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El sol apenas se asomaba por el horizonte cuando Amelia llegó a la escuela, con una bufanda enrollada apretadamente en el cuello y un ligero rubor en las mejillas. No era un rubor común; Lynn lo notó al instante. Desde hacía unos días, Amelia había mostrado signos de que algo no estaba bien, pero cuando alguien le preguntaba, siempre lo negaba con una sonrisa y cambiaba el tema rápidamente.
“¿Estás segura de que estás bien, princesa?” le preguntó Lynn, mirándola con ojos entrecerrados mientras la inspeccionaba de arriba a abajo.
“¡Sí, estoy bien! Solo hace un poco de frío, nada más,” respondió Amelia con una sonrisa forzada, aunque su voz sonaba un poco más ronca de lo usual. Sin embargo, intentó disimularlo carraspeando, como si el hecho de aclararse la garganta pudiera esconder su evidente malestar.
Lynn arqueó una ceja, sin creerse ni una sola palabra. “Claro, claro. Porque claramente suenas como si estuvieras en perfecta salud…” murmuró, lo suficientemente bajo como para que Amelia apenas lo escuchara.
Durante las primeras clases, Amelia intentó concentrarse en sus apuntes y en las lecciones, pero una sensación de mareo comenzaba a invadirla. A pesar de sus intentos de ignorarlo, un leve dolor de cabeza se hacía cada vez más presente. De vez en cuando, miraba de reojo a Lynn, quien la observaba preocupada desde su asiento, pero Amelia evitaba devolverle la mirada. No quería que ella o el resto de sus amigos se dieran cuenta de lo que estaba pasando.
Sin embargo, sus intentos de disimular fueron inútiles. A media mañana, mientras estaban en la clase de ciencias, Amelia sintió que sus manos empezaban a temblar ligeramente, y tuvo que detenerse un momento para recobrar el aliento. Lynn, que estaba sentada al otro lado de la mesa de laboratorio, frunció el ceño y extendió la mano, tocando la de Amelia con cuidado.
“Estás helada,” murmuró Lynn, apretando su mano con preocupación. “Amelia, de verdad, deberías ir a la enfermería.”
Amelia retiró su mano rápidamente, sonriendo débilmente. “No es nada, en serio. Solo necesito un poco de agua y estaré bien.” Se puso de pie, tambaleándose ligeramente, y se dirigió al dispensador de agua en la esquina del salón, aunque le costó mantener el equilibrio.
Jace, quien estaba observando toda la escena desde su mesa, intercambió una mirada con Lynn y luego comentó en voz baja: “¿Estás viendo lo mismo que yo? Porque ella definitivamente no parece estar bien.”
Lynn asintió con una expresión de preocupación creciente. “Voy a hablar con ella en el descanso. Si sigue así, no pienso dejar que se haga la fuerte.”
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El timbre del receso sonó, y el grupo de amigos se reunió en la cafetería. Amelia llegó la última, caminando lentamente y con la bufanda todavía apretada al cuello, aunque comenzaba a sudar ligeramente. Se dejó caer en su asiento junto a Lynn, intentando mantener una expresión neutral mientras sus amigos la observaban con atención.
“¿Sigues diciendo que estás bien, Amelia?” preguntó Kelly, con una mezcla de preocupación y escepticismo. “Te ves como si hubieras visto un fantasma.”
Amelia sonrió débilmente y asintió. “Estoy perfectamente. Solo… un poco cansada, eso es todo.” Pero antes de que pudiera agregar algo más, un estornudo repentino escapó de sus labios, haciéndola sonrojar mientras todos la miraban con sospecha.
“¿En serio? ¿Cansada?” Margo soltó una carcajada, aunque claramente preocupada. “Amelia, tienes todos los síntomas de un resfriado. ¿Por qué no simplemente admites que estás enferma?”
Amelia frunció el ceño, cruzando los brazos en un intento por defenderse. “No estoy enferma. Solo es… la alergia de primavera.” Pero ni ella misma parecía convencida, y mucho menos sus amigos.
Lynn soltó un suspiro, resignada a la terquedad de Amelia. “Mira, princesa, si estás enferma, lo mejor es que descanses. Nadie se va a burlar de ti por eso.” Extendió la mano y tocó la frente de Amelia, quien trató de apartarse, pero la diferencia de temperatura era notable. Lynn retiró la mano rápidamente. “¡Amelia! Estás ardiendo. Tienes fiebre.”
“Yo… estoy bien, en serio,” insistió Amelia, aunque su voz comenzaba a sonar más débil. Sin embargo, en el fondo, sabía que Lynn tenía razón. Sentía cómo su cuerpo comenzaba a temblar ligeramente, pero no quería preocupar a sus amigos ni mucho menos interrumpir sus actividades.
“No lo estás,” intervino Marco con una mirada seria. “¿Por qué no simplemente dejas de insistir? No tienes que probarle nada a nadie.”
Amelia soltó un suspiro frustrado, dándose cuenta de que todos la estaban observando con la misma expresión de preocupación. “Lo sé, pero… odio sentirme débil. No quiero ser una carga para ustedes.”
Jace le dio un suave golpe en el brazo. “¿De qué estás hablando? Eres nuestra amiga, Amelia. Nadie piensa que seas una carga.”
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Las siguientes horas en clase fueron un desafío. Amelia trató de mantenerse concentrada, pero a medida que el día avanzaba, su malestar empeoraba. Sus amigos intentaron persuadirla de que fuera a casa, pero Amelia seguía negándose, obstinada en su decisión de no rendirse ante la enfermedad.
En el entrenamiento, Lynn no podía quitarle la vista de encima, notando cómo Amelia apenas podía mantenerse en pie mientras intentaba hacer las actividades físicas. Durante una de las carreras, se tambaleó, y Lynn rápidamente corrió hacia ella, sosteniéndola antes de que pudiera caerse.
“Eso es todo, princesa. No más discusiones,” dijo Lynn firmemente. “Vas a descansar ahora mismo, o juro que te llevaré cargando a la enfermería.”
Amelia intentó protestar, pero al ver la seriedad en el rostro de Lynn, decidió no seguir peleando. “Está bien… solo un descanso.” Lynn la ayudó a sentarse a la sombra, mientras el resto del grupo las observaba desde lejos, claramente aliviados de que Amelia finalmente aceptara que necesitaba un respiro.
Shasha se acercó con una botella de agua y se la extendió a Amelia. “Aquí, tómala. Te hará sentir mejor.”
Amelia aceptó la botella, dándose cuenta de que su terquedad había causado más problemas de lo que imaginaba. Bebió un sorbo y miró a Lynn, quien seguía a su lado, observándola con una mezcla de preocupación y ternura.
“Lo siento, Lynnie. No quería preocuparlos a todos,” murmuró Amelia, con una expresión arrepentida en su rostro.
Lynn sonrió y le dio un suave golpecito en la frente. “No tienes que disculparte por sentirte mal. Solo tienes que recordar que estamos aquí para ti, y que no tienes que hacerte la fuerte todo el tiempo.”
Amelia asintió, dejando escapar un suspiro de alivio. En ese momento, se dio cuenta de lo afortunada que era de tener amigos que realmente se preocupaban por ella. Decidió, finalmente, dejar de lado su orgullo y aceptar la ayuda que tanto necesitaba.
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Al final del día, Lynn insistió en acompañar a Amelia a casa para asegurarse de que estuviera bien. Durante el trayecto, conversaron sobre cualquier cosa, tratando de distraerse del hecho de que Amelia aún se sentía débil. Lynn se encargó de cargar su mochila y caminar a su lado, brindándole apoyo en silencio.
Cuando llegaron a la puerta de la casa de Amelia, Lynn se detuvo y le dio una sonrisa cálida. “Prométeme que descansarás, princesa. Y si necesitas algo, llámame, ¿de acuerdo?”
Amelia asintió y sonrió, sintiéndose agradecida. “Lo prometo. Gracias, Lynnie.”
Lynn le dio un suave beso en la frente antes de despedirse. “Para eso estoy aquí, Amelia. No olvides que siempre puedes contar conmigo.”
Amelia observó cómo Lynn se alejaba, sintiéndose aliviada por haber aceptado finalmente el apoyo de sus amigos. Sabía que con ellos a su lado, podía enfrentar cualquier cosa, incluso su propia terquedad.
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Princesa, estoy contigo
Novela JuvenilQue pasa si la número 1 de su secundaria se enamora? no pasaría nada, si tan solo no fuera *Amelia Anderson*
