Una semana después del entrenamiento más extenuante de su vida, Lynn Loud Jr. se encontraba en el campo de fútbol, mirando al frente mientras sus compañeros de equipo se alineaban para el partido más importante de la temporada. El sol brillaba con fuerza, y el calor hacía que cada respiración fuera más pesada. Pero nada de eso parecía importarle a Lynn, quien estaba completamente concentrada en ganar.
Durante todo el partido, su energía fue imparable. Corrió hasta quedarse sin aliento, hizo tacles que dolían más de lo que parecía, y presionó sin descanso a su oponente, todo con la determinación de no dejar que su equipo perdiera. A pesar de estar agotada, cada vez que miraba a sus compañeros de equipo, su espíritu se renovaba, y no podía permitirse perder. Este era su momento, el momento en que demostraría todo lo que había entrenado.
Pero a medida que el partido avanzaba, sus piernas comenzaban a sentirse como si fueran de plomo. La presión de los entrenamientos anteriores, la falta de descanso y las largas horas de trabajo se acumulaban en su cuerpo. Sin embargo, Lynn ignoraba sus propios límites. No podía, no debía detenerse.
El partido terminó con una victoria para su equipo, pero Lynn no sentía la euforia de la victoria. En su lugar, solo sentía un cansancio profundo que le nublaba la vista y le dificultaba la respiración. Apenas había podido caminar hasta el vestuario, y al sentarse en una banca, un mareo comenzó a invadirla.
—Estoy bien... —se dijo a sí misma, con voz temblorosa, aunque sus piernas no respondían.
Decidió que lo mejor era descansar un poco, tomar un poco de agua, pero su mente seguía corriendo a mil por hora. Quería entrenar más, siempre más. Sentía que tenía que ser mejor, que debía ser perfecta. No podía permitirse fallar.
Al llegar a casa, la agotada Lynn apenas se cambió de ropa y se dirigió a su habitación, ignorando cualquier señal de que su cuerpo ya no podía más. Con la cabeza llena de pensamientos sobre el siguiente entrenamiento, empezó a calentar, ignorando las molestias que recorrían sus músculos. Sabía que el descanso era importante, pero la obsesión por mejorar la había sobrepasado.
Empezó a hacer sentadillas y flexiones, luego estiramientos, hasta que su respiración se volvió irregular. A pesar de estar tan exhausta, no podía parar. Tenía que seguir. Sin embargo, fue un error fatal. La vista se le nubló, y antes de que pudiera reaccionar, todo a su alrededor comenzó a girar.
El sonido de su cuerpo cayendo al suelo fue lo último que escuchó antes de perder el conocimiento.
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En el hospital, la preocupación se había apoderado de todos. Rita, la madre de Lynn, estaba en shock. No entendía cómo había pasado esto. Un día normal, un entrenamiento que se había vuelto demasiado, y su hija terminó en urgencias. Nadie sabía qué había sucedido exactamente, solo que Lynn había colapsado después de entrenar intensamente en casa.
En cuanto se enteraron, sus amigos no tardaron en acudir al hospital. Amelia fue la primera en llegar, apoyada por Kelly, Margo e Ivy. Las chicas llegaron con el corazón en un puño, temiendo lo peor, mientras sus pensamientos se dirigían a Lynn, la amiga, la novia, la líder del equipo, la que siempre estaba llena de energía. Pero hoy, todo eso parecía haberse desvanecido.
—¿Cómo está? —preguntó Amelia, con la voz quebrada. No podía creer lo que había sucedido. Su Lynn, que siempre estaba tan fuerte, tan decidida, ahora estaba en ese lugar, tan frágil.
Rita, al verlos llegar, no pudo evitar soltar una lágrima, aunque trató de mantener la compostura.
—Está en observación... —dijo, con un nudo en la garganta—. El médico dijo que estaba completamente agotada... que se había sobrecargado demasiado. Su cuerpo simplemente no pudo más.
Amelia sintió como si un peso le cayera sobre el pecho. El miedo la envolvía. ¿Cómo había llegado Lynn a ese punto? No había sido nada raro que Lynn se extenuara de vez en cuando, pero nunca imaginó que su obsesión por mejorar pudiera llevarla a un colapso físico.
Los demás amigos llegaron poco después: Marco, Jace, Kelly, Margo, Ivy. Todos se quedaron en silencio, mirando a Rita, buscando respuestas, buscando algún tipo de explicación.
—¿Cuánto tiempo estará aquí? —preguntó Jace, con su tono usual de despreocupación, pero en su mirada se notaba la ansiedad.
—El médico dijo que no es nada grave, pero necesita descansar —respondió Rita, sentándose con un suspiro pesado—. Está agotada, y por ahora, sólo le quedará descansar. Pero no sé cuánto tiempo más pueda continuar con este ritmo.
El grupo se miró entre sí. Sabían lo que Lynn había estado haciendo últimamente. Estaba entrenando sin descanso, intentando mejorar a toda costa, y su mentalidad competitiva la había llevado demasiado lejos.
—¿Y qué podemos hacer para ayudarla? —preguntó Kelly, su voz cargada de preocupación.
Amelia se quedó pensativa. Sabía que Lynn no aceptaría fácilmente que se detuviera. Siempre había sido fuerte, siempre había tenido esa chispa que la hacía sobresalir, y sabía que eso la había empujado a este punto. Pero Amelia también sabía que no podía dejar que eso siguiera.
—Tenemos que estar con ella —dijo Amelia, finalmente—. No sé cómo, pero tenemos que encontrar una manera de hacer que vea que no tiene que hacerlo todo sola.
Rita asintió, agradecida por el apoyo de los amigos de Lynn.
Al pasar las horas, el ambiente en la sala de espera del hospital se llenó de conversaciones suaves, de intentos por aliviar la preocupación de Rita. Todos sabían que no podían hacer mucho más por ahora, que solo quedaba esperar. Lynn, mientras tanto, estaba descansando, pero ninguno de ellos podía evitar la sensación de que algo había cambiado para siempre.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el médico salió y les informó que Lynn había recuperado el conocimiento, pero aún estaba débil y necesitaría reposo absoluto durante los próximos días.
Amelia y los demás se acercaron a la habitación donde Lynn descansaba, todavía en silencio, pero con el corazón lleno de preocupaciones.
Lynn, al verlos entrar, intentó sonreír, aunque su rostro mostraba el cansancio extremo que había sufrido.
—Chicos... ¿Qué hacen aquí? —preguntó Lynn, con una risa débil. Sabía que no estaba en su mejor momento, pero se sentía culpable por preocupar a todos.
Amelia se acercó a ella y se sentó junto a la cama, tomando su mano con suavidad.
—¿Qué crees que estamos haciendo? —respondió Amelia, con una sonrisa triste—. Nos tenías muy asustados, Lynn.
Lynn se mordió el labio, sintiendo el peso de sus decisiones. Había ido demasiado lejos, y ahora veía la preocupación de sus amigos reflejada en sus rostros. Sabía que no podía seguir en ese camino.
—Lo siento... —dijo Lynn, bajando la mirada—. No quería que llegara tan lejos, pero... no podía detenerme. Quería mejorar, quería... no sé, ser la mejor.
Amelia apretó su mano y la miró fijamente.
—Lo sé, princesa. Pero no tienes que hacerlo sola. Todos estamos aquí para apoyarte, ¿de acuerdo?
Lynn asintió, sus ojos llenos de gratitud y un poco de culpa. Estaba rodeada de amigos, pero más que nada, estaba rodeada de amor.
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"Exceso de Fuerza" se convirtió en el punto de quiebre para Lynn. Aunque sabía que su pasión por mejorar nunca desaparecería, aprendió que el verdadero equilibrio venía de aceptar sus límites, de cuidarse a sí misma, y de permitir que sus amigos la apoyaran cuando más lo necesitaba.
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Princesa, estoy contigo
Teen FictionQue pasa si la número 1 de su secundaria se enamora? no pasaría nada, si tan solo no fuera *Amelia Anderson*
