Caleb Jazub
Ahora es su turno de escuchar. Luego de haber ido por Elías, me llegó una alerta a mi teléfono de que alguien había entrado a la carpeta en donde tenía los contratos con el ejército, no se puede entrar a menos que alguien posea la computadora y tenga las contraseñas.
Enseguida pensé en Rateel y sus amigos, lo confirmé cuando los hombres que dejé en Rusia me informaron lo que encontraron. Les ordené que los recluyeran en una habitación hasta que hablara con Rateel, ¿y que recibo? Una oleada de disparos en mi contra.
Lindo, muy lindo. Como si ella no fuera la que me hackeo.
- ¿Cómo? – me paro detrás de ella a unos cuantos pasos.
- No debes subestimar mis habilidades – gira su rostro para verme – nunca sabrás que me guardo bajo la manga.
- No lo hice, sé perfectamente que eres capaz de muchas cosas, pero esto – suelto una risa con falto de humor – cruzaste los límites.
- Te dije que me dijeras las cosas o yo las sabría a mi manera, aquí tienes mi manera de saber las cosas.
Sería sencillo clavarle una bala en la cabeza a alguien que me falta el respeto de esta manera, podría torturar su cuerpo y su mente hasta que me rogara que la matara, pero ella no es un alguien para que yo pudiera hacer algo como eso. Si, estoy jodidamente molesto, pero no por las razones que me gustaría estarlo.
- Lo que mencionaste, ¿fue cierto? – digo fingiendo tranquilidad.
- Dije muchas cosas, sé específico – el simple hecho de que las palabras atravesaran mi garganta me producía un ardor en el estómago.
- ¿Se atrevieron a tocarte? – algo atravesó sus ojos, algo que reconocí y puso a arder mi cuerpo. Miedo.
- Fue en una ocasión – habló en un susurro – el idiota aún sigue con vida, me lo pienso cobrar.
Sé que no hablará más y no pienso obligarla. "Al menos no por ahora". En realidad, tenía otros planes en mente, unos que no permitiría que nadie interrumpiera.
- ¿Cuál es el plan entonces? – habló dándome la espalda de nueva cuenta fijando su vista en los planos sobre la mesa.
- ¿Crees que terminamos?
- Creo que ya terminamos de...
No la dejé terminar cuando me acerqué con rapidez hacia ella y empujé su cuerpo, haciendo que doblara la mitad hacia adelante. Su mejilla estaba contra la mesa, sus brazos quedaron extendidos y no tardaron en querer defenderse, pero ella sabe que ante mis deseos, yo sería más fuerte.
El movimiento que hacía provocaba que su culo se restregara contra mi polla, la cual comenzaba a ponerse erecta.
Tomé sus muñecas y con una sola mano las sostuve sobre su espalda, mientras que con mi mano libre me quitaba el cinturón y lo amarraba alrededor de sus manos, limitando el movimientos de sus brazos.
- Oh por supuesto que no hemos terminado, zmeya – me cerní sobre ella y hablé en su oído – en realidad, esto recién ha comenzado.
- ¿Qué pretendes? – su respiración era irregular y la mía comenzaba a ser un desastre.
- Voy a castigarte por lo que has hecho.
Nunca podría hacerle daño, no sería capaz de hacerla sufrir de una forma dolorosa, sin embargo, si podría hacerla sufrir de forma placentera.
Bajo los pantalones negros hasta sus rodillas y al alzar mi rostro, frente a mí, enfundado en unas delgadas bragas negras de encaje, su perfecto culo me recibe. Me pongo de pie mientras paso las palmas de mis manos por sus cachetes, son tan blancos que al aplicar un mínimo de fuerza, marcas rojas que se borran en segundos se hacen notar por su piel.
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Krovozhadnyy
AcciónLo dicen los adultos y por consecuencia nosotros: la vida es una montaña rusa. Por la momento estas yendo de fiesta con tus mejores amigos, y en un dos por tres estas en medio de una balacera sin saber que el destino te iba a hacer una pésima jugada...
