Acto CLV: La Patrulla Infernal

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Había llegado el día.
El día en que marcharían hacia los dominios de Dorann.
El día en que derrocarían al tirano Dracorex. El día en que Tyruss volvería a ser uno con ellos.
Se habían preparado para la guerra, y en todos los sentidos. Armas, comida por si el viaje se alargaba más de lo previsto y otros recursos. Tampoco habían olvidado la planificación psicológica, algo esencial. Necesitaban concienciarse para lo que estaba por venírseles encima.
La lejanía del territorio de Explosia prometía un viaje largo y tedioso. No obstante, tardarían menos de lo esperado si tomaban un barco en costas yettianas: así arribarían directamente en las playas de Explosia. Dorann no andaría lejos, y Azmor sabría perfectamente cómo llegar hasta él gracias a las coordenadas que solo él conocía.
Definitivamente, después de almorzar a temprana hora y tener una charla con Berillio acerca de las posibles consecuencias de la operación, decidieron partir. No obstante, antes de la salida, Kazzo detuvo a Luna y a Wills para dedicarle unas últimas palabras en caso de que no volvieran. No contaba con la compañía de su lobo Terror y presentaba una cara espantosa, la barba nudosa y sucia como si hubiese estado viviendo en un basurero. Incluso parecía haberse desprendido de sus tan preciados pendientes dorados.
—Traed de vuelta a Tyruss, cueste lo que cueste. Es un héroe para mí —admitió Kazzo—. Salió en busca del hombre que puso mi vida contra las cuerdas sin importar cuánto pudiera costar. Todo lo que le pasó fue mi culpa —la pena hundió su tono—. Me gustaría haber formado parte de vuestro equipo, pero no estoy en condiciones. Lo he pasado fatal últimamente. Salta a la vista. Y al olfato.
—No te lamentes, Kazzo —dijo Luna casi esbozando una sonrisa. Era irónico que fuera ella quien se lo dijera—.  Tyruss volverá sano y salvo, y entonces podrás darle las gracias personalmente.
—Eso espero —dijo Kazzo de mejor gana—. Os desearía suerte, pero soy un desdichado.
El hombre se retiró torpemente, sus movimientos lentos y fatigados, y tanto Luna como Wills pudieron al fin marchar. Azmor los esperaba frente a la puerta del bastión junto al resto del equipo. Antes de todo, debían recorrer un largo camino a través de Yettos para poder llegar al puerto.
—¿Luna? —preguntó Azmor.
—Presente —dijo con seriedad.
—¿Wills?
—P-presente —dijo con nerviosismo.
—¿Alissa?
—Presente —dijo con tesón.
—¿Yrook?
—Presente —dijo con energía.
—¿Inisthe?
—Presente... —dijo con hostilidad.
—¿Aval?
—¡Presente! —dijo con valía.
—¿Pit?
—Presente —dijo con determinación.
—Azmor, presente —pronunció para sí mismo, colocando sobre su pecho la mano derecha—. La Patrulla Infernal está completa. Nos espera una larga jornada.
Sin más, partieron en dirección sur hacia las costas del gélido mar de Oz.
No tardaron más de dos horas en avistar la costa. Situado en un pequeño pueblo pesquero, los marineros de un embarcadero esperaban pasajeros. Azmor pagó el pase de todos, haciéndolos subir a una pequeña embarcación que recibía el nombre de Vientos de Plata. Habló después con el marinero, al que contrató para un viaje personalizado. Le hizo incluso entrega de las coordenadas exactas del que sería su destino, y el lobo de mar se las apuntó para no olvidarlas.
Sin más dilación, el barco zarpó rumbo a Explosia bajo las concisas órdenes de Azmor. Tyruss andaba cada vez más cerca, todos lo sabían, pero lo mismo podía decirse de Dorann.
Con los codos arrimados sobre la borda, Luna contemplaba melancólicamente las costas de Yettos. A medida que el barco iba adquiriendo velocidad, el litoral rocoso se iba volviendo cada vez más distante. Pronto, Yettos no sería más que un recuerdo. Tan solo esperaba volver pronto, y no en solitario. No lo consentiría.
Suspiró profundamente y un par de lágrimas efímeras se deslizaron por sus párpados hasta caer al mar de Oz, donde fluirían por la eternidad. La brisa marina zarandeaba su melena dorada, que había recuperado su brillo original cual candelabro al encenderse tras demasiado tiempo en desuso. La llama volvía a crepitar en su corazón.
Entonces, Wills se acercó lentamente hacia ella con las manos juntas en la espalda. Al llegar, las apoyó sobre la borda como si el mundo fuese suyo y arrojó la vista hacia la orilla de Yettos. El cielo se abría con delicadeza en un día libre de nubes.
—Nos espera un largo periplo —pronunció, acomodándose todo lo posible sobre el frío hierro.
—Y también cansino —Luna resopló de nuevo—. No puedo parar de pensar en Tyruss.
—No eres la única. Todos nos hemos puesto de acuerdo para arriesgar nuestras vidas por un viejo amigo, y ¿no es digno de admirar?
—Sí, pero también triste —pronunció decaída la mujer—. Tengo esperanzas, pero se desvanecen a cada rato. Renacen y vuelven a caer hacia el abismo, y así sucesivamente. Es frustrante.
Entonces Wills le colocó una mano sobre la arqueada espalda, atreviéndose a revolverle un mechón de su dorada cabellera.
—No sabemos lo que ocurrirá, eso está claro. Es normal que tengamos miedo, así es como somos: tememos todo aquello que desconocemos. Solo has de pensar que todo saldrá bien. Mira este hermoso paisaje —con la otra mano, Wills señaló la infinidad marina—. Relájate y confía en que Tyruss volverá a estar pronto con nosotros.
Luna arrojó una mirada condescendiente a Wills que pronto se hundió entre unas aguas que no llorarían por ella.
—Ojalá sea así. Ahora déjame sola, por favor.
Wills no dijo nada, únicamente asintió y se separó de ella. Retrocedió arrastrando los pies para volver junto a los demás, unidos en coalición dentro de la cabina y conversando sobre lo que les esperaba en Explosia.
A los mandos, el navegante se mantenía callado pero ardiendo de curiosidad. No todos los días solicitaba sus servicios un equipo de asalto que tenía como objetivo marchar hacia tierras inhóspitas con intenciones secretas.
Los ojos de Luna, reflejos gemelos del mar de Oz, titilaron sobre las aguas. Ellas no la abandonarían, pero no moverían un dedo por ella. El mar era una bestia indiferente, y sumamente ególatra.
Nuevas lágrimas se desprendieron después de haber rodado por sus mejillas, precipitándose contra la borda solo para desvanecerse en última instante en las aguas saladas. En aquellas gotas que en el gran azul se perdieron vivían los recuerdos de Tyruss. Había conservado con pasión esas memorias, pero no las necesitaría más. Pronto lo tendría frente a ella, y no tendría que vivir más de nimias evocaciones.
Todo volvería a la normalidad en cuanto pestañeara. Tan solo debía tener fe. Fe en todos, y también en sí misma.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora