú lloraste. Aunque eras tan chiquito que no te acuerdas.
—Mateo (pensativo): O sea... era un bebé.
—Joel (riendo): Aún lo eres, mi niño.
—Mateo: ¡No! Ya soy grande.
—Joel: Ok, niño grande. ¿Qué te parece si buscamos una forma de hacer que mami se ponga feliz otra vez?
—Mateo (con ojitos grandes): No sé cómo, papá... ¿me ayudas?
—Joel: Claro que sí. Sabes que a tu mamá le encantan los chocolates y los dulces. ¿Y si le preparamos unos?
—Mateo: ¡Sí! Pero mami no quiere que entre a la cocina... 😓
—Joel: Lo que no quiere es que entres solo. Pero conmigo puedes.
—Mateo: ¡Vamos! ¡Vamos, papá!
—Joel: Tranquilo, campeón. Seguro ahora mismo está bañándose. A ella eso la relaja cuando se siente bajita de ánimo. Así que tenemos tiempo.
Mateo me tomó de la mano, emocionado, y juntos entramos a la cocina.
Ese momento... fue tan simple, pero tan importante. No solo estábamos preparando chocolates. Estábamos enseñándole a nuestro hijo lo que significa cuidar el corazón de alguien. Lo que significa amar.
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Una Historia de amor
RomanceNo todas las historias de amor son iguales. Algunas duelen. Otras confunden. Algunas te rompen, y otras te reconstruyen. Andy no sabía que entre un trabajo nuevo, un mensaje extraño y una noche de debilidad... su vida cambiaría para siempre. Esta es...
