Idra volvió enseguida a la sala principal con rostro inocente, como si no hubiese roto nunca un plato.
—¿Cómo ha ido la interrogación? —le preguntó Arme con voz queda al verlo entrar por la puerta. Aunque fuese su joven mano derecha, solía ser muy exigente con él.
—Mal —Idra decidió ser sincero. Sus labios no paraban de temblar, como si bailasen—. No quiso confesar nada sobre sus delitos. He tenido que recurrir a la violencia y he utilizado la pistola eléctrica, pero ni aun así ha querido hablar. La dejé muy malherida —se detuvo para pesteñear—. Lo siento mucho, jefe...
Acabadas sus palabras, Idra descendió la cabeza con tal de no tener que observar la fría mirada que Arme usaba cuando lo defraudaba. A pesar de eso, el jefe de la Guardia Ardiente no perturbó su rostro adusto. Se mantuvo hierático cual piedra, y parecía algo mosqueado. No obstante, no se tornó aún peor como su súbdito esperó.
—Es una mujer dura de pelar, y alguien como tú no será capaz de sacarle información. Tendré que hablar con ella yo mismo, y ya verás que ni me hará falta usar la violencia. Con decirle que aumentaré su condena si no abre la boca bastará. Es algo que nunca falla, porque la gente necesita recuperar el tiempo perdido —Arme movió el dedo como si fuera la aguja de un reloj—. El tiempo es lo más valioso que existe, Idra, porque no se puede comprar ni vender, y por eso la gente lo aprecia tanto. Poder jugar con el de un individuo te da plenos poderes sobre él.
—Es cierto, jefe —corroboró Idra sin ni siquiera mirarlo. Se dirigió a su asiento, que estaba precisamente a su lado.
Aprovechando el silencio, Rena, la pareja de Birat, sacó unos papeles que guardaba en una carpeta archivadora. Se trataba de un taco de folios unidos por una gruesa goma que mostraban en la portada la imagen de un extraño individuo en blanco y negro. Llevaba el pelo largo y revuelto, sus ojos grandes y claros.
—Es hora de que comencemos a estudiar el caso de K'Mera Rust, el criminal que asesinó a dos personas en la avenida Nemérodes IV de Muroeterno el día dos del mes pasado. Hay rumores que lo relacionan con las desapariciones inconclusas del año anterior. Es importante analizar las causas y las relaciones que había entre las víctimas y el asesino —la voz de Rena retumbaba con claridad por toda la estancia.
—Pues manos a la obra, que este caso no va a analizarse solo —Arme se frotó las manos y se retiró la chaqueta, colocándola sobre el respaldo de la silla. En un cansancio que trató de encubrir, susurró—: Menuda me ha caído encima.Al cabo de unos minutos, un par de golpes suaves tras la puerta de la sala interrumpieron el constante trabajo de la Guardia Ardiente.
—Adelante —dijo Arme con voz grave.
Fue Kayt quien abrió la puerta, con Soka a sus espaldas. Una sonrisa casi imperceptible decoraba su rostro. Portaba las llaves de la celda B-4 en la mano, una de las piezas sobresaliendo entre dos dedos.
—Os traigo las llaves —declaró tras atravesar el marco de la puerta.
Instantáneamente, Arme hincó el codo sobre la mesa y extendió la mano. Kayt caminó en silencio hacia el jefe y le entregó con cuidado las llaves. Entonces, Arme cerró la mano entorno a ellas como si fuesen un preciado tesoro.
—Gracias —indicó—. ¿De qué has hablado con ella? —Arme colocó el brazo tras el respaldo, donde tenía su chaqueta. Parecía muy interesado en el asunto—. No es normal que se interactúe con los presos. Suelen ser individuos marginados, o demasiado histriónicos como para ser soportables.
Pero Wariae no era así, lo sabía.
—De poca cosa. Básicamente, le he prestado mi ayuda para incorporarse tras el daño que la pistola eléctrica le provocó y me ha dado las gracias. Aunque, por supuesto, después me acusó por lo que le hice a su grupo. No la culpo, porque aquello fue una masacre en toda regla —Kayt resumió bastante lo que había ocurrido, sin profundizar en los detalles. Debía mantener oculto el gran secreto de la bandida.
—Ah, entiendo —bajo el mentón se colocó Arme un puño—. En fin, no debes culparte. Eran bandidos, y sobran en una sociedad que busca el avance como esta.
—Tal vez —Kayt paseó la vista por la habitación, observando atentamente los rostros aburridos de los demás Guardias Ardientes. Entonces, una pregunta inquietante se formuló en su cabeza. No podía marchar con la duda—. ¿Cuántos años de condena sufrirá Wariae?
Arme comenzó a mesarse la espesa barba negra, pensativo. Ni siquiera él lo tenía claro.
—Mínimo tres, máximo siete. Se le culpa de hurto y rebelión, aunque realmente no es algo tan grave. Eso sí, si no habla y cuenta sus delitos podría tener que soportar tres años más en prisión —acabó por declarar.
—Me parece... justo —Kayt asintió con la cabeza y se dirigió junto a su silenciosa escolta hacia la puerta. Antes de pasar por ella, arrojó una mirada curiosa hacia la mesa donde los Guardias se encontraban trabajando—. Veo que tenéis mucho trabajo que hacer, así que os dejaré en paz —el joven levantó la mano, despidiéndose así—. Ha sido un placer.
Soka imitó el desanimado movimiento de Kayt y alzó la mano a la altura de su testa. Tan pronto como la descendió se volvió como su amo lo había hecho. A los pocos segundos, Arme e Idra les devolvieron el gesto a sus correspondientes maneras.
—Hasta luego, chico —se despidió Arme esbozando una sonrisa afable, difícil de atisbar tras aquella barba tan profunda—. Sé fuerte.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AdventureUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...