DESINTOXICACIÓN

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Comenzó llamándola por las noches, pero pronto podía escucharla cada minuto del día.

Sansce.

Decía la voz.

Haz estado mucho tiempo lejos de mí, es hora de que regreses.

Sonaba tan dulce que la hacía sentir a salvo, como si nada de lo que estuviera viviendo fuera la realidad. Quería ir con la voz y descubrir si era su madre quien la llamaba. Lo ansiaba de verdad.

Ya no deseaba ir al Monte Sagrado, el incidente que sucedió días atrás (en donde quemó a Rengi) la dejó si motivos para seguir.

Lo único que quería era dormir, para volver a escuchar a su madre invitándola a dejar todo ése mundo lleno de problemas que ella no podía cargar.

Ni siquiera podía resistir un minuto más la decepción de Rengi, quien ya no soportaba mirarla y saber que era nada más que una maga inútil. Sansce cayó en cuenta que no era quien todos esperaba.

Que no era la guerrera que los salvaría de la destrucción.

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En cuanto vio salir a Sekgä de la habitación, Sato no supo cómo reaccionar. El demonio no medió palabra, simple y sencillamente se alejó lo más rápido que pudo, aún cuando Sato hizo todo por detenerlo. La expresión que llevaba en el rostro lo inquietó, era una mezcla de: fascinación, asombro...y miedo.

Sato no se atrevió a entrar, no porque le temiera a Okono, si no porque no soportaría ver lo que Sekgä probablemente vio; ése brillo que sólo él detectaría. El brillo de llevar a un dang-blang dentro. Lo destrozaría el saber que tendría que abandonarla.

Sin poder evitarlo recordó la mañana del solsticio de invierno en la cual las gemelas partieron:

Apenas vieron a los caballos perderse en la espesura, el Monje se giró hacia Sato.

-No sé qué habré hecho bien para haber tenido el honor de acoger a las guerreras de la profecía y a ti Sato. Sé de antemano que ustedes son muy superiores a mí, pero los he amado y siempre amaré como si fueran mis hijos. Esta es una tarea difícil, pero estoy seguro que sabrás qué hacer. Cuando tengas miedo, busca en tu interior. No te fijes en quien es la maldita y quien la elegida, ambas siempre serán las hermanas que conociste desde hace once años.

Sato asintió, mostrándole el respeto que su Maestro se merecía.

-Gracias, por todo. Por ser un maravilloso mentor para mí, un padre-agradeció.

-No digas más, anda, ve hacia tu camino estrella del cielo-elogió, diciéndole como jamás le había dicho. Era una vieja broma que incluso Sato no entendía del todo.

Estrella del cielo.

Así lo había llamado la primera vez que lo acogió en brazos. La primera vez que se le dio la segunda oportunidad de vivir.

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En cuanto supo quién era la maldita, Heinhää entró en un profundo sueño. Dormía días y noches enteras sin comer, o casi respirar. Con la esencia aún rodeándole la mano, apenas moviéndose, al igual que ella. Antes de caer en aquel letargo, había dado órdenes estrictas a sus comandantes de guerra.

Les había ordenado preparar las armas y al ejército. Que cada pueblo que estuviera cerca al mar, vertiera al menos un cuenco de sangre por persona cada tres días.

Hizo saber en cada resquicio de su reino que estuvieran preparados porque su guerrera estaba a punto de llegar.

Hizo saber en cada resquicio de su reino  que estuvieran preparados porque su guerrera estaba a punto de llegar

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