Cuando dejaron atrás la gran ciudad amurallada de Arderia, Kayt, Soka y Aia no tardaron mucho en llegar a una posada. Estaba anocheciendo, y probablemente aquel fuera el único lugar de reposo que encontrarían en hectáreas a la redonda. Por eso mismo decidieron pasar allí la noche para despertar repletos de energía al día siguiente. El aprendiz y el maestro se incorporaron vigorosos de la cama tras nueve largas horas de sueño, y Soka fue tras ellos con el ímpetu habitual, aquel que caracterizaba a los seres tulpa de protección.
Tomando rumbo hacia el este, la percepción de los poseedores captó la bajada de las temperaturas. Los ojos descubrieron que los territorios perdían su aridez, aunque eso no provocó que dejara de dominarlo todo un calor abrasador. Sin embargo, estaban preparados para todo eso y más. No volverían a caer, como en el Gran Desierto ocurrió.
Eran conscientes de que al trayecto le quedaba cada vez menos terreno. Así pues, afrontaron con creciente emoción la abrupta senda. Las jornadas de camino ampliaron su duración, lo que no implicó mayor dureza. Aprovecharon para observar el arte de la naturaleza, fijándose detalladamente en todo lo que el paisaje desértico presentaba ante sus ojos. Era mejor gozar de cada factor al máximo, pues sabían que tal vez no volverían jamás a pisar Bistario.
Pasados un par de kilómetros de senderos de arena, encontraron frente a ellos una estatua de unos tres metros de altura. Parecía de gran antigüedad, de al menos cinco siglos, y el mármol que la conformaba había sido presa del desgaste que la bruta arena. Parecía representar a un detallado espadachín con estoque en mano, aunque carente de cabeza. Las estatuas de su estilo tendían a acabar perdiéndola. Kayt lo veía incluso como algo sutilmente irónico.
El joven, ocasional amante del arte, contempló con ojos bien abiertos la obra. Le resultó una pieza decente, admirable incluso, especialmente por el hecho de que portara un arma noble. Se sentía identificado.
Entonces, Kayt colocó la palma de la mano sobre el pomo de su espada, envainada para aquellos momentos, y sonrió como a modo de póstumo homenaje.
—Fíjate en la ropa —el detallista Aia señaló hacia el torso de la estatua—. Aunque no lo parezca fue esculpida en mármol canterano, las ondulaciones parecen decir lo contrario. No tiene comparación al arte concordyano, pero es maravillosa a su distinta manera.
—Es impresionante —Kayt no le quitaba ojo a la obra. Al parecer, Soka tampoco—. ¿Y qué se supone que hace algo como esto en medio del desierto?
—No lo sé, pero debería estar en un museo. De hecho, creo que le correspondería al que vimos en Arderia. Es el más importante de la región. Pero bueno, si está aquí debe ser por una razón. No le demos más vueltas. Después de todo, ¿qué bandido se atrevería a cargar por el desierto con cuatrocientos kilos de mármol? —Aia llevaba razón: era mejor no tratar de indagar vanamente en algo que ni siquiera era de su incumbencia.
—Sigamos pues —Kayt dio unos pasos hacia delante, dejando atrás la estatua—. Vamos, Soka. Tenemos un largo camino por delante.
Grácil cual presencia feérica y rápida cual relámpago, la tulpa se colocó tras él para seguir su ritmo. Sin más, Aia se acercó al joven en pos de proseguir. Aunque le gustaba ir al grano, el maestro aceptaba gentilmente las distracciones de observación.
Tras un corto periodo de tiempo, un Kayt inmerso en sus pensativas fluctuaciones recordó la conversación mantenida con Wariae. Una satisfacción amarga lo embargó, ¿era eso posible? Pero su memoria vino por algo, una cosa a destacar. La bandida le había informado sobre la existencia de un antiguo templo mental situado al noreste de la gran ciudad de Arderia, y, aunque ya se hubieran alejado bastante de sus murallas, aún estaban a tiempo de dar con uno, fuese o no ese mismo. Por ello, Kayt encaminó hacia el norte tras convencer a un Aia que ninguna pega puso. Sin mapas, sin senderos, solo con el azar y la intuición de su lado. El poder de la mente los guiaría.
—¿Sabes algo de los templos? —preguntó Kayt a su maestro con gran interés.
—No mucho, la verdad. Tan solo sé lo que le he leído, y tampoco ha sido demasiado que digamos —Aia fue del todo sincero—. Pero sí sé que fueron construidos en Bistario hace cientos de años para el desarollo de la mente y la meditación. En aquellos tiempos se sabía más bien poco sobre nuestras capacidades, y, sin embargo, aquellos adelantados a su tiempo ya dieron con la tuerca que despertó el don mental. ¿A que es sorprendente? —Aia, apasionado de los orígenes de los suyos, sonrió con ilusión—. Se sabe que incluso apredieron a desarrollar las habilidades ocultas. Aunque se puede decir que sufrieron algunos deslices.
—Es la mar de curioso —corroboró Kayt. Si descubrieron las habilidades, ¿habrían llegado a interactuar con la creación tulpa?, se preguntó—. Espero que demos con muchas cosas de interés en el templo. Oí en la ciudad que se trata de uno de los mejor conservados de la zona, no intacto pero en condiciones para tener siglos, tal vez milenios.
—Mejor para nosotros —Aia esbozó una sonrisa sin tapujos. Se sentía como un niño la noche previa a una excursión—. Incluso, si tenemos suerte, puede que encontremos algún arcano artilugio mental, ¿no sería genial?
—Sí, lo sería —Kayt cambió su expresión divertida a una reflexiva—. Pero no creo algo así se halle desperdigado por un templo. Si es que perduran, deben encontrarse acumulando polvo en algún museo lejos de las manos que mejor las valorarían.
—O tal vez no. Esos mundanos historiadores solo ven la superficie. Nosotros vemos más allá, Kayt, y podemos ver la utilidad donde ellos localizan banalidad. Recuérdalo —Aia dio una especie de golpe al aire, cercenando una corriente y, con ello, las palabras—. En fin, dejemos de suponer y esperemos a que el destino aclare. Será lo mejor, como siempre.
—Sí. El destino es sabio, ya me lo has demostrado —siguió Kayt, y se quedó callado.
Y, por sorpresa, la fortuna les hizo un regalo que no olvidarían. Habiendo tomado un débil sendero norteño en la arena, no tuvieron que avanzar demasiado para dar con el que supuestamente era el templo. La amplitud de la escructura y la antigüedad de sus paredes agrietadas lo deletaban. Era precisamente el mismo que habían estado buscando, Kayt lo sabía. Wariae, pérfida bandida, tenía un corazón honesto.
Cuando Kayt se colocó frente al templo, una impresión trémula se extendió por todo su sistema nervioso. La milenaria construcción era imponente, y hacía insignificante a cualquier hombre. Con una gran altura acrecentada por agujas laterales y decorativos salientes elaborados a saber cómo por expertos arquitectos, además de un gran portón doble junto a ventanales de varios metros, el templo resultaba un lugar místico a la par que tenebroso. La roca que lo conformaba tenía un color semejante al de la arena, irritado en algunas secciones hasta tornarse de un gris sobrio.
Sin pensárselo dos veces, los poseedores se dirigieron a la velocidad de la impaciencia hacia el edificio, Soka tras ellos a base de saltitos. Colocados frente a las anchas puertas, decoradas con glifos, runas y tallados que mostraban guerreros combatiendo a criaturas serpenteantes, se sintieron como insectos frente al inefable paso del tiempo. Como motas de polvo al viento, como los mortales de paso que no dejaban de ser.
—Son enormes —Kayt, anonadado, colocó la mano sobre la estructura. La irregular rugosidad le resultó fascinante.
—Y antiguas, no te olvides. Espero que podamos abrirlas sin causarles daño —Aia ya indagaba en ello. Posiblemente selladas desde cientos de años atrás, sería posible que ni el poder de la mente las hiciese ceder.
—Son muchos los que entran aquí, por lo que no deben estar forzadas —avisó Kayt.
Aia enarcó una ceja.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo escuché en la Guardia Ardiente —mintió, sus ojos desviados.
Si Aia no sospechó fue porque la ilusión cegaba su intuición. Se redujo a lanzar una decidida mirada a su aprendiz, que entendió perfectamente lo que pretendía. Acto seguido, ambos colocaron una de sus manos sobre cada puerta. Kayt se encargó de la izquierda; Aia, de la derecha. Coordinados por su conexión, empujaron ondas de impulso contra la vieja estructura de piedra. Las puertas se abrieron poco a poco, sin esfuerzo, liberando polvo de sus rendijas. Enseguida les mostró una gran sala ensombrecida, mas con un círculo azul trazado en el suelo entre algunos pedazos en blanco que iluminaba solo con su tonalidad. La pintura parecía haber aguantado con pasión el destructivo paso del tiempo.
Kayt fue el primero en entrar al interior de la construcción, luciendo en el rostro una expresión de asombro. Soka fue tras él brincando, y Aia no tardó en adentrarse igualmente. No fue sorpresa que el maestro quedara tan ojiplático como su joven compañero.
—Por Menta, ¿cuántos años debe tener este templo? —el anonadado Kayt hizo flotar con las ondas el polvo acumulado sobre el amplio trazado del suelo. No era precisamente escasa la cantidad que manipuló.
—No lo sé, pero un poder ancestral emana de su estructura —Aia no paraba de rilar, tanto por entusiasmo como por sospecha—. No sabría cómo explicarlo, es una sensación... única.
Kayt tomó la delantera al dar unos estrepitosos pasos sobre el suelo agrietado. Cada detalle era nuevo para él.
—Sí, no eres el único que la percibe —afirmó.
Al tornar hacia arriba la cabeza, Kayt observó una bóveda decorada con dibujos variados. Unas tres cúpulas poseían roturas en el vidrio coloreado por las que los rayos solares entraban iluminando levemente la estancia. En las artísticas representaciones podían apreciarse personas en plena meditación, todas ellas con las rodillas flexionadas y los brazos extendidos. Algunas incluso exponían sobre sus testas místicos seres de aspecto astral, semejantes a lo que Kayt había visto crear a Lauren. Eran tantos los individuos que parecían mirarlo que los vellos se alzaron como escarpias.
Al bajar la cabeza, Kayt decidió dar una vuelta por la amplia habitación junto a su fiel Soka. Mientras tanto, Aia se mantuvo quieto bajo el punto central de la cúpula mayor, recibiendo los rayos del sol en pleno rostro mientras indagaba en la identidad de aquellas ondas que fluían como vetas de un recuerdo ancestral esculpido en el aire.
Por su lado, el joven guerrero pasó por alto una de las oscuras e intrincadas paredes laterales. Tanto la ensombrecían los pilares laterales que era en vano intentar apreciarla. No conocía ninguna técnica iluminadora que le permitiese visualizar con claridad lo que figuraba sobre la estructura. Sin embargo, la mente siempre lo había guiado alumbrando su camino como si de un ojo de más se tratase. Podía contar con ella sin necesidad de profundizar.
Justo entonces, Kayt cerró ambos ojos de golpe. Así pues, su mente se abrió. Una luz nació en su interior. Una extraña proyección emanó de sí, y, de repente, pudo visualizar a la perfección la pared sin engañosas sombras de por medio. Sabía que no tenía relación con la habilidad de la que Artur era poseedor, pero era en cierta medida algo parecido. Si ya era complicado de presenciar, aún más de explicar.
Cuando hubo conseguido la total visión de la pared, Kayt comenzó a examinarla sin emplear el medio ocular. Existía un vacío a su alrededor, un silencio supremo, sin interrupciones. No había allí nada más que su presencia y la pared, esa misma que callaba toda la experiencia de una vida milenaria. Lo tenía todo para sí.
Trazada la pared, Kayt contempló una figura estremecedora. El mismo dibujo sobre la roca daba impresión de luminescencia, con una cantidad de detalles poco propias de una civilización arcaica. Contaba con seis largos brazos de manos carmesíes, y, carente de piernas, se limitaba a levitar. Cada una de sus seis manos formaba una un gesto diferente, posiblemente significativo. Destacaba su par de brazos principal, en el que el derecho, en posición de noventa grados frente al pecho, alzaba su mano con índice y medio alzados, ligeramente encorvados. El otro brazo, en cambio, estaba tumbado, la palma de la mano abierta bajo el torso. Pero lo que más destacaba de aquel ser de luz era su cabeza, compuesta por un peculiar tronco de madera bifurcado sobre el cuello del que brotaba una gaseosa sustancia color rubí.
Cabía destacar que la entidad de divino aspecto presentaba un par de mamas amplias, aunque carentes de pezones. A pesar de eso no parecía femenino, tampoco masculino. Con un vacío más allá de su abdomen sin ombligo, no existían genitales determinados.
Alrededor del ente, infinidad de personas enfundadas con túnicas rubíes, semejantes a antiguos monjes, se habían arrodillado mirando al suelo. Sus brazos yacentes se extendían hacia él, ella o lo que diantres fuera. Hacia el fondo podían apreciarse malamente detallados enormes templos, mayores incluso que aquel en el que se encontraban. Todos ellos destellaban con colores vivos, rebosantes de recargada decoración arquitectónica. Giró la cabeza en busca de más contenido que analizar, pero vio que todo lo demás era gris, débil, sin interés. Entonces, Kayt abrió los ojos de nuevo y desconectó de aquel mundo astral de visión más allá de lo posible. Suspiró. Se sentía mucho más a gusto volviendo a ser dueño de su realidad física.
Acto seguido, Kayt colocó la mano sobre la oscura silueta del dibujo de la entidad. Así logró interceptar una presión de ondas de potencia cósmica, capaces de acelerar el intangible corazón de un dios, distintas a cualquier otro conjunto enérgico que hubiera conocido en su vida. La fuerza era descomunal, demasiada para alguien como él. Y para cualquiera, desde luego.
Kayt se sintió obligado a retirar la mano rápidamente, pero su intriga no hizo así más que aumentar. ¿Qué podría ser aquella extraña criatura humanoide? ¿Sería un dios, un extraterrestre o algo que jamás fue vuelto a ver por la humanidad? Frustrado, Kayt gruñó al retirarse con la pregunta sobre los labios. De no ser por Dorann, la intriga sería la mayor de sus rivales. Demasiadas cuestiones circulaban ya por el caos desestructurado nacido en el motor de su cabeza, y necesitaba urgentemente el combustible llamado respuesta.
Con teorías de dudoso rigor circulando por su mente, Kayt continuó recorriendo junto a Soka la gran sala. El sonido de cada firme paso rebotaba por todo el espacio, quebrando el imponente silencio que el tiempo había forjado con paciencia en el templo. No podía así evitar sentirse como su legítimo dueño, aunque estaba lejos de ser digno de poseer algo tan grandilocuente.
Kayt tardó poco tiempo en llegar a la pared horizontal del fondo, una abundante en decoración a la que el sol entregaba plácido todos sus rayos. En ella podían apreciarse gran cantidad de escenas trazadas a mano por los antiguos, representando algunas de las innumerables habilidades mentales existentes. La primera pieza en el que Kayt se fijó mostraba lo que parecía ser un tulpa. Aparecía un hombre, el mismo individuo ambiguo que se repetía en todas las escenas, seguido de una entidad lumínica de cabello largo y uñas afiladas, justo como Soka tras su temporal desaparición. En cambio a la pálida chica que recorría junto a él su camino, aquella criatura no tenía rostro, tampoco ropa. Kayt miró a su tulpa a modo de comparación, y entonces observó que ella no le quitaba ojo al dibujo, como si hubiese encontrado algo familiar en él. Sus ojos ambarinos parecían relucir más de lo normal.
El resto de secciones que componían la superficie de la pared parecían representar la habilidad del tercer ojo, la astralidad básica, entre otras como las ondas ígneas, la alteración de la materia o el desarrollo de los cinco sentidos superficiales. Alrededor de todas ellas, el individuo por defecto se desprendía de todo lo físico para ascender a un plano astral, estado en el que se dejaba todo lo posible atrás para alcanzar un mundo totalmente distinto. Un mundo imposible, por así llamarlo. Lo más curioso era la posición de los translúcidos brazos del hombre, similar a la que expresaba el ser místico con cabeza de tronco. ¿Existiría alguna relación?
Pensándolo bien, Kayt dedujo que nunca había conocido a nadie capaz de conseguir tal logro. Por lo visto, era un número ínfimo el que podía llegar a dominar del todo esa astralidad completa. Sin embargo, cuando se conseguía, absolutamente todo lo conocido por el individuo mutaba. Y entonces, los sentidos dejaban de cobrar sentido.
Kayt soñaba con poder ascender al plano astral algún día si llegaba a convertirse en una Leyenda, como su padre, aunque era consciente de la escasez de posibilidades. Sin embargo, no eran nulas. No perdería la esperanza hasta que lo fueran.
Mientras Kayt estudiaba el trazado azul del suelo, Aia emergió de entre la oscuridad con un extraño artilugio en la mano. Era exactamente lo que estaba deseando encontrar, por lo que se presentó con una sonrisa jovial en la cara. El maestro levantó el objeto que sostenía su mano derecha, y fue entonces cuando Kayt pudo apreciarlo con claridad. Se trataba de un alargado aparato de color oscuro, entre el cobrizo y el negro, no demasiado grande. Pequeñas vetas ambarinas en los extremos delataban que había sido de un reluciente dorado tiempo atrás, pero el desgaste le había arrebatado todo esplendor. En los extremos el objeto era picudo, con forma de cono. Sin embargo era grueso en el medio, con gran cantidad sobre su superficie de teclas, o lo que demonios fuese aquello. Cada una de ellas representaba un símbolo o figura imposible de interpretar para el ser humano común.
—Mira esto, Kayt —Aia le cedió el objeto al joven, que notó lo pesado que era nada más entrar en contacto con él. Demasiado para caber en una mano—. Es un ancestral artilugio mental. Le calculo unos mil años.
Aunque no fuera más grande que una daga debía pesar más de un kilo, probablemente debido al material que lo constituía, un pesado y negruzco metal. Se fijó detenidamente en las incontables teclas distribuidas por su cuerpo, y entonces reveló una interpretación. Vio cada una como una representación de las distintas regiones del cerebro, cada una centrada en un ámbito mental. El chaval conocía las divisiones porque figuraban en el cuaderno de Aia, que las explicaba por encima. Sin embargo, Kayt no lograba entender la utilidad concreta de dicho utensilio. Ni que por pulsarlas fuera a reaccionar su mente instantáneamente.
—¿Para qué sirve? —preguntó Kayt a Aia, inmensa la incógnita.
—Concentra tu energía en su interior y lo verás —contestó el sabio.
Muy decidido, Kayt se dispuso a ello. Reunió todas sus ondas en el metal del interior, acariciando el frío y sintiendo su antigüedad como si palpara cada mano por la que había pasado. Entonces captó un estímulo enérgico desconocido, electrizante pero reconfortante, como si sus depósitos mentales se hubiesen recargado.
Rápidamente escapó de las tinieblas de su interior y volvió en sí. Respiraba más rápido de lo usual y el corazón le latía a mil por hora, pero se sentía más vivo de costumbre.
—Qué extraño —susurró Kayt. Percibía el bombeo de sangre llegar hasta cada centímetro cúbico de su forma física.
—Este artilugio debió haber sido usado por los primeros poseedores que ocuparon este templo —Aia apoyó la mano sobre la mejilla, meditabundo—. Creo que las propiedades del extraño metal que lo conforma potencian la energía de las ondas, aunque no estoy del todo seguro.
—¿Qué metal puede ser?
—Ni idea. No lo había visto en mi vida, ni siquiera en Menta... —gruñó entre dientes, víctima del desconocimiento—. Desde luego no es el típico acero que tan a menudo se emplea.
—Cuando me he adentrado en él, una sensación de energía pura ha calado en mi interior. Ahora me siento... distinto —Kayt fijó su mirada sobre su el dorso de su mano libre, que cerró empuñando ondas invisibles. Las percibía con plena intensidad—. No sé cómo explicarlo, pero de lo que estoy seguro es que esta cosa, sea lo que sea, alberga un poder evolucionado. Ha debido pasar por muchas manos, y no las de cualquiera.
—No te lo negaré —respondió Aia.
—Entonces...
Mas el joven fue interrumpido.
—¿Nos lo quedamos?
Era justamente eso lo que pretendía decir. ¿Qué podía hacer sino asentir firmemente?
—Por supuesto —sonrió Aia—. No sé si es exactamente un acto moral, pero nos puede llegar a ser muy útil.
—Vamos, Aia, está abandonado —Kayt estaba en lo cierto—. En ninguna mano estará mejor que en las nuestras.
Kayt no necesitó más palabras para proceder a hacerlo suyo. Abrió las alforjas a sus espaldas y dejó caer el artilugio entre aquella masa de ropa maloliente y alimentos aplastados que se había conformado en los abismos del bolsillo principal. Comenzaba a pesarle un quintal debido a la acumulación, y el kilo extra que se le vino encima no alivió nada. Y, aun así, Kayt parecía sentir su llamada eléctrica. Más que claro estaba que aquel cacharro era único.
Acto seguido, Aia volvió al lugar del que había extraído el artilugio. Se trataba de una habitación a medio derruir situada al fondo de la amplia estancia, oscura y peligrosa debido a los afilados escombros y a los fosos que se habían generado con fragmentos de vigas de madera podrida en sus fondos. Sin embargo, Aia, hombre sagaz donde los hubiera, no podía ser detenido por ningún pedazo de material de construcción infectado. Atravesó despreocupado al arco que ejercía de puerta en busca de objetos de interés.
Por otro lado, Kayt siguió recorriendo la polvorienta sala principal que se extendía más allá de las sombras superficiales. Había investigado toda la sección izquierda, mas aún tenía por delante la más intrigante y tenebrosa. Una voz susurrante, ambigua, parecía llamarlo desde lo umbrío, así que no dudo en adentrarse.
Al fundirse con las sombras como si se hubiese desvanecido, Kayt decidió emplear la ténica de visión oculta para iluminar mentalmente las paredes. Cerró los ojos y abrió su mente, y, en un instante, no hubo oscuridad que pudiese hacerle frente.
Un dibujo recorriendo la pared con violento trazo, como si quien lo hubiese dibujado se hubiese hallado iracundo, lo dejó atónito. En él se mostraba un segundo humanoide, aunque esta vez distinto. Este ser no emanaba luz, mucho menos parecía una entidad divina. Más bien, infernal. Era sombrío, terrible, desagradable e intimidante. Kayt pensó que podía ser la antítesis del ente de luz visto previamente, pero el pensar un poco le entregó una deducción digna.
Quizá se tratase del Braykn Schont, el Poder Oculto. Lo advirtió porque el ser representado era semejante al amago de Arie que había surgido al intentar volver a darle vida. Sus ojos rojos resplandecían, tenía dientes afilados como dagas y le emergía de la espalda un descarnado brazo en corrupta descomposición, tan negro que parecía conformado por la sombra de una sombra. Malos recuerdos inundaron a Kayt. La sensación escalofriante que le transmitía era la misma que cuando abría el cuadernillo de Aia por las últimas páginas y el mal clamaba su nombre.
En las obras laterales aparecían masas de una energía completamente negra que se ramificaba para dar forma a criaturas espeluznantes. Se apreciaban de igual manera cementerios transitados por temibles seres de toda clase, la muerte caminante en cada aspecto, en cada detalle. Tan solo muerte. El arte de la muerte.
Escapó ansioso del visionado mental, y se alejó poco a poco del trazado. Prefería no tener que saber nada más del Poder Oculto y olvidarse de su existencia para siempre, aunque parecía existir algo atrayente en su verdad. El mal, desde sus inicios, había tratado de cautivar a cada héroe. Resistir a la llamada había sido el cometido de cada uno.
Al final, Kayt volvió a verse bajo aquel dibujo circular como si retornase de un paseo por la playa. Sin embargo, percibió un cambio. No solo los rayos de sol habían dejado de penetrar, sino que además algo golpeteaba su cabeza en una repetitiva cadencia. Cuando se colocó la mano sobre el cuero cabelludo, sintió entre sus dedos granos de arena al escurrirse. Iban en aumento, y eso lo alertó. No tardó nada en alejarse mientras se sacudía el cabello deshaciendo su alta cola, y acto seguido se acercó a los enormes portones en pos de descubrir qué ocurría.
Mientras tanto, Aia empleaba las ondas para volver con la velocidad del rayo a la estancia principal. Repasó sus alrededores con el rostro arrugado, analítico. Consiguió sacar algunas conclusiones, y no resultaron precisamente encantadoras.
—Me temo que esto es... —comentó, pero el crujido de la apertura de las puertas interrumpió sus palabras.
Al emplear su poder para contemplar el exterior, Kayt se llevó una gran decepción. A sus ojos no les dio tiempo a reaccionar, y un violento ciclón de granos de arena embistió su cuerpo cual animal salvaje. Con tal potencia arreciaba que las partes desprotegidas del cuerpo de Kayt enrojecieron, perforadas por los granos letales. Gimió de dolor, pero resistió.
—¡Una tormenta de arena! —gritó entonces Aia. Estaba en lo cierto.
Tuvo que ser Soka quien interviniera para salvar heroicamente a Kayt. La tulpa se colocó frente a él para cubrirlo, sus cabellos blancos de vetas rojas al viento. Su piel, inquebrantable cual portón medieval, salió intacta. Y, después, retiró el remolino arenoso de un solo impulso mental. Acto seguido apartó a Kayt gracias a un delicado empujón, haciéndolo caer al suelo, y cerró ambas puertas causando un estruendo que amilanó cada corazón. El caos cesó, mas eso no implicaba que estuviesen a salvo.
La fiel Soka ayudó a su amo a incorporarse, aunque este se libró de ella para hacerlo por sí solo. Los rasguños de la cruel arena en su rostro y brazos lo habían llevado a sacar una esclarecedora conclusión.
—Me temo que estamos atrapados.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AventuraUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...