La melancolía había ensombrecido un día de lo más soleado. Desatados los nubarrones, nada podría retirarlos del ceniciento firmamento.
Loine condujo a Kayt, Aia y Soka al hogar del difunto tío Uvin, donde el Dracorex se había criado. Por lo que les habían contado, había fallecido recientemente entre aquellas mismas paredes. Kayt escuchó cada detalle de la triste noticia, y no pudo evitar llorar durante un largo rato. Se secó las lágrimas con la manga, mas eso no sirvió para que dejaran de brotar.
—¿Cómo murió? —le preguntó intrigado al granjero mientras recorrían lentamente su antiguo hogar. El joven iba pasando la mano por los relieves de las paredes. Lo recordaba todo a la perfección.
—Un infarto repentino, probablemente debido a su obesidad. No había mejorado en los últimos meses. Cuando lo hallaron, ya era demasiado tarde. Lo siento mucho, chiquillo... —Loine se hallaba deprimido. Nunca se relacionó demasiado con el difunto, pero aun así había sido por muchos años su vecino. Después de todo, lo conocía—. De haber podido hacer algo, me hubiera esmerado en ello.
—¿Y Chenia? Chenia está bien, ¿verdad? —Kayt preguntó por su vaca, a la que había cuidado durante tantos años y dado de comer y beber diariamente. No podría consentir otra opción que la que suponía.
Loine volvió a sonreír. Buena señal para Kayt.
—Sí, esa vaquilla está perfectamente —anunció—. Ahora vive de nuevo en mi hogar con las demás vacas, atiborrándose de los pastos que nosotros mismos cultivamos. La compañía de otras reses le ha venido de perlas.
El comentario de Loine hizo volver a brotar una sonrisa en el rostro del chaval.
—¿Puedo verla? —le preguntó, ansioso.
—Pues claro, ¡sígueme!
Mientras Kayt marchaba junto al fornido granjero hacia su hogar, Aia decidió permanecer en el interior de la sucia morada de Uvin. Nunca llegó a acceder a ella, pero aun así le traía buenos recuerdos y sensaciones nostálgicas. Aquellos dieciséis años transcurridos lo habían cambiado mucho, más de lo que hubiera podido imaginar, y el maestro recordó entonces todos los momentos cruciales que había vivido desde entonces en aras de su supervivencia. Todos ellos parpadearon vívidos por un instante, tanto los buenos como los malos. Aunque, por desgracia, los malos abundaban considerablemente más.
De forma completamente repentina, Aia percibió una fuerza emanante. Fluía por las estancias del hogar, tan delicada que no era fácil de captar. Sintió como si una presencia misteriosa invadiera su cuerpo, y se preocupó por ello. Pensando que se trataba de algún enemigo enviado por el maléfico Dracorex, decidió cargar sus puños con ondas para contraatacar. Mas rápidamente las dejó marchar. Tan solo era la marca que Kayt había dejado a lo largo del tiempo, tan intensa que permanecía viva entre cada objeto frente al olvido de lo material. Una inhumana fuerza a nada comparable tantos años retenida había logrado el enorme esfuerzo de extenderse por todo el hogar, incluso por los exteriores de Terria. Su huella perduraba en la línea temporal.
"—El poder de Kayt es sonrehumano, no hay duda de ello —pensó asombrado Aia, levantando la mano para contactar de alguna manera con ellas—. Son... electrizantes."
Al mismo tiempo, Kayt se dirigía junto a su tulpa y Loine hacia el cercado de ganadería. Allí, la mujer y el hijo de Loine se encontraban trabajando la tierra en colaboración para plantar semillas en un futuro próximo. Al identificar el rostro de Kayt, se dirigieron con ilusión hacia él.
—¡Kayt! ¡Pero si estás bien! —exclamó Jenne, la esposa del granjero, con entisiasmo. Era una mujer entrada en años, las arrugas distribuidas por su rostro y el cabello castaño oscuro. Poseía unos bellos ojos azules como el mar de Oz—. Ha pasado tanto tiempo que te has convertido en todo un hombre.
—Me alegra verte de nuevo, aunque no te recordaba así —indicó el hijo del granjero mientras le daba la mano. Kayt comprobó en el acto que su fuerza era equiparable a la de su padre.
El joven Dadey era, a pesar de su veintena de edad, idéntico a su progenitor. Portaba un sombrero ensombreciendo su adusto rostro, acompañado por una barba castaña y larga. Iba vestido con una camisa y unos tirantes idénticos a los del hombre que lo había criado. Su altura era semejante, aunque se quedaba algo atrás a su lado. Aun así, seguía superando (por poco) a Kayt.
—Me alegra veros bien a ambos. Ha pasado mucho tiempo —les dijo Kayt a los dos. Se sentía muy nervioso, el corazón acelerado. Nunca se le habían dado bien los reencuentros.
Poco le duró a la esposa de Loine su atención sobre Kayt. Rápidamente se fijó en Soka, que había adoptado una mueca seria. Actuaba con precaución cuando se hallaba ante desconocidos.
—¿Quién es esa chica? —preguntó Jenne ante la tulpa—. ¿Es tu... pareja?
Kayt se sonrojó ligeramente, pero lo negó.
—No, ni mucho menos. Ella es Soka, mi... compañera de viaje —Kayt no sabía muy bien cómo continuar. Hablar sobre su tulpa ante los mundanos era tarea complicada—. Disculpad que no pronuncie palabra, pero es que es bastante reservada. Más de lo normal.
Los ojos del tulpa parecieron resplandecer, como si saludaran. Sus labios se mantuvieron igual, en inquebrantable quietud.
—Pues encantada, Soka —Jenne la saludó con la mano, mostrando una amplia sonrisa.
Con excéntrica dificultad, Soka levantó la mano derecha y la agitó, imitando el movimiento de la esposa del granjero. A Jenne le resultó divertida, y rio sutilmente con la mano sobre los labios. Como a la tulpa le era irrelevante, lo ignoró.
Justo después, Loine apareció con la vaca Chenia. Llevaba una especie de riendas atadas a la cabeza, de las que el granjero tiraba para que caminara. La res estaba enorme, y parecía renovada. Al principio pareció no reconocer a su antiguo dueño, pero, tras fijarse unos segundos en él, comenzó a mover el rabo como un cachorro lo haría al sentirse entusiasmado. Al ser liberada por Loine, se acercó brincando hacia el joven.
—¡Chenia, qué alegría verte! —Kayt le acarició el cuello con suavidad. La echaba demasiado de menos. Era una pena que no pudiese llevarla consigo.
—¡Ja, ja! ¡Pero si se acuerda de ti! —Loine no cabía en su asombro—. Estos animales tienen una memoria increíble.
—Se ve que sí —afirmó Kayt sin dejar de sonreír. La compañía de su vaca parecía ser un sueño, pero era mucho más real de lo que creía.
Entonces, un Kayt envuelto en nostalgia se acordó de todos los animales con los que había tenido contacto. Chenia, Risend, Koda, Terror, aquel enorme alce del bosque nevado. Por alguna razón, la mayoría de animales lo adoraban. Aunque siempre le había intrigado, desconocía la razón. Tal vez tuviera relación con el poder de la mente, o eso le habían dicho Aia y Azmor en sus similares suposiciones. Que no discerniesen en ningún aspecto le sugería al joven que era posible que aquella deducción careciese de fundamentos. ¿Podrían los animales ser poseedores de dicha habilidad? Una cuestión más que debía esperar a ser respondida. No eran precisamente pocas las que se hallaban en la lista de espera.
—Bueno, bueno, bueno, ¿para qué habéis venido a Terria? —le preguntó Loine intrigado tiempo después, en pie frente a un poste situado en su huerto.
El momento se había vuelto mucho más ameno, y la tranquilidad se asentó en aquellas tierras cultivadas. Melancolía y morriña se volvieron una para hacer de las suyas.
—Estamos realizando un viaje —informó el joven—. Estaba en nuestros planes pasar por Terria para ver a mi tío Uvin, pero ha sido en vano. Pronto marcharemos. Aún nos quedan muchos kilómetros por recorrer.
—¿Y qué hacíais atravesando el desierto como si nada? ¿Sabes lo peligroso que eso es? —le preguntó el fornido granjero, muy preocupado por él al parecer.
—Lo sé, pero no tenemos otra forma de desplazarnos. Antes viajábamos en el vehículo de un amigo, pero tuvo que marchar hacia Yettos debido a un asunto que le surgió de improviso —no pudo especificar, pues no sabía nada sobre la operación para la que Óbero había sido convocado.
—¿Yettos? ¡Buff! —Loine alzó la mano hacia arriba, intentando expresar una exagerada lejanía—. ¡Eso está en el quinto pino!
—Sí, es que venimos de Yettos. Residimos en una comunidad más o menos aceptable en medio de un bosque enorme. Allí puede decirse que somos libres —Kayt sonrió. Lo enorgullecía ser parte de Bastión Gélido.
—¿Libres? —Loine parecía muy confuso—. ¿A qué te refieres con eso?
Cómo explicarlo, pensó Kayt. Desde luego que no era sencillo. La respuesta implicaba conceptos difíciles de manejar, y que probablemente escapaban al conocimiento de aquel labrador tradicionalista e iletrado.
—Pues a que no estamos sujetos a los peligros de este mundo corrupto. Podemos hacer lo que nos plazca dentro de las convencionales limitaciones. Vivimos lejos del terror, libres del miedo provocado por el Gobierno. Hay esperanza.
—¿Sí? ¡Pues podrías llevar a toda mi familia hasta allí! —Loine rio, jubiloso como de costumbre—. Es broma, zagal —le dio unas palmaditas en la espalda al guerrero, como si no lo supiera—. Terria es nuestro hogar, al igual que es el tuyo. Con suerte, todo volverá a ser algún día como cuando yo era chico. Nadie pasaba hambre entonces, y ningún Intendente de pacotilla se acercaba a atosigarnos.
"—Terria no es mi hogar, Loine. Phasmos es mi verdadera tierra, pero me la arrebataron. Volverá a ser mía algún día."
—Sí, algún día... —Kayt lo siguió. A veces, la simpleza era preferible a todo lo demás.
Tiempo después, Loine condujo a Kayt y a Soka al interior de su hogar, algo mayor que el que perteneció a Uvin, para ofrecerles algo de comer. El joven puso la dudosa excusa de que Soka se había atiborrado durante el trayecto por el desierto y por ello no tenía hambre para justificar su composición puramente enérgica. Kayt no quería perturbar con verdades inusualmente complejas a una familia tan arraigada a lo mundanal. Había cosas que era mejor callárselas, Kayt lo sabía bien. Estaba acostumbrado a ello.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AventuraUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...