Al cabo de varios meses Juliana había logrado ahorrar el suficiente dinero como para finalmente emprender su viaje al DF. No sabía muy bien porqué había elegido irse allí, después de todo ella ciudadana estadounidense porque había nacido allí y podía elegir cualquier ciudad de ese vasto país. Pero no, tampoco tenía lazos con esa nueva ciudad, más allá de las historias que le había contado su madre de cuando vivía ahí.
Lupita había emigrado a los Estados Unidos cuando era aún una niña, pero sus mejores años de adolescencia fueron en el DF, como siempre solía recordar. Si bien vivía en una casa muy pobre, en un barrio muy humilde en las afueras de la ciudad tenía muchos amigos y, por lo visto, muchas salidas y anécdotas felices. Lupita era una mujer extremadamente hermosa, no era casualidad que Juliana fuera tan bella pues había heredado lo mejor de su madre.
Cuando cumplió 15 años Lupita se fue de su casa empujada por la necesidad de salir de la miseria y un padre violento y alcohólico. Y nunca más volvió, ni supo nada de su familia. Juliana se sorprendió al darse cuenta que no sabía ni siquiera los nombres completos de sus abuelos o si tenía tíos o tías, los cuales probablemente tendría. Su madre nunca hablaba de ellos y por lo poco que sabía fue una época muy dura y dolorosa para Lupita, por lo que a Juliana ni se le cruzaba por la cabeza intentar siquiera averiguar el más mínimo detalle de ellos.
En su último día de trabajo en el restaurante no pudo evitar dejar escapar varias lágrimas. Sin duda su vida no volvería a ser la misma después de esa experiencia. Había conocido gente buena y generosa, quienes la aceptaron sin hacer demasiadas preguntas y se preocuparon por ella como si fuera de la familia. Pero era momento de partir, ella tenía un plan trazado en su cabeza y lo iba a ejecutar al más mínimo detalle. Mudarse al DF y nunca más volver.
A pocos días de llegar a esa inmensa ciudad, pues Juliana jamás pensó que fuera una ciudad de esa envergadura, la suerte volvió a rozarla. Consiguió un trabajo en una fonda manejada por la mujer más dulce que ella había conocido en su vida, Doña Perlita. Era una señora de unos 60 años, delgada y pequeña, con su pelo casi blanco y unos grandes lentes que nunca se quitaba. Tenía la mirada más tierna del planeta y no dudó en contratarla apenas Juliana puso un pie en su local. Pues sólo queda un puesto de camarera, pero no tengo dudas que con tu experiencia podrás aprender el trabajo rapidísimo le dijo la señora.
Juliana no dudó en aceptar la propuesta, la cual incluía un catre en el fondo del lugar lo que sin duda hacía todo más atractivo. La apenaba un poco estar fuera de la cocina, pues se había dado cuenta de que ese era el único lugar donde se sentía contenta y a salvo, donde podía ser ella misma sin miedo a que nadie ni nada la juzgue o lastime. Sólo el filo de algún cuchillo o la temperatura de alguna olla, nada grave en comparación con lo que había sufrido.
Con el correr de los días Juliana no sólo había aprendido el oficio de camarera, también se había convertido en la mejor camarera de la fonda. Doña Perlita estaba más que felíz con ella y como muestra de agradecimiento la dejó sumergirse en ese mundo maravilloso de la cocina una noche calurosa en la que no había mucho movimiento. Juliana siempre insistía en cocinarle a todo el personal, pero Doña Perlita tenía dudas de que alguien tan joven pudiese manejarse en una cocina tan grande.
Y el resultado de ese “premio” sorprendió a todos los comensales. Juliana había hecho algo cercano a lo que podría describirse como magia con los mismos ingredientes con los que todas las noches se servían los mismo platos. Nunca había probado unos tacos así de deliciosos… niña no sé qué les has puesto pero… no puedo dejar de comer! Fue el menor de los halagos que recibió esa noche. Y de Panchito, el mismísimo cocinero.
En ese momento Doña Perlita entendió que mantener a esa muchacha alejada de las hornallas y los cuchillos era un total y completo desperdicio. No sólo para su negocio, sino para el alma de Juliana y para el paladar de toda y cuanta persona decidiera entrar por esa puerta. Así fue como de inmediato le ofreció un puesto definitivo en la cocina y poco a poco la fonda fue creciendo, ganándose, a base de creatividad y sabor, la fidelidad de todos sus clientes y el respeto de otros cocineros que al oír sobre el lugar asistían desconcertados. Nadie podía creer que una muchacha tan joven tuviera tanto talento, especialmente porque Juliana nunca había asistido a ninguno de esos institutos culinarios por los que tantas personas pagan tanto dinero.
No tenía una educación formal en la cocina, ni siquiera había terminado el secundario. Y sin embargo, al cabo de un año en esa cocina no sólo habían tenido que ampliar el lugar para acomodar más mesas y modernizar la cocina, si no que estaban pensando en expandirse al local de al lado. Algunos de los mejores cocineros de la ciudad eran ahora clientes regulares y absolutos admiradores de lo que esa niña podía hacer. El talento nato no es difícil de reconocer y no tardaron en lloverle propuestas de trabajo en las mejores cocinas de la ciudad.
Pues gracias, pero de verdad no puedo dejar a Doña Perlita repetía una y otra vez, como un mantra. A pesar de tener el suficiente dinero como para vivir tranquila en un lindo apartamento, incluso en una mejor parte de la ciudad, Juliana seguía optando por el catre en la parte de atrás del restaurante. Doña Perlita no entendía qué le sucedía a esa niña. Por un lado estaba agradecida con Juliana por demostrarle que era la persona más leal de todo el DF, pero por otro lado el afecto y el cariño que le había tomado a la muchacha de ojos color chocolate hacían que se sintiera culpable de ser la causa por la que Juliana no se iba buscando mejores horizontes. No podía evitar sentir que su fonda se había convertido en una trampa para Juliana y que retenerla allí era muy cruel y egoísta de su parte. No se preocupe Doña Perlita, aún soy muy joven y tengo muchos años por delante para seguir aprendiendo y eventualmente cambiaré de trabajo... la morocha siempre le repetía como salida rápida cada vez que la mujer intentaba abordar el tema.
Hasta que un día esa frase ya no le resultó. Era un jueves y Enrique Olivera entró por la puerta de la fonda, como lo hacía todos los jueves, y se dirigió a la cocina a saludar a esa niña a la cual él consideraba la mejor promesa culinaria de los últimos 10 años. Pero esta vez fue diferente, Doña Perlita lo acompañaba y entre ambos lograron arrancar a Juliana de la cocina el tiempo suficiente como para sentarla con ellos a la mesa. Le explicaron cómo iban a ser los próximos 4 años de su vida, la experiencia que iba a ganar trabajando en su cocina, la beca que él y otros cocineros le habían conseguido para estudiar en el instituto de cocina más prestigioso del DF, obviamente debía terminar el secundario primero, y que el lunes a primera hora debía presentarse en su restaurante.
Juliana no podía reaccionar, lágrimas tanto de emoción como de tristeza rodaban por sus mejillas. Emoción por no poder creer que algo tan grande y tan bonito podia sucederle a ella, y de tristeza por todo lo que sentía que dejaba atrás. Hacían ya casi dos años desde que había entrado en la vida de Doña Perlita y su fonda y, si bien ella seguía siendo la misma persona reservada y silenciosa de siempre, todos ellos eran lo más cercano a una familia que tenía. Dejarlos se sentía como una traición, pero finalmente entendió que la misma Doña Perlita no podía seguir aceptando que un talento de ese calibre se continúe desperdiciando allí. Nos veremos todas las semanas Juli, tu sabes que puedes venir aquí cuantas veces quieras… esta es tu casa niña, pero es hora de que florezcas en esa mujer hermosa y talentosa en la que te estás convirtiendo le aseguró Doña Perlita con todo el amor que cabía en su corazón en su último día de trabajo allí.
Seis meses habían pasado desde ese día. Seis ajetreados meses en los que no sólo tuvo que adaptarse a una nueva cocina, sino que también a un nuevo barrio y todo a la vez que terminaba de cursar el secundario en un instituto para adultos intensivo. Para cualquier persona la mitad de todos esos cambios sería mucho para procesar, pero no para Juliana. Parte del beneficio de estar emocionalmente anestesiada era el de poder compartimentalizar absolutamente todo a su alrededor y poder sacar energías de donde ya no había. Dormir está sobrevalorado siempre se decía, pero la realidad era que desde que su madre había muerto que no dormía una noche entera.
Y así fue como se encontró caminando por el parque cercano al instituto culinario, el cual no estaba muy lejos de su lugar de trabajo. A decir verdad los nervios le habían ganado la pulseada, el sentir que ahora era real, que la competencia que tenía era igual o más talentosa que ella, que su sueño podía terminarse de un segundo a otro con solo cometer un minúsculo error o desaprobar un examen. Todas esas eran cosas que no le sucedían en la fonda de Doña Perlita, pero también entendió que si Enrique la había elegido era por algo más que la ponía al mismo nivel del resto de sus compañeros, o aún mejor, que la distinguía del resto de sus compañeros.
Era hora de crecer, era hora de comenzar a florecer.
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Yellow
FanfictionHola!! Esta es una historia pensada para usar los personajes de Amar a Muerte pero en un contexto completamente diferente, algo así como una versión mezclada y adaptada de Amar a Muerte y la película ¿Conoces a Joe Black? Espero que les guste! Si bi...
