Procuraron no pisar los malolientes excrementos de animales y restos de basura en descomposición a la hora de atravesar la inmunda callejuela. Se situaron sin más dilación frente al umbrío hombre, sentado sobre la escalerilla de la puerta trasera de un restaurante de poca monta. Llevaba un sombrero cubriendo su larga cabellera azabache para esconder del mundo su enigmático rostro, y unos ropajes oscuros la mar de desgastados. Además, lucía una barba negra con alguna que otra cana. Sus ojos, de un azul tan brillante como el zafiro, parecían vacíos tras haber sido testigos de tanto sufrimiento. No cabía duda de que aquel hombre había quedado marcado por un pasado convulso.
—Hola, Azmor. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos —Dagro, la mirada baja, lo saludó.
—Hola de nuevo, Dagro. Un gusto volver a verte —por primera vez, levantó la cabeza—. Espero que te vaya bien, o al menos mejor que a mí —la voz del desanimado Azmor era bastante ronca—. Menudo catarro llevo encima, y mira que hace calor. Esto es lo que pasa cuando solo comes bazofia. Ay, ojalá pudiera llevar una dieta en condiciones.
Dagro se rascó la parte trasera de la cabeza.
—Bueno, las cosas no van precisamente como deberían ir, tú ya me entiendes, pero hay un rayo de esperanza —Dagro hizo una pausa—. ¿Recuerdas a Aia? Cielos, ¿para qué pregunto? Está claro que la respuesta es sí. ¿Te acuerdas cuando nos contaron que dejó a un misterioso chiquillo en un pueblo en medio de ese paraje árido de ahí fuera? Pues este es, Kayt —lo señaló, a pesar de que lo tenía al lado—. Lo he encontrado, y sabe usar los poderes mentales. Ahora le estoy entrenando y ayudando en su nuevo camino. Te hemos estado buscando para que nos ayudes. Queremos hacer que Menta renazca. Mas no solo eso, pues también queremos localizar a Aia —Dagro no se detenía al hablar—. Sí, sé que no parece factible, pero es de vital importancia para el destino de todos. Nuestro futuro depende del esquivo Aia Tromphe. Como en los viejos tiempos.
El hombre llamado Azmor puso los ojos en blanco. El simple acto de escuchar al incansable Dagro lo agotaba. No lo recordaba tan parlanchín, sino todo lo contrario.
—Más despacio, tío —suspiró—. Demasiada información de golpe. A ver, me parece bien que entrenes al chaval y tal, pero... ¿volver a fundar Menta? ¿Estás loco? Como os pillen os va a caer una grande, os lo advierto. Ah, y otra cosa: es imposible que localicéis a Aia, y hablo en serio. Siento decíroslo así, pero lo más probable es que esté muerto. Le habrán pegado un tiro y tirado su cuerpo a una cuneta. Tal como están los tiempos, es lo más probable.
Aquellas palabras consiguieron hundir aún más los ánimos de Kayt en lo hondo de su alma. Con tal sarta de desesperanzadoras declaraciones, pensó que no había un destino lumínico en aquel nuevo mundo que había comenzado a abrirse ante él. Mas Dagro lo miró a los ojos, y, al observar su pesadumbre, decidió dejarle claro a su antiguo compañero que no todo estaba perdido. O así lo creía él, al menos.
—Azmor, amigo mío —Dagro bajó la mirada hacia el suelo, otorgándole dramatismo a sus palabras—. Puede que pienses que estamos perdidos y destinados a pudrirnos en los barrios bajos de las nuevas megaciudades mortecinas, y lo entiendo, pues no hay más que fijarse en ti. Maldición, mírate. Estás hecho un asco. Pero si me he dado cuenta de algo durante esta última década es que no podemos rendirnos tan fácilmente. La rendición significa perderlo todo, y eso no le habría gustado nada a nuestro antiguo líder, que en paz descanse. Éramos parte de Menta, o mejor dicho: somos miembros de la nueva Menta. Y, como tales, no podemos perder. Somos fuertes, diablos. Somos Menta —se llevó una mano al corazón de forma emotiva.
Al escuchar sus palabras cargadas de motivación, Azmor suspiró y cerró sus puños lentamente. Pareció meditar algo, deteniéndose solo al levantar la cabeza para dedicarle a Dagro una medio sonrisa. Su demacrado rostro se mostró completo, invadido por aquella barba enmarañada. Había vivido mejores tiempos, eso saltaba a la vista.
—Tus palabras me han convencido, Dagro —dijo Azmor tras algún que otro carraspeo—. He recordado aquellos días en los que éramos útiles para Menta. Esos sí que eran buenos tiempos, ya te digo. En fin, pero esto es el presente, ¡y no podemos permitir que nos vezcan! —exclamó. Parecía incluso milagroso el rotundo cambio de un instante para otro. ¿Habían intervenido acaso las ondas?
Mientras se colocaba en pie, Azmor quebró las escaleras sobre las que había estado sentado usando el poder de la mente. Demostró así su gran habilidad, que no había menguado con el paso del tiempo. La mente, al contrario que el físico, era inmutable.
—Así me gusta, viejo amigo. Ahora perteneces a la nueva Menta —Dagro le colocó una mano en el hombro—. Somos tres, nada mal. Si tan solo fuésemos algunos más, podríamos formar una resistencia decente. ¿A que no estaría mal?
—¡Bienvenido! —exclamó Kayt rápidamente, rompiendo así su prolongado silencio.
Azmor le guiñó uno de sus ojos celestes, estudiándolo al mismo tiempo de forma un tanto inquietante.
De repente, un hombre en camiseta de tirantes con una enorme barriga cervecera y un morro parecido al de un puerco abrió la puerta trasera del local con un cubo maloliente en la mano.
—Aquí tienes tu comida, pavo —pronunció el repugnante señor, esparciendo una ingente cantidad de restos de comida sobre una mesa de acero oxidada—. Un segundo, ¿qué mierda le has hecho a mi escalón? ¡Te lo has cargado, tío! ¡Era mi escalón!
—Ya no volveré a comer vuestras sucias sobras, Stink. A partir de ahora, seré un hombre nuevo —le dijo Azmor, apuntuando con energía hacia arriba—. Un hombre con dignidad, como lo fui antaño.
—Tú te lo pierdes... —rezongó el hombre, y cerró finalmente la puerta. No le dio muchas más vueltas al asunto del escalón.
—¿De verdad comías esta bazofia? —Kayt inspeccionó los restos. Le entraban náuseas de solo mirarla.
—Así es, por desgracia. No me enorgullece admitirlo, que conste. En tiempos como estos es lo mejor que podía encontrar, pero eso se ha acabado ¡Pronto, cenaremos la ambrosía de los dioses! —Azmor soltó una risotada.
Dagro no pudo evitar sonreír de forma satisfactoria.
—Por fin vuelves a ser el de antes, qué alivio, ¡ja, ja! Ahora vayámonos, que vaya si tenemos trabajo por delante —aseguró—. Abandonar la miseria será el primer paso. Nuestra nueva Menta no se formará ella sola.
Acto seguido, dio media vuelta para salir de una vez por todas del repugnante callejón.
La nueva Menta, compuesta únicamente por los tres dispares poseedores del poder de la mente, cada uno más peculiar que el anterior, atravesó las calles de los barrios más miserables de Necrópolis sin aparente rumbo. De un momento a otro, el nuevo integrante detuvo a los otros dos nada más observar un lugar que solía observar, pero al que jamás había osado entrar. Sus sospechas le decían que ocultaba algo.
—Mirad, este local siempre me ha llamado la atención. Es un lugar tenebroso. Entran muchos tipos raros por la puerta, y hay siempre dos imponentes guardias protegiendo la entrada —Azmor maquinaba algo—. Me corroe la intriga por dentro. ¿A vosotros no?
—Podemos entrar si quieres. No tenemos nada que perder, ¿no? —sugirió Dagro.
—Tampoco nada que ganar —aclaró el hombre del sombrero—. Resolución de dudas, nada más. Aunque eso me basta.
—¿Y cómo vamos a entrar? —preguntó un intrigado Kayt—. Dudo mucho que esos dos guardias nos lo permitan.
Dagro liberó una carcajada gutural.
—¡Ja! Cómo se nota que aún no has visto en acción a nuestro Azmor —Dagro se cruzó de brazos y ladeó la cabeza hacia él—. Vamos, amigo mío, demuéstrale a este joven iniciado que no te hemos fichado en balde.
En ese mismo instante, Azmor se posicionó sin dudarlo frente a los dos guardias con una confiada mueca. Se los quedó mirando fijamente hasta que uno de ellos le preguntó:
—¿Eh? ¿Qué quieres, vagabundo?
Al darse cuenta de que le prestaban total atención, Azmor abrió los ojos tanto como pude. Un hilillo de voz escapó de sus labios.
—Solo quiero que me permitáis entrar a mí y a mis dos amigos. Gracias de antemano.
Al escuchar su sosegada forma de hablar, los impasibles guardias asintieron y se apartaron para que Azmor pudiera atravesar la puerta.
—¡Impresionante! —el integrante más joven de la nueva Menta se acercó al hombre del sombrero—. ¿Cómo lo has hecho? —el asombro latía en su voz.
—Esta es mi especialidad. Puedo controlar a las personas como si fueran meras marionetas, todo gracias al poder de la mente —Azmor les abrió a sus dos compañeros las puertas—. Tener control absoluto sobre el pensamiento de cualquiera sienta de escándalo.
Finalmente, los tres pudieron contemplar qué se ocultaba allí dentro. Se trataba de una especie de bar de copas sombrío y misterioso, decorado con luces parpadeantes de un tenue bermellón. Tenía aspecto de ser ilegal, además de que seguramente se traficase con sustancias prohibidas. De todas formas, el Gobierno siempre miraba hacia otro lado ante tales asuntos, pues los negocios oscuros solo lo enriquecían aún más.
Otro detalle que caracterizaba al local era la gran cantidad de bailarinas exóticas, que desde unos pedestales ejecutaban sensuales danzas alrededor de unas finas barras metálicas, siempre al son de una enigmática música, para el deleite de perturbados y dementes.
Los tres avanzaron por el lugar con ciertas dudas sobre qué hacer para pasar desapercibidos. En nada se parecían al cliente medio, mucho menos Kayt. Aquel era territorio de traficantes y magnates, un reino de oscuridad y criminalidad donde quizá no deberían haber entrado.
Todo cambió cuando Kayt se separó del grupo para acercarse a una de las bailarinas, que, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, le había llamado la atención. Era una delgada chica de cabello esmeralda (evidentemente teñido) que parecía tener su misma edad. Sus prendas rosadas dejaban al descubierto amplias fracciones de su tersa piel, sin llegar a mostrar nada obsceno. El estupor del chico se vio en aumento, a la par que su inquietud. No entendía qué hacía alguien tan joven en un local de delincuencia y bebercio. Pero lo que más llamó la atención del zagal fue su profunda mirada de ojos pardos, penetrantes por el dolor ardiente que rezumaban. No se encontraba allí por gusto, el pesar de su corazón lo anunciaba a gritos. En aquel instante paralizado en el tiempo, Kayt comprendió que tenía que hacer algo por ella. Aunque no la conociera de nada, aunque su vida fuese ajena a ella, debía ayudarla a salir de allí.
Y, cuanto antes, mejor.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AdventureUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...