Acto CXXXII: El antiguo corazón cae

11 3 0
                                    

Para que volviera a ver la luz que bañaba el mundo, Dorann llevó a Porthon al exterior. Como un obediente animal, su súbdito tomó asiento en una piedra. No le instó a meditar, pero de forma inevitable se vio forzado a ello. Todo poseedor de la mente lo merecía.
—Es irónico que esté haciendo esto contigo, Porthon —Dorann dio un profundo suspiro y bajó la mirada dándole vueltas a algo—. Quiero hacer de ti el guerrero perfecto, para que puedas luchar por mí toda guerra que a mí se me quede corta. Para ello debes tener un equilibrio entre sed de sangre y reflexión, pero no eres capaz de alcanzar la estabilidad —el joven se tambaleó voluntariamente hacia delante y detrás con sus botas—. Si te centras en un extremo, deseas la destrucción de todo sobre la faz del planeta; y, en el caso contrario, no dejas de darle vuelta al sueño de la libertad. Sé que, si te inclinas demasiado hacia el lado sanguinario, te consumirá, y casi que puede decirse lo mismo del otro extremo. Estoy jugando con fuego, Porthon, arriesgándome por ti, porque te necesito, al igual que tú a mí. Limítate a centrarte en lo que debes  y sírveme. Tendrás todo lo que deseas si lo haces.
Su súbdito lo miró, pero solo fue un instante. En sus ojos había dos mares enfrentados: uno de rabia y otro de culpa.
"—¿Y también a mi familia? ¿Dónde está?"
Pero se limitó a confiar en el silencio. De hecho, no pronunció una sola palabra en todo ese tiempo. Le bastaba con escuchar a su amo, también a la brisa marina. Las verdades de ambos no le sirvieron sino para cosechar más de los abruptos sentimientos que crecían en su alma.
—Fíjate en el sol —comentó Dorann de repente—. Nace y muere todos los días del año, pero no cambia de ser. ¿Cómo debe ser afrontar diariamente ese tormento eterno? —se preguntó—. Pues tú eres como el sol, Porthon, pero de una manera distinta. Estás en constante evolución, pero siempre de una manera revolucionario, y tu mente no se decanta por un bando. Deberías aferrarte a un sentimiento definitivo y conformar tu ser a partir de él. Aceptaré lo que sea, siempre y cuando me sirvas —se detuvo a admirar el astro rey—. Tal vez todos los poseedores tengamos que soportar tanta presión mental debido a nuestra superioridad genética. Es algo que los mundanos, que solo sueñan durante la noche, jamás podrán comprender.
En ese caso, el meditabundo Porthon se vio simplemente obligado a asentir con la cabeza.
—Destruiré lo que desees, Dorann —Porthon habló por primera vez, y lo hizo con un torrente de voz fiero, siniestro como las sombras—. Pero, a la vez, sentiré y padeceré. Haga lo que haga, estaré a tu servicio.
Dorann esbozó una sonrisa confiada en su rostro. Era todo cuanto esperaba de él.
—Así me gusta, Porthon. Eres el centinela que siempre he deseado tener.
Entonces, Porthon agachó la cabeza hacia él. Dorann colocó la mano sobre su greñuda cabellera en señal de posesión.
—Gracias por todo, Dorann.
—Lo mismo digo, Porthon. Por siempre fiel.

—Eso es, apunta al centro...
Diolo sujetó las manos del zagal para que apuntara a la diana. No podía moverse un solo centímetro.
—¿Así? —preguntó titubeante el aprendiz—. ¿Disparo?
—Solo si crees que vas a acertar, sí —soltando sus manos, Diolo formó una pistola con sus dedos y simuló apretar el gatillo.
El chaval estuvo a punto de hacer lo que su maestro le había ordenado, pero sus manos temblaban de una manera tan brusca que se vio incapaz. Por ello, el pistolero tuvo que sujetarlo por los hombros: no solo para apoyarlo, sino para controlar su nerviosismo.
—Dispara —le dijo con una suave voz.
El zagal no dudó entonces. Inmediatamente, la bala escapó del cañón y colisionó contra la diana. No llegó a rozar siquiera el medio, pero quedó al borde de hacerlo. El aprendiz se mostró eufórico tras observar sus resultados.
—¡Lo he hecho, lo he hecho!
Diolo le revolvió el pelo.
—Los he visto mejores, pero no está mal. Un poco más de práctica y ¡pam! —volvió a simular un disparo—, todos tus tiros serán certeros y darán en el centro.
El chico se ilusionó, tal vez demasiado.
—Nadie me ganará en esto.
—Así es, excepto yo —dijo un orgulloso Diolo—. A mí no me ganarás ni en mil años, y te lo digo desde la humildad.
Mientras tanto, Alissa reposaba en una silla de madera con las manos sobre las rodillas. No tenía trabajo por delante aún, por lo que no había nada mejor que aprovechar su tiempo libre para descansar y leer un poco.
No obstante, el ruido de la puerta al colisionar agresivamente contra la pared la abstrajo de su entretenimiento. Diolo se alarmó también, y el zagal, con la pistola todavía en mano, se asustó y dio un salto hacia atrás. Diolo le quitó entonces el arma, solo por si acaso.
—¿Qué estás haciendo con mi hijo? —preguntó una voz chillona y malhumorada que emergió por la puerta.
Alissa no tuvo ni que dedicar una sola mirada para saber de quién se trataba. Ni siquiera la conocía, pero le habían hablado de ella.
Y no con aprecio.
Diolo, con toda la calma del mundo, echó a andar hacia la mujer recién llegada, bloqueándole el paso. Advirtió que tras ella había entrado Yrook, el joven aprendiz de Alissa, con semblante consternado.
—Señora, cálmese —pronunció Diolo casi sonriendo—. Este no es lugar para discusiones, así que será mejor que baje su tono.
La irascible mujer pasó la mano cerca de su rostro a una velocidad inhumana, y Diolo casi palideció del susto.
—¡Cállate! —le gritó—. ¡Esto a ti no te incumbe!
Mosqueado, Diolo refunfuñó y retrocedió para volver su alumno. El pistolero había perdido la sonrisa confiada que lo caracterizaba, y eso que no era fácil que se desprendiera de ella. Era obvio que tan asalvajada mujer lo había sacado de sus casillas. Así pues, optó por darle tiempo para ver qué tramaba. Cuando verdaderamente lo encendían de furia, más de una bala surcaba el aire en busca de presas. Debía ser precavido.
—Por favor, mamá. Detente... —le exigió tras ella un aterrado Yrook, incapaz de mirarla a los ojos.
—Cállate, niño. De ti me ocuparé cuando volvamos a casa —le dijo su madre—. No vas a salir de tu habitación en una temporadita.
Alissa se cruzó de piernas sobre la silla y aguardó al conflicto con relativo sosiego, sabiendo con certeza lo que le esperaba. Días atrás había asumido que algo así acaecería tras haber sopesado las palabras de Yrook, así que había estado preparándose.
La madre de Yrook pareció sentir rabia por el único hecho de encontrarla sentada como quien no quería la cosa. Su expresión era de desinterés, como si todo aquello no fuese con ella.
—¡Tú! —la mujer señaló a Alissa con un dedo gordo cual morcilla, aunque ella ni se inmutó—. ¡Has estado entrenando a mi hijo sin mi consentimiento! ¡No tienes derecho a hacerlo!
Pero Alissa procedió a defender:
—Su hijo es ya mayor, y usted no puede oponerse a sus decisiones. Tiene derecho de hacer lo que quiera como adulto que es. Eligió ser mi alumno para que yo le enseñara a luchar, y no puede negárselo.
—¿Cómo? —el semblante de la mujer dibujó alarma, deformándose con las estrías que lo surcaban—. ¿Que no puedo controlar a mi hijo? ¿Insinúas —apuntó su dedo acusador a Alissa— que no puedo cuidar a mi hijito?
La maestra negó rotundamente con la cabeza.
—No quiero decir eso. Simplemente digo que ya es mayor de edad, ergo puede decidir por sí mismo. Demonios, si tiene casi veinte años.
—¡Me da igual! —exclamó la madre. Yrook abrió la boca tras ella, pero su voz quedó eclipsada por los alaridos de su progenitora—. ¡Yrook es mío, y yo decido lo que puede y no puede hacer! ¡No estuve dos días pariéndolo con todo el dolor de mi corazón para que ahora haga eso, y tampoco para que una entrenadora de pacotilla le enseñe a pelear! ¿Para qué?
Aquello acabó por enervar a Alissa, que se vio obligada a ponerse en pie para estar a su altura. Así fue que miró con desdén a la madre, constantemente a la ofensiva. Debía dejarle bien claras algunas cosas: solo así aprendería.
—Los hijos no son una posesión que pueda ser manipulada como un muñeco de trapo. Yrook debe ser libre para hacer lo que le plazca —la guerrera frunció el ceño—. ¿Me has oído? ¡Lo que le plazca! No quería decirlo, pero me has obligado a hacerlo. Que sepas que no eres una buena madre, porque una madre de verdad jamás manipularía a su hijo.
Entonces, el semblante de la madre se desfiguró por completo. Nada más ver cómo abría la boca, Alissa supo que iba a tener que soportar un vozarrón catastrófico.
—¡PERO QUÉ DICES! —aulló con una potencia inhumana, con la que incluso podría haber quebrado algunos vasos de cristal—. ¡YO PARÍ A YROOK, Y TÚ A CALLAR!
Alissa suspiró y se llevó dos dedos a la frente. Se estaba dando cuenta de que no había forma de hacer entrar en razón a la mujer. Por mucho que rebatiera sus argumentos, tan autoritarios y faltos de sentido, ella seguía contraatacando a base de arrogantes berridos.
—Está equivocada en todo lo que dice, señora —aseguró Alissa—. Más vale que se relaje y reflexione, porque no estamos llegando a nada con esta absurda conversación.
Con el rostro cada vez más arrugado por la rabia, la señora frunció los labios.
—Voy a dar parte de esto a la jefatura de Bastión Gélido. Se te va a caer el pelo, mujerzuela.
Alissa frunció los labios al oír su amago de insulto, pero no pudo evitar acabar soltando una risotada.
—¿De qué te ríes ahora? —le preguntó la furiosa madre.
—¿Que va a hablar con Berillio, dice? —Alissa sonrió—. De hacerlo, acabará peor de lo que ya está. Más le vale rogar que no la separen de sus hijos por ineptitud maternal. Además, yo misma soy parte del Consejo Gélido. Dudo que el resto del Consejo le haga caso.
—¡No soy una madre inepta! —escupió—. ¡Soy una madre que sabe cuidar de sus hijos!
Una vez más, Alissa se vio abrumada por los egoístas argumentos de la madre de Yrook. ¿Cómo podía alguien pensar así en tiempos tan fríos y convulsos?
—Yrook —lo llamó entonces Alissa, y el joven pareció palidecer—. Eres el centro de este debate. Decide tú pues, ya que estás en todo tu derecho de hacerlo.
Yrook titubeó.
—E-esto... Y-yo...
Yrook miró a su madre. Aunque lo estuviera tratando como a un saco de basura, no dejaba de ser su querida progenitora. Había pasado toda su vida bajo su ampara, nada podía combatir contra eso. Sin embargo, Alissa era su maestra, una persona atenta e inteligente de la que había aprendido tanto, y que además llevaba consigo la voz de la astucia.
Entonces, ¿corazón o mente?
—Vamos, niño. No seas tonto —le dijo su madre.
Yrook volvió a mirarla, y en el fondo de aquel rostro enrabiado encontró los ojos serenos de la que años atrás había sido una madre atenta, todo ello antes de perder cruelmente a su marido y su padre. No obstante, aquella mirada había sido reemplazada por otra, y Yrook lo tenía en cuenta. No volvería jamás a brillar como antaño, y eso no podía permitirlo. Le pesaba demasiado en el alma.
Acto seguido, Yrook agachó la cabeza y le dio la espalda a su madre. Así pues, caminó hasta su maestra para colocarse a su lado. Alissa esbozó una sonrisa de satisfacción (lo había entrenado bien después de todo), mientras que la madre del joven pareció que fuese a explotar de rabia animalesca de un momento a otro.
—¿Algo que decir, Yrook? —le preguntó Alissa de brazos cruzados.
—Sí —el joven no dudó esta vez—: Mamá, te quiero. Supongo que lo sabes —Yrook sonrió, mas pronto redujo el gesto hasta hacerlo desaparecer—. Pero esto no puede seguir así. Si continúas con esa actitud mezquina, tratando de controlarme como si fuera tu posesión, te negaré. Sé que puede sonar un poco cruel, pero... dejarás de ser mi madre. Alguien que me trata así no puede quererme, bajo ningún concepto. Has de comprenderlo.
A ambos les dio la impresión de que la mujer iba a escupir otro de sus salvajes gritos en cualquier instante, tratando de defender sus ideas contra las de su propio hijo. No obstante no lo hizo, sino que rompió a llorar tan inesperada como desconsoladamente, cubriéndose el rostro con las manos. Yrook se acercó a ella y la abrazó, reposando sobre ella toda la confianza que había estado al borde de perder.
—Y luego dicen que aquí nunca pasa nada —indicó en voz baja Diolo desde su guarida.
Justo en ese momento, Alissa supo que todo había salido como ella lo había planeado. Desde el primer latido tuvo claro que, si su palabra de maestra no surtía efecto, el propio Yrook sería su última baza. Después de todo, él era su hijo. Si él no podía devolverle el fulgor a los ojos, ¿acaso alguien sería capaz?

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora