Capítulo 19 -Confesiones y Cicatrices

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Narrado por Andy

Volver a casa después del hospital se sintió como un respiro... pero no como un descanso. Mi cuerpo está cansado, pero mi mente está en guerra. Me rodean el amor, la duda, y un torbellino de recuerdos que no pedí. Lo único que me mantiene en pie es Mateo... y Emilia.

Esta tarde, Michel y Pame vinieron a visitarme. Verlas me reconfortó. Siempre han estado conmigo en los peores momentos.

¡Andy! —exclamó Michel al entrar con una sonrisa, dejando su bolso en el sillón—. ¿Cómo estás, amiga?

¡Mi reina! —agregó Pame—. Cuéntanos todo, que estamos en ascuas desde que supimos que estabas internada.

—Estoy mejor... pero aún me siento un poco... alterada, la verdad —les dije mientras me acomodaban las almohadas en la espalda.

—¿Pero qué pasó? —preguntó Michel, frunciendo el ceño.

—¿Fue algo grave? —añadió Pame.

Tuve una amenaza de aborto, chicas.

Ambas se quedaron heladas.

—¿Qué? ¿Eso significa que... estás embarazada? —susurró Pame, llevándose las manos a la boca.

—Sí... tengo dos meses —respondí bajito.

Michel se emocionó y me tomó la mano.

—¿Y qué fue lo que te provocó eso, Andy?

Suspiré profundo.

—Les voy a contar todo... pero necesito que me escuchen sin interrumpirme.

—Claro —asintieron ambas al unísono.

—Llegamos de España hace poco. Estaba en la cocina, tranquila, cuando empezó a sonar el móvil de Joel. Lo atendí. Era una mujer. Y me dijo... "Hola, amor".

Michel y Pame se miraron como si acabaran de recibir un balde de agua helada.

—¿Qué...? —susurró Michel.

—Sí. Le reclamé a Joel. Discutimos. Fue fuerte. Y eso... me provocó la amenaza de aborto.

—Andy —dijo Pame, tocándome el brazo—. ¿Pero... desconfías de Joel?

—No, claro que no. Joel nunca me ha dado motivos para desconfiar de él.

—Entonces —intervino Michel—, deben hablar. Sanar esto. No por obligación, sino por el amor que se tienen. Y por Mateo. Y Emilia.

En ese instante, se escucharon pasos. Joel entró a la habitación.

Hola, chicas... amor.

—Hola, Joel —respondió Pame con una sonrisa forzada.

—Hola, Joel —repitió Michel. Se pusieron de pie—. Los dejamos para que hablen tranquilos.

—Gracias —dijimos Joel y yo al unísono.

Cuando se fueron, el silencio se volvió incómodo. Joel se acercó a mi lado.

—¿Cómo te sientes, amor?

—Mejor... pero aún preocupada.

—Yo también. Mucho más de lo que te imaginas.

—Tenemos que hablar —dijo con un tono serio.

—Sí. Ya no hay tiempo que perder.

—Te voy a contar todo, pero... prométeme que lo tomarás con calma.

—Estoy tranquila. Solo habla.

—La mujer que llamó se llama Diana.

—¿Y?

—Es mi ex de la secundaria.

Me costó no reaccionar.

—¿Y qué tiene que ver un número registrado a nombre de Carlos?

—Carlos es su primo. Pero ella usa esa línea. No sé por qué lo hizo. Y tampoco sé qué quiere Carlos en todo esto.

—Joel... ¿me estás diciendo que tu ex volvió después de tantos años, justo cuando estamos más felices?

—Sí. Y lo peor es cómo terminó todo con ella...

—¿Qué pasó?

—Cuando éramos adolescentes... estábamos juntos, de verdad. Pensábamos hasta en casarnos. Pero un día me dijo que estaba embarazada. Yo me ilusioné. Iba a ser papá. Me veía criando un hijo con ella... soñaba con eso. Pero... ella no lo quiso tener. Lo abortó sin decirme nada.

Sentí un nudo en la garganta.

—Joel...

—Eso me mató por dentro. Y cuando tú me dijiste que estabas embarazada de Mateo... verte feliz, emocionada, ilusionada... supe que tú eras la persona correcta para mí. Porque tú sí querías esa vida. Y yo... yo quería que fuera contigo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—No soy quien para decidir sobre nadie... pero yo nunca habría hecho eso. Yo amo a mi hijo más que a mi propia vida.

—Lo sé. Por cómo lo miras, por cómo lo abrazas cuando duerme. Por cómo hablas de Emilia incluso antes de verla.

En ese momento, Mateo entró a la habitación con una manzanita en la mano.

—Mamá... traje esto para ti.

—Gracias, mi amor —le dije, acariciándole el cabello.

Un segundo después, el doctor entró.

—Bueno... ¿cómo te sientes, mamá luchona?

—Mejor. Mucho mejor —respondí con una sonrisa cansada.

Joel se acercó a mí en cuanto el doctor se fue. Me tomó de la mano y me ayudó a levantarme despacito.

—Déjame ayudarte a cambiarte —susurró.

Asentí.

Mientras lo hacía, me abrazó por detrás. Su voz fue suave, temblorosa:

Te amo demasiado, Andy.

—Y yo a ti.

Se giró, me miró a los ojos y me besó.

Ni que estuviera loco te dejaría. A ti ni a mis hijos.

—Confío en ti, Joel.

Y lo sentí. Lo creí. Porque en sus ojos ya no había duda... solo amor. Un amor que ahora tiene que protegernos del pasado que viene tocando la puerta.

Una Historia de amorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora