Hargrove como polilla a la luz no se detiene en dejar de caminar tras la pelinegra.
No muy lejos logra avistarla.
Camina con un balde en mano y lleva puesto un guante en la otra, con la que va arrojando trozos de carne cada ciertos pasos.
Inesperadamente uno de sus labios se curva para mostrar una sonrisa mientras niega. Ella siempre hace cosas muy impredecibles. Pues nadie, menos una chica andaría por ahí haciendo aquello y menos en andar por el bosque en la noche.
— Tienes una extraña forma de pasar tu sábado. — comenta con las manos en su chaqueta.
Causando que ella gire sorprendida al escuchar su voz.
Billy Hargrove está frente a ella. ¿Por qué ahora?
— ¿Qué haces aquí? — interroga enseguida.
— Yo me pregunto lo mismo. — encogiéndose de hombros. — No podías tener solo una caminata nocturna, ¿cierto? — aludiendo a la vez anterior que la encontró.
— No es bueno que estés aquí. — declara ignorando su comentario.
— ¿Y por qué no? — pregunta caminando hacia ella — ¿Acaso necesitas intimidad para realizar algún ritual satánico o algo así? — bromea.
— No es nada de eso. — niega. 'Es algo más complicado'. Sopesa en su cabeza.
— Entonces, ¿por qué no debo estar aquí? — insistió.
'Porque hay una criatura interdimensional'. Quería decir. Pero no había tiempo de explicar.
— Porque honestamente a primera vista, — prosigue él al no ver respuesta — no es normal que andes haciendo un rastro de carne en medio del bosque. — señalando al suelo.
— No soy normal. — replica, 'nunca lo seré'.
— Lo sé, — coincide. 'Por eso estoy enloqueciendo'. — pero esto excede tu rareza. — destaca obviando sus pensamientos.
Había visto muchas de sus costumbres, y esto era demasiado.
— En realidad esto no es nada... — murmura. 'Aún se puede superar'.
El californiano no comprende a lo que se refiere. Así que ella vuelve a hablar. No puede estar ahí. Está en peligro.
— En serio, no debes estar aquí. — reitera su punto.
— Bueno, es una lástima. — declina su objeción haciendo un gesto.
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Avanza un paso para continuar. — Me quedaré. — indica mirándola fijamente.
El rizado no se iría, era muy terco. No tenía opción más que dejar que la siga.