Acto CLIX: Llora por la luna

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Privado de sus armas y rodeado de enemigos, Tyruss vio como única opción la huida.
No obstante, Inisthe no se lo permitió. Aceleró hasta colocársele delante, impidiéndoselo. Como no tenía otra opción Tyruss usó sus puños, pero Inisthe contuvo todos sus ataques. De no haber sido porque se trataba de su amigo al fin y al cabo, no habría tenido reparo en decapitarlo con su nueva arma. Todavía no había tenido la oportunidad de batirse en combate con ella, pero solo por emplear la mano izquierda le resultaba incómoda. Necesitaba su prótesis, o un reemplazo a la altura en todo caso.
Tras darle un empujón a Tyruss para que Alissa se encargara de él, Inisthe se apartó con la intención de distraerse. Se miró el muñón, y no hallar nada le supuso una sensación desoladora. Antes de perder la mano de hierro solía sentir de vez en cuando como si todavía pudiera controlar la auténtica, cual suerte de apéndice fantasmal. No tardaba en advertir que, por gran ilusión que le hiciera recuperar la carne, nunca podría conseguirlo. La había perdido para siempre, y siempre podría remplazarla, pero nunca sería lo mismo.
La cólera acumulada por los angustiosos pensamientos lo hizo volverse y hundir una mirada depredadora sobre Porthon. Este, a pesar de la bala incrustrada en la espalda y de haber sido atravesado con una espada, se mantenía en pie con firmeza e incluso luchaba como si acabara de incorporarse. De vez en cuando tosía sangre, pero le era irrelevante.
Luna pugnaba contra él en solitario, por lo que Inisthe decidió brindarle su apoyo. Lo último que podía permitirse era que alguien más perdiera la vida.
De manera inesperada para Porthon, Inisthe impactó contra él. El fornido guardia tuvo suerte y bloqueó a tiempo su ataque con el látigo de titanio, pero pudo haber muerto de no haber prestado atención. Al instante se dio cuenta de que aquel arma no correspondía a Inisthe, sino a su compañero. Le había sido arrebatada, comprendió.
Porthon saltó hábilmente hacia atrás para localizar a Tyruss. La vista le pesaba cada vez más, pero no suponía problema alguno mientras funcionase. Empezaría a preocuparse cuando la cegera fuese un hecho.
Finalmente, Porthon encontró a Tyruss arrinconado por Alissa. La pelirroja lo mantenía a punta de machete, y parecía estar comentándole algo. En cambio, Tyruss callaba. No conocía de nada a aquel hombre más que de vista, pero empatizaba con su ímpetu. Deseaba hacer algo por él, pero no estaba en condiciones. Aquellos estúpidos mundanos se le habían quedado demasiado grandes.
Necesitaba cuanto antes a su señor.

—¡Habla! —Alissa le colocó uno de sus machetes sobre el cuello—. ¿Eres tú, Tyruss?
Tyruss (si de veras era él) no dijo nada. Sus ojos como el bosque se posaron con desdén sobre la pelirroja, examinándola en busca de un punto débil. No obstante, lo veía todo negro. No había forma de escapar de su atadura, y menos con un filo tan cerca de una zona vital. El riesgo podría ser su condena.
—Habla. Di algo —siguió Alissa—. ¡Vamos!
Pero Tyruss no dijo ni pío. Parecía incluso que fuese mudo. Sus muecas de repudio infinito hablaban por sí solas.
Como no había forma de que hablara, Alissa rozó la punta del acero con su piel. La sangre no tardó demasiado en emanar como un hilo vil. Tyruss trató de mantenerse impasible, pero un gélido dolor lo invadió. La molestia se iba acrecentado, y gimió en consecuencia.
—Sabes que puedo matarte, y no puedes hacer nada por evitarlo —Alissa dejó libre toda su oscuridad interna—. Dime quién eres y tal vez te perdone la vida, aunque no te puedo asegurar que vaya a tener piedad.
Entonces, Tyruss se llevó una mano desnuda al cuello, manchándose de acres fluidos. El dolor embargaba su pensamiento, pero no podía permitirse pronunciar una sola palabra. Algo en su interior se lo impedía, una infranqueable barrera de firmeza. Ni siquiera entendía del todo a qué se refería aquel extravagante grupo de invasores. ¿Tyruss? Sí, era él, pero no como ellos pretendían verlo. Informes recuerdos de su pasado le pesaban, mas en ninguno los veía a ellos. Recordaba vagamente una chica rubia, intercalada su memoria con un latido extraño. Todo eso eran bobadas, cosas que ya no tenían importancia en los oscuros tiempos que corrían. Lo único que con certeza sabía era que debía matar, siempre al servicio de Dorann.
Ante las amenazas de la pendenciera mujer, Tyruss no hizo más que fruncir el ceño. De haber tenido cualquier arma entre sus manos, le hubiera cortado el cuello sin siquiera pestañear.
Un problema menos, tan sencillo como eso.
Domada por la ira, Alissa cruzó ambos machetes sobre la fina tez del cuello de Tyruss. Podía percibir la acelerada velocidad a la que le latía el corazón. Estaba aterrado, pero aun así se negaba a acatar. Una terrible influencia debía haber caído sobre su conciencia para acabar así. Desde luego no podía ser sino obra de Dorann, y comenzaba a sospechar que solo él tenía la capacidad de revertir el efecto.
—Está bien, no contestes —Alissa pestañeó mientras hablaba con ritmo pausado, impropio de su beligerancia—. Sigue tratando de matar a tus propios amigos. Has acabado con alguien a quien ni siquiera tuviste la ocasión de conocer, pero que lo arriesgó todo por ti. Sigue así, encerrado en esa burbuja mientras los tuyos sufren y ven caer a quienes aman. Si yo fuera tú ya habría despertado, ¡arremetería contra mí misma si hiciese falta! Te creía con más fuerza de voluntad —retiró los machetes, pero sin bajar la guardia. Tras eso, dio un triste resoplido—. Sé que estás ahí dentro, Tyruss. Tal vez puedas escucharme. Solo quiero decirte que tu amiga Luna está sufriendo a mares por ti. El tiempo se agota. Te necesitamos.
Aunque Tyruss no mostró alteración alguna en el rostro, Alissa sabía con certeza que, en algún remoto lugar de su mente, el verdadero Tyruss la había escuchado. Quizá por sus nobles palabras optara por luchar por liberarse, pero solo era una corazonada.
Repentinamente, Tyruss salió despedido como un torpedo hacia la derecha. Alissa volteó la cabeza, contemplando cómo era arrastrado mentalmente cual juguete de una cuerda por Porthon. Una vez junto a él en la distancia, Porthon le exigió que lo ayudara a caminar y Tyruss acató. El esfuerzo tenía a ambos maltratados, los cuerpos invadidos de heridas graves.
Igualmente, Tyruss podría pasar por ileso en comparación a su aliado. Nadie podía explicarse cómo no se había derrumbado aún.
Luna, Alissa e Inisthe vieron en su aparente retirada el momento idóneo para poner fin al enfrentamiento. Sin siquiera comunicarse, se reunieron para combatir juntos. Todo apuntaba a que aquella sería su victoria.
—Que no se nos escapen —anunció Inisthe, que aún contaba en la siniestra con el arma arrebatada.
—No le hagáis daño a Tyruss —avisó la consternada Luna—. Centraos en el grandullón. Debe estar a un disparo de derrumbarse.
Sin detenerse, los tres fueron a por todas. Luna apuntó hacia la espalda de Porthon, y tanto Inisthe como Alissa se prepararon para blandir sus armas. Sin embargo, un sonido retumbando en la distancia los interrumpió. Lo que pareció en un principio un rumor fue convirtiéndose en un reconocible alarido.
Aval apareció como un cohete, impactando contra el techo y llevándose con la cabeza dos o tres ladrillos. No tardó en caer frente al grupo, laceraciones dispersas por todo su fornido cuerpo. Tenía la camiseta hecha jirones, y hasta su cabello como la ceniza se había teñido de rojo. Aun así no soltaba la espada, como si fuese lo único que lo ayudaba a mantenerse consciente.
—¿Aval? —Inisthe se sobresaltó. ¿Cuántas veces lo habían arrojado por los aires?—. Dime que no es lo que creo.
Con un esfuerzo sobrehumano, Aval se dio la vuelta sobre el suelo. La camiseta que llevaba puesta se había desgarrado de tal manera que exponía al completo su pecho ensangrentado, con indicios de haber sido afeitado poco tiempo atrás.
—Dorann está aquí... —logró decir.
De repente, los vellos de Luna, Alissa e Inisthe se erizaron como escarpias. El nombre el Dorann era tan aterrador como un clamor de guerra, peor que invocar a un diablo. Para librarse finalmente de Porthon en la dura confrontación que se avecinaba, Luna volvió a dispararle en la espalda. Fue un tiro certero, derrumbándolo cual torre abatida.
Tyruss volvió la cabeza cuando su aliado cayó y se centró en el compungido rostro de Luna. Sus ojos como el cielo mañanero eran esplendentes incluso desde la distancia. Se le hacían extrañamente cercanos por alguna razón que no llegaba a comprender, y evocaban en él recuerdos difusos, sensaciones durmientes.
Falsas ilusiones, se dijo. Lo dejó pasar y llevó a Porthon hasta la pared, donde lo hizo recostarse. Necesitaba descansar, aunque ni eso podría garantizar su supervivencia.
Con pavor en las venas, los tres aguardaron la llegada de Dorann. Aval, detrás del equipo, luchaba sin garantías por tenerse en pie. Uno nunca se habituaba a ser manipulado a merced de fuerzas sobrehumanas, golpeado una y otra vez contra techo, paredes y suelo. Tan para el arrastre lo habían dejado que apenas era capaz de detener las piernas.
De todas formas, incluso reptando seguiría luchando. Con Dorann cada vez más próximo le convenía reponerle cuanto antes, aunque tal vez ni la velocidad del rayo pudiera salvarlo.
Dorann era, en todos los sentidos, impredecible.
Entonces, las tenues antorchas se tornaron como faros en plena noche como por arte de magia. El fuego crepitó y arrojó violentas brasas, llegando a rozar el techo. El ascenso de la iluminación invadió aterradoramente el pasillo a lo largo de su vasta extensión, e incluso desveló un nuevo rostro.
El joven se acercaba a ellos con los brazos extendidos, recibiéndolos como a viejos amigos. Empuñaba en una mano su arma preferida, el tridente. Tras él, dos figuras lo escoltaban. Eran Cazadores de Élite.
—¡Mirad, pero si están aquí los supervivientes! Es un placer veros, junto a mí traigo a mis huestes. Habéis sido duros de roer, y con el resto habéis terminado. Sin embargo, más os vale estar ahora preparados. Dorann, señor de Villa Dracorex, ha llegado —el tirano no se cortó al esbozar una de sus tenebrosas sonrisas—. Temblad, despedíos de todo lo amado.
—No sabía que componías poesía —dijo Inisthe, que intentaba reprimir su recelo—. Que sepas que tu obra es mediocre. Cualquier artista emergente te daría mil vueltas. ¿Y quién los visibiliza a ellos? Nadie. Y sin embargo mírate, ahí estás tú. ¿Por qué el destino dará pan a quien no tiene dientes?
—¿Acaso has estudiado literatura contemporánea, Bomba Negra? —le preguntó el joven Dracorex, cuyo rostro se crispó—. Lo dudo. Yo, en cambio, sí. La poesía corre fresca por mis venas.
—Cállate y dedícate mejor a lo único que se te da bien: ostentar —gruñó Inisthe. Lo estaba provocando a propósito, aunque sus aliadas no parecían contentas con ello—. Tienes suerte de tener esos poderes mentales, ¿sabes? Me gustaría verte a mi altura, con mis limitaciones. No me llegarías ni a la altura del betún.
Dorann se encogió de hombros.
—Tú y tu arrogancia lo habéis querido —los apuntó con el tridente—. Pero antes... —cambió la dirección del arma hacia el Cazador de Élite a su derecha.
—¿P-pasa algo, señor Dorann? —le preguntó este, desconcertado.
—Pues claro que pasa, Lui —lo miró severamente—. Sabes que lo veo todo, y he visto indicios de cobardía. Eso no me gusta.
El hombre llamado Lui sintió tal temor que se orinó encima. Con una mano trató de ocultarlo.
—L-lo siento, señor Dorann. Tuvo que hacerlo. Era eso o mor...
Sin pensárselo, Dorann atravesó a Lui con su tridente en el cuello. Su impredecible ataque lo hizo liberar un grito infantil antes de perecer, la orina derramándose por la tela del pantalón. Al retirar el arma, el cuerpo inerte del Cazador de Élite se desplomó. Como si no hubiera roto un plato, Dorann se dio la vuelta hacia sus enemigos y colocó del revés el tridente con un ágil movimiento. Su sonrisa ilusoriamente ingenua inspiró terrores jamás concebidos.
—Y bien, ¿quién quiere ser el siguiente?
Como el que no quería la cosa, Inisthe dio un paso hacia delante.
—Yo mismo.
—Tienes agallas —le dijo el Dracorex—. En fin, si tanta ilusión te hace...
Luna y Alissa no pensaban dejarlo solo, por lo que dieron un paso hacia delante al unísono para escoltar a su amigo. Sabían a qué se enfrentaban al desafiar a Dorann Dracorex, pero no estaban solos en tan arriesgada empresa.
—E-esperadme, colegas —pronunció Aval, la voz tosca e inestable.
Los tres se volvieron entonces, encontrando al espadachín apoyado sobre su arma. Uno de sus musculosos brazos se extendía hacia ellos, la mano luchando por no derrumbarse. Hacía todo lo posible por erguirse, pero era simplemente incapaz.
—Descansa —le recomendó Alissa—. No estás en condiciones de luchar.
—No —consiguió decir Aval con un hilo de voz—. Aguantaré lo que haga falta...
Luna se dirigió entonces hacia él, colocando cuidadosamente la mano sobre su coronilla. No tuvo que ejercer demasiada presión para que Aval se desmoronara poco a poco, sin hacerse ninguna clase de daño. Quedó postrado ante Luna cual súbdito al servicio de una diosa de cadenas de oro por cabellos.
—Quédate ahí y no molestes —le ordenó con una voz que no admitía noes—. No podemos permitirnos perderte a ti también.
Aval refunfuñó. Sentía el deseo de levantar la voz y protestar, pero le flaqueaban las fuerzas. Quizá fuese cierto que lo mejor que podía hacer era reposar y no ser un lastre para ellos.
Cuando Luna, Alissa e Inisthe volvieron a sus posiciones de combate, encotraron a Dorann con los dientes de Impacto Nuclear rozando el suelo. mirando atentamente al herido guardián que no muy lejos se sostenía con un brazo sobre la pared. La manaza que tenía libre presionaba la profunda herida abarcando parte del costado. El derramamiento podría acabar con el de un momento a otro.
No lograba entender qué habían podido lograr unos insulsos invasores para humillarlo de esa manera. Estaba convencido de que el nuevo Porthon era invencible, pero una vez más lo había decepcionado. Desde luego, no podía confiar en nadie más que en sí mismo. A su lado Tyruss trataba de asistirlo, aunque sin nociones de medicina poco podría hacer por él.
—Vamos, Dorann —Inisthe, que no dejaba de mover su fascinante arma, llamó su atención con un gesto obsceno—. No tengo todo el día.
Entonces, Dorann arrugó el rostro. Inisthe era experto en sacar a cualquiera de quicio, y ni siquiera él era la excepción. No podía permitirse ser dominado por las palabras de alguien que ni siquiera era capaz de usar la mente en todo su esplendor.
—Qué poca paciencia tienes, Bomba Negra —dijo Dorann—. Sabes que soy superior a ti en todos los sentidos, ¿es que quieres una muerte rápida y dolorosa?
—Simplemente me he acordado de que tengo que recoger la ropa de la lavandería, así que tengo prisa.
Dorann carcajeó ante su respuesta. Tenía que admitir que Inisthe tenía su gracia.
—Vas a necesitar bastante ventura para salir de aquí. Tal vez, en un remoto caso, tus amigas lo logren, pero ¿un charlatán como tú? Lo dudo —frunció el ceño sin apocar su gélida expresión. Comenzó a caminar lentamente hacia ellos—. Eres un sujeto molesto, ¿lo sabes? Ahora que estás en mis dominios, no puedo dejarte escapar. Eres mío, Bomba Negra —rio de forma tenebrosa—. Además, te recuerdo que eres el enemigo público número uno. Ni te imaginas lo que darían los principales cuerpos de seguridad por tener bajo su yugo ese cuerpo tuyo. Toda Leurs quiere hacerte sufrir.
Inisthe arqueó una ceja.
—¿A mí? Pero si ni siquiera fui el que colocó la bomba —admitió—. Yo solamente me ocupé del trabajo sucio. Fue Daila la que voló por los aires el edificio.
Entonces, Dorann examinó la mente de Inisthe empleando las ondas. Para su sorpresa, no parecía estar mintiendo.
—¿Y dónde está ahora esa tal Daila?
—Muerta —contestó Inisthe—. Se sacrificó para llevarse por delante a Bástidas y compañía.
Dorann se llevó una mano a su frondosa barba negra, comenzando a mesársela.
—Problema resuelto —indicó—. De todas formas, eso solo lo sabes tú. ¿Piensas que alguien que no puede conocer la verdad y la mentira creería esa historia? Por supuesto que no. Eso no les importa, solo la posibilidad de tomar represalias —Dorann fue acercándose a él—. Más te vale seguir oculto en tu cochambroso refugio del norte, donde jamás te puedan encontrar. Sabes cómo son las personas, y harán todo lo posible por capturarte vivo para entregarte a las autoridades.
—No lo lograrán.
Dorann compuso una divertida mueca.
—¿Tan seguro estás?
Inisthe asintió. Como el largo flequillo le cubría un ojo, se lo echó a un lado para tener total visión. Necesitaba la atención universal de la situación.
En ese momento, Alissa decidió intervenir. Necesitaba respuestas.
—¿Qué le has hecho a Tyruss? —preguntó, aunque pareció más bien una orden por el severo tono.
Dorann no dudó:
—Lo he mejorado, si se le puede decir así.
—¿Mejorado? —no fue de extrañar que Alissa se alarmara—. ¡Lo has convertido en un monstruo! ¡Ni siquiera nos recuerda a nosotros, sus amigos!
—Claro, porque ahora está a mi servicio —dijo Dorann—. He bloqueado sus inútiles recuerdos para que se centre en luchar. Me fue de lo más sencillo tomar su mente, ¿sabéis? Ah, y recordad no esmeraros demasiado: no podéis hacer nada por anular mis vínculos. Ya han arraigado en su interior.
Inisthe frunció el ya de por sí fruncido ceño.
—Tal vez nosotros no, pero Azmor puede hacerlo.
Ante aquello, Dorann esbozó una leve sonrisa. Trataba de contener lo que moraba ansioso en sus adentros.
—¿Azmor? ¿Ese incordio de la vieja Menta? —se llevó dos dedos al mentón—. Tenía agallas, sí, pero no fue obstáculo para Ventigard.
Luna, Alissa e Inisthe se estremecieron de la misma horrible manera.
—¿Quieres decir que...? —preguntó la pelirroja, aunque le faltó valor para acabar.
Dorann asintió lentamente, y varias veces además.
—Vuestra única esperanza está criando malvas. Estáis perdidos, amigos míos.
Como si de un acto reflejo se tratara, Inisthe se lanzó a por Dorann mientras profería el grito de su vida. Todo el rencor concentrado en un bramido, tan ensordecedor que incluso generó la molestia de Dorann. Si no mentía (y no solía hacerlo), Azmor, a quien había apreciado desde siempre por su astucia y corazón, había sido asesinado. Costaba creerlo, pero debía hacerse a la idea antes de derrumbarse.
Y Dorann pagaría por ello.
Mientras Inisthe se le abalanzaba, Luna dio un disparo dirigido a su cabeza. Dorann detuvo la bala con total normalidad, como quien atrapaba entre sus manos una mosca al vuelo. Entre lágrimas renacidas por la melancolía, la rubia siguió abriendo fuego en vano.
Como todos esperaban Dorann frenó mentalmente a Inisthe, paralizando todos los músculos de su cuerpo. Este, frustrado, trató de moverse con todas las fuerzas posibles, mas solo consiguió perder energías. Quizá avanzó un milímetro, pero no más. Tenía a Dorann justo enfrente, y ya podía imaginar su carne abierta en canal.
—¿Ves? —Dorann se acercó hacia él a paso lento, petulante—. Me basta con un simple chasquido de dedos para detenerte. Ni siquiera tengo que esforzarme. No eres nadie.
—Exacto, pero no me acompleja.
Consumido por una ira inmensurable, Inisthe logró romper el bloqueo. Cogiendo totalmente desprevenido a Dorann, descendió el arma a toda velocidad y desgarró la tela de sus ropajes hasta hundir el acero en su piel. Aun así el Dracorex no reaccionó con gran estupor, al menos no en ese aspecto. Que alguien como Inisthe hubiese logrado destruir su impenetrable bloqueo muscular era un hecho que ocupaba toda su conmoción.
—Felicidades, Bomba Negra —le aplaudió—. Eres el primer mundano que consigue derramar mi sangre. Aunque me temo que también serás el último.
Así pues, Dorann levantó la pierna con una alucinante elasticidad y asestó contra el pecho de Inisthe una patada demoledora, suficiente para tumbarlo brutalmente. Conmocionada, Alissa se lanzó a socorrer a su amigo como un torpedo.
Mientras tanto, Dorann se disponía a reflexionar. Siempre había creído en su poder como algo irrefrenable, comparable en magnitud a una fuerza de la naturaleza. Nadie podría romper jamás sus barreras, así como no había quien pudiera desafiar al mar.
Comprendió entonces cuán equivocado había estado. Una especie de amargura comenzó a invadirlo, suficiente para hacerlo sentir más humano de lo que siempre se había creído.
Alissa levantó a Inisthe del suelo apoyando una mano en la espalda de su amigo, quien, una vez en pie, sufrió el dolor de un tobillo torcido. Cada paso que daba acrecentaba la dolencia. Se temía que en ese estado le iba a ser imposible seguir luchando, mucho menos acelerar el paso. Sin embargo, Dorann parecía distraído. Acariciándose la barba con elegancia, parecía totalmente inmerso en sus cavilaciones. Podría darle muerte ahí mismo, sin vacilaciones: solo necesitaba encontrar el momento ideal, la venganza final.
—¿Cuál es tu auténtico nombre, Bomba Negra? —le preguntó de repente con la voz que un amigo usaría para hablar con otro.
—Inisthe —la pregunta lo sacó de contexto—. ¿Qué te importa a ti?
—Para mostrarte mis respetos, Inisthe —declaró Dorann, aunque hasta a él mismo le costaba creerlo—. He de decir que me has dado una agradable sorpresa. Tu capacidad para romper mis bloqueos mentales es fascinante, en serio. Nunca he conocido a nadie igual. No percibo en ti ningún indicio sobrenatural, ni siquiera latente, pero aun así eres distinto. Como esas alubias que aparecen por duplicado, doble sabor y doble cantidad, y que tan satisfactorias son luego de comer. Exprime ese don, Inisthe —le aconsejó—. Es único.
Perplejo, Inisthe se miró las manos como para comprobar la veracidad de los hechos. En efecto, no era un sueño ni una alucinación. Dorann acababa de confesarle algo increíble, algo que seguramente jamás le hubiera dicho a nadie, al menos no a un enemigo mortal. Ganarse la gratitud de alguien tan despiadado podía considerarse una meta cumplida. Sin embargo, ¿significaba eso que sería piadoso con él? No lo tenía claro.
—Entonces... —dijo Alissa aún con impotencia en los labios—. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Yo no lucharé, pues no merecéis conocer de mi mano todo lo que Kayt reprimió como Dracorex a vuestro lado —Dorann señaló con el tridente a sus secuaces, quienes, recostados sobre la pared, parecían incapaces de moverse—. Ellos serán mis espadas.
Inisthe resopló de manera casi burlescas.
—Esos dos están acabados —comentó—. ¿A qué sabe la derrota, Dracorex?
Dorann no respondió. Con paso delicado, se dirigió hacia sus subordinados. Al alejarse de su posición dejó al descubierto a aquel Cazador de Élite restante, que pareció sentirse totalmente incómodo nada más quedar solo ante el peligro. Su mirada inquieta lo delataba.
—¿Qué miras tú, pelele? —le preguntó un desdeñoso Inisthe.
—Nada —respondió él con una firme voz, poco más que una máscara. Hubo una medida de miradas, aunque no salió triunfante.
Al acercarse a los exhaustos Porthon y Tyruss, Dorann hincó la rodilla para estar a su altura. Tras examinarlos pasando una mano envuelta en ondas por sus múltiples heridas, procedió a sanarlos y devolverlos a la batalla. El joven Dracorex los había moldeado para hacer de ellos máquinas de guerra que reservaban todo sentimiento al combate, pero esa férrea determinación los cegaba a veces. Se le hacía imposible crear un balance en el que pudieran subsistir, pero acabaría consiguiéndolo.
"—Siempre me supero".
Para curar todo daño, Dorann creó un campo de ondas que envolvió a ambos. Puso mayor énfasis en el hemisferio ocupado por Porthon, ya que su estado de salud hacía parecer a Tyruss un superhombre. Porthon, ese hombre de acero que jamás soltaba su látigo, se había visto obligado a dejarlo caer a causa de unos mundanos. Él era de esos que empuñaban el arma hasta el final, pero ni para tan básico impulso le restaban energías en el cuerpo. Su fin estaba prácticamente anunciado, pero Dorann pensaba desafiar al destino.
Al ver a Dorann en una situación de debilidad, Luna se aproximó a Inisthe y Alissa con la pistola en alto. Sin preguntar siquiera, apuntó al tirano a la cabeza. Deseaba con toda su alma ver volar los sesos de aquel que nunca debió haber nacido. ¿De dónde salía todo aquel rencor para odiar tanto a alguien?
—Baja el arma, Luna —le dijo Inisthe en cuanto la vio.
Ella lo miró de soslayo.
—¿Por qué?
—Porque Tyruss está de por medio. No querrás hacerle daño, ¿no?
—Tengo buena puntería —aseguró—. La bala se incustrará en el cráneo de Dorann. Elige un hemisferio del cerebro si lo deseas y ahí acabará.
—No hablo de eso —Inisthe sacudió la cabeza—. Lo que quiero decir es que Dorann tiene a Tyruss. Sabes de qué es capaz, y hasta qué extremos puede llegar involucrando a Tyruss. No nos conviene arriesgar.
Convencida, Luna bajó la pistola. Sin embargo, no dudaría en apretar el gatillo a la mínima señal. Vería con gusto caer al villano con un agujero sangrante entre ceja y ceja.
Una vez restaurados, Tyruss y Porthon volvieron a ponerse en pie. Las manos del recio guardián recuperaron su látigo de titanio, comprobando al mismo tiempo la mejoría de la herida que lo atravesaba. Se había cerrado como por arte de magia, pero el dolor no se había reducido del todo. Las balas incrustadas en su espalda habían sido extraídas por Dorann, y los desgarros provocados habían sanado en condiciones. Los cortes más superficiales habían cicatrizado de forma manera, como si hubieran pasado semanas desde su origen. Aunque le faltase más sangre de la debida en las venas, podría luchar una vez más.
Porthon depositó sobre Inisthe su mirada más destructora. En aquel sombrío semblante hundiría su titanio, y cuánto lo disfrutaría.
Tyruss de irguió con el mismo ímpetu de batalla. Aunque, a pesar de su irrefrenable instinto, seguía desarmado. En busca de un arma, oteó su alrededor. Dorann se dio cuenta pronto de su inquietud, por lo que decidió formularle una pregunta al Cazador de Élite restante.
—Tú, chaval, ¿serías tan amable de prestarle a Tyruss tu pistola y tu espada?
Él se encogió de hombros.
—Desde luego.
Sin dudarlo, el Cazador de Élite le tendió ambas armas. Parecía encantado de librarse de ellas después de la masacre que habían organizado con los cuerpos de sus compañeros de trabajo.
—¿Qué hago ahora, señor? —preguntó a Dorann.
—Puedes marchar —Dorann señaló hacia atrás con el pulgar—. Tienes suerte, debes ser el único superviviente de tu clase.
Sin decir nada, el hombre marchó hacia donde sus piernas lo llevaran. No le importaba con tal de alejarse lo máximo posible de aquellos impíos infrahumanos. El retumbar de sus pasos se perdió en un instante.
—En fin —dijo Dorann una vez se hubo marchado aquel desesperado sujeto—. Podéis retomar lo que empezasteis. Sois afortunados, pues toda mi sed de sangre se fue con este traidor de ahí —señaló con los dientes del tridente al maloliente cadáver de Lui.
Inisthe dio un paso hacia delante.
—Dorann.
—Dime —siguió él, los ojos atentos.
—Has sanado a tus hombres para que el combate esté en equilibrio —se apartó hacia para desvelar el cuerpo prácticamente inerte de Aval, sostenido tan solo por su espada. Tenía una postura de sumisión total—. Sana a mi amigo para que sea una pelea justa.
Pero Dorann rio entre dientes, conteniéndose.
—Yo nunca dije que esto fuese a ser justo. Lo que tenéis es lo que hay. A pesar de todo, os deseo suerte —sonrió, pero de una forma impropia a como solía hacerlo. ¿Acaso era eso empatía?—. Ahora he de marchar. Necesito meditar, pues este choque de fuerzas me ha abierto los ojos.
Como lo prometido era deuda, el joven Dracorex se alejó por el pasillo hablando consigo mismo. Cuando no se le volvió a ver y sus pasos se hicieron sordos, la iluminación de las antorchas se atenuó. Todo se volvió más sombrío, frígido incluso.
Vaya, lo que era un déspota encerrado en su pequeño reino se convierte poco a poco en un nihilista —dijo Inisthe mientras se rascaba la húmeda sien.
Para la sorpresa de este, Dorann no le pareció una mala persona. Era parecido a él en muchos aspectos, solo que había escogido un camino inadecuado. Había probado la extática ambrosía del poder, y tarde era ya para que aquella maldición se pudiese corregir. Pensó incluso que, si Dorann hubiera estado con ellos desde el principio, en aquellos terribles momentos donde el caos fue el protagonista, las cosas podrían haber tomado un rumbo distinto. Quizá fuese la pieza del rompecabezas que faltaba, la necesaria para derrocar al verdadero enemigo, ese que en las sombras se ocultaba sin intención de revelarse. La solución no era tan complicada, pero había quienes eran demasiado arrogantes como para aceptar otra que no fuese la suya. Una simple torcedura de camino podía cambiarlo todo, influyendo sobre cientos de miles. Les había tocado vivir en un mundo más cruel de lo que cualquiera pudiese desear.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora