No mucho después la pareja llegó a su destino. Bajaron del automóvil y ella sacó sus pertenencias que había llevado para pasar el día juntos.
El rubio mira a su alrededor y no tenía idea de dónde estaban. Simplemente veía una inmensidad de árboles.
— ¿Qué hacemos aquí? — curiosea hacia su novia que camina delante de él — ¿No me trajiste para matarme o si? — bromea ante el panorama escondido.
La azabache gira a verlo. — No, — responde tranquila — eso pude haberlo hecho desde antes. — le sigue el juego — Aunque sería un perfecto lugar para ocultar tu cadáver. — dice pensativa.
Billy suelta una risilla; y ambos continúan caminando por el sendero. Hasta que ella finalmente detiene sus pasos. Observando también la vista frente suyo. Un lago.
La muchacha se voltea a verlo. — Pensé que estar frente al mar sería buena idea, — explica. Desde que vio el mar en las películas, creyó que sería un lugar especial para pasar el rato junto a alguien. — pero obviamente no podemos ir al océano. — suelta un suspiro. La ubicación del pueblo y el estado, impedían hacer esa visita. — Así que esta era la única opción. — señala hacia el lago. Era lo más cercano a tener algo de agua natural y hermoso paisaje adornando el escenario.
Tal vez no se podrían meter a nadar ya que aún estaban en invierno y hacía difícil realizar aquello. Pero al menos podrían estar observando algo distinto y hermoso. O eso creía ella.
— ¿Te gusta? — pregunta tímida hacia su pareja.
Quien la mira atento, analítico. Y eso causa algo de tensión, pues la joven está a la espera de su respuesta. ¿Realmente le habrá gustado su idea o le pareció una tontería?
La verdad, es que sí le gustó.
El rubio apreció sinceramente el gesto de ella, al tener en cuenta que él extrañaba California. Y lo había traído al lugar más cercano que le recordara su ciudad natal.
Fëanor Ivers podía llegar a ser increíble en muchas maneras.
— Sí, — asintió — esto está bien. — murmura dando una mirada rápida al paisaje.
Ivers sonrió complacida y se acercó a darle un pequeño beso en los labios. El cual aceptó gustoso el gesto al inclinarse hacia la chica.
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Al separarse, ella volvió a hablar. — Dime, ¿quieres nadar? — propuso con diversión.
— Solo bromeo. — argumenta con una sonrisa. — Vamos a sentarnos. — indica buscando el mejor lugar para pasar el rato.
Ivers saca una pequeña manta de la mochila y se la da al muchacho para que la extienda en el suelo. Ambos se sientan y ella saca las demás cosas que traía consigo.