Acto XV: Eterna guerra

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La justicia patrullaba los oscuros callejones de Necrópolis con impiedad. Durante una noche aciaga, un par de Cazadores hallaron entre cubos de basura a un misterioso joven de ojos como platos. Aquel chico transmitía algo extrañp, inexpresable para los agentes. Los curiosos Cazadores se acercaron, y él los detuvo de alguna manera que en un principio no pudieron explicar.
—O nos hemos topado con un experimento fallido del Gobierno —bromeó uno de los Cazadores—, o eso de ahí es un demonio disfrazado de chaval.
—No lo sé, pero es raro —aseguró el otro, mucho más serio—. Deberíamos llevarlo con el jefe. Él sabrá qué hacer con él.
Acto seguido, se acercó lentamente hacia el abandonado chico y le ofreció la mano. Al joven no le quedó otra que dársela. No tenía nada, y la idea de acompañar a unos agentes de seguridad le llamaba la atención.
El jefe de los Cazadores necropolitanos tenía visión a futuro, y vio potencial en aquel poder. Había escuchado hablar de gente como él, pero que habían desperdiciado sus vidas tomando decisiones de dudosa índole. Él haría de aquel individuo alguien de provecho, un héroe en toda regla.
Así pues, decidió educar y criar en la comisaría misma al chico para que se convirtiera en un Cazador pleno, adiestrado para la letalidad. Se convertiría el más excelso agente que conociese el cuerpo de los Cazadores, aseguró.
Con el tiempo, quien alguna vez fue un despojo abandonado se convirtió en un fiero guerrero. Sin caricias, sin abrazos, pero con una ambición. Segar la criminalidad se convirtió en la misión de su vida.
—¿Por qué Jiggs? —llegó a preguntar aquel zagal un día.
El jefe del departamento de los Cazadores, ocupado con sus asuntos, no se dignó siquiera a mirarlo. Aun así, respondió.
—Fue el primero de nuestra estirpe, y se convirtió en leyenda. Ahora, a callar. Tenemos trabajo por delante, y nosotros no fallamos.

—Soka —el furor de la batalla transformó la voz de Kayt en una más adulta—, ¡aniquílalos a todos!
Fiel como de costumbre, la tulpa levitó a dos palmos sobre el suelo y se dirigió hacia los Cazadores rápida como el rayo. Sus brazos se vieron cargados con unas cegadoras espinas de luz blanquecina que crecían y decrecían sin cesar.
Algunos Cazadores pensaron en primera instancia que no era más que una niña insolente. No pensaban lo mismo quienes la recordaban. Cuando los ojos del ser tulpa se tornaron blancos por completo, el comandante del escuadrón alzó su rifle. Acongojado, gritó:
—¡Disparad a lo que quiera que sea eso!
Las órdenes fueron llevadas a cabo, aunque en vano. No tuvieron siquiera tiempo para apretar el gatillo, pues fueron aniquilados vilmente por los rayos de luz, despedazados, mutilados y empalados sin piedad alguna por parte de Soka. Una masa de ensangrentados cuerpos se hizo una con la arena yacente, y de ellos brotó un pestilente hedor. Hubo aun así supervivientes, aunque por poco tiempo. Aquellos que aún se retorcían en el suelo intentando huir con las pocas fuerzas restantes fueron rematados por Soka. Los rayos fueron directos a la cabeza, fulminando toda vida cazadora. Nadie sintió ni pizca de pena por sus cruentas muertes.
Arie se desangraba en el suelo, y Kayt tuvo que agacharse al instante para comprobar si podía hacer algo por salvar su vida, que pendía de un delgado hilo a punto de desgarrarse.
—No me dejes, Arie... —suplicó Kayt, al borde de echar a llorar.
Arie sollozaba. La sangre corría por sus labios entre gemidos de dolor. Sus ojos se cerraban cada poco para abrirse con dificultad.
—Por favor... Kayt...
El joven se negaba a creerlo.
—No puede ser... ¡Widdle! —volvió la cabeza hacia él—. ¡Tienes la capacidad de sanar! ¡Ayuda a Arie antes de que sea demasiado tarde!
Aun llevando sobre el rostro la máscara de pico, era fácil percatarse de la pesadumbre que vibraba en la mirada de Widdle.
—Me temo que no puedo hacer eso, Kayt. Puedo percibir cómo las balas se han incrustado bien hondo, y me temo que es probable que hayan perforado los pulmones —se levantó la máscara, dolido—. El poder de la mente tiene la capacidad de sanarlo todo siempre y cuando se disponga de la energía suficiente, pero a la muerte no se la puede rivalizar. Lo siento.
Tanto se deprimió Kayt que rompió en llanto mientras con sus brazos manchados de polvo y sangre sujetaba la cabeza de una Arie que no viviría para ver el amanecer. Por instantes creía estar viviendo un sueño, pero era cierto. Después de lo de Dagro, perder a alguien tan importante para él era algo que no pensaba permitir. Pero ocurrió, y no pudo impedirlo. Los avatares del destino no eran piadosos.
—Lo siento mucho, Arie. No pude protegerte...
A pesar de la peliaguda situación, Arie le dedicó una preciosa sonrisa.
—No fue culpa tuya, Kayt... Nada se podía hacer, eran demasiados... Es más, creo que debo darte las gracias... —alzó hacia él una mano pálida, y el joven la sostuvo con pasión—. Puede que solo te conozca desde ayer, pero has sido el mejor amigo que jamás he tenido... He conectado contigo como con nadie, y nada me separará de ti, ni siquiera la muerte...
El tiempo se agotó, la parca hizo de las suyas. Los párpados se desplomaron, y el temblor de una mano que sujetaba cesó.
Kayt dejó el difunto cuerpo de su amiga en el suelo y se levantó mientras se secaba las lágrimas con la manga de la túnica. Sus pardos ojos eran víctimas del odio, marcados por unas profundas ojeras. Mientras que los demás se mostraban atónitos y sin saber qué más hacer, Kayt actuó justo como debía hacerse.
Se dirigió hacia Jiggs, el último superviviente de los Cazadores. Había acabado tirado en el suelo, exhausto tras la ardua batalla. Sendos desgarros lo habían debilitado, en especial una perforación en el muslo. Soka había decidido no acabar con su vida, pues sabía que su amo desearía hacerlo personalmente. Supondría su primer asesinato, pero estaba justificado.
—Supongo que este es mi final —el Cazador, la cabeza sobre las piernas de un compañero abatido,  observaba al serio chiquillo.
Kayt titubeó, pero no consiguió formular palabra. La cruel situación se lo impedía. Tuvo que concentrarse para preguntar:
—¿Por qué has provocado todo esto? —la voz del joven era de hielo—. ¿Por qué teniendo ese poder has perjudicado al mundo en vez de ayudarlo?
—No lo entiendes, iluso —Jiggs no podía haberse tornado más serio—. Hice lo correcto. Siempre lo he hecho. Se llama justicia, pero un pedazo de escoria como tú no puede comprenderla. Este mundo necesita violencia. No hay otra forma de hacerlo caminar. La bondad y el heroísmo que defiendes no llevan a nada.
—Te equivocas —le aseguró Kayt—. No hacías lo correcto. Por tu culpa ha muerto una chica inocente, además de un hombre muy sabio, uno de los últimos de los de su clase —apretó sus puños con vehemencia—. Aún tenía muchas lecciones que impartir, y tú se lo impediste.
—Nadie es inocente en este mundo, chico. Algún día te darás cuenta de que no estás en el bando correcto —la voz del Cazador Jiggs se iba desvaneciendo—. Existe el blanco, y también el negro. Al negro siempre se le atribuye todo mal por tener una forma más radical de hacer al cosas, pero a veces no es así. A veces, el ónice puede relucir más que el oro.
Ignorando sus delirios y reflexiones, Kayt extendió el brazo hacia la cabeza de Jiggs. El Cazador no le quitó los ojos de encima al joven vengador, como si quisiera que su mirada permaneciera en su memoria incluso después de haberse ido.
Al cerrar el puño, Kayt mandó ondas destructivas hacia la cabeza del Cazador. La reventó desde dentro en mil pedazos, dándole un final justo a aquel ser desalmado, tan distante a lo humano. El escuadrón había caído, mas a un caro precio.
—Menuda masacre —Diolo fue testigo del horror de los cadáveres mutilados—. ¿Existe acaso una excusa para esto?
—Por supuesto —Azmor, cabizbajo, tenía una respuesta—. La manipulación puede solucionar muchas cosas.
A los pocos minutos, la policía entró en escena. Sintieron espanto por lo ocurrido, y con razón. Azmor tuvo que hablar detenidamente con ellos, y fueron muchas las señales de control mental que emitió. De no haber sido así, hubieran ido directos a un calabozo. Les mostró el cuerpo de Arie, víctima de la impiedad cazadora. No hicieron falta poderes mentales en ese instante para que los policías tuvieran compasión con ellos. Pudieron dar la espalda a los policías sin necesidad de verse involucrados en asuntos mayores y, por tanto, les tocó seguir con su vida normal. Aunque, sin lugar a dudas, ya nada sería del todo igual. Para Kayt, no volvería a haber normalidad jamás. ¿La había habido siquiera alguna vez? No estaba seguro.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó el chico, desesperado. La derrota lo abrumaba—. ¿Vamos a seguir con esto como si nada?
Azmor no levantó la cabeza del suelo. El sombrero ensombrecía su semblante irritado.
—No me preguntes, Kayt. No lo sé —Azmor estaba tan apenado como él—. Para que veas que hasta los más sabios dudamos en momentos de crisis.
Kayt levantó hacia él la mirada, a sabiendas de que quizá no se la devolviera.
—Pero siempre hay una respuesta, ¿no? —el chico parecía muy convencido.
—No siempre —dijo el maestro—. Algunas veces no hay contestación que valga, ni palabras que puedan zanjar lo que concierne.
—Decías que todo lo puede lograr el poder de la mente —le recordó Kayt—. ¿No puede acaso darle una respuesta a esa pregunta?
Azmor, alicaído, se lo pensó. Era una cuestión excelente.
—Pues claro que podría, pero piensa que no tendríamos poder suficiente para ello ni aunque aunáramos fuerzas —aclaró. Parecía cansado de tanto hablar—. Somos seres incompletos, faltos de energías. Aún nos queda mucho para alcanzar la máxima sabiduría y poder responder a cualquier pregunta, que, al fin y al cabo, es lo que todo poseedor del poder de la mente busca. Solo soy un maestro, no una Leyenda.
Kayt frunció el ceño sin dejar de caminar bajo el abrasador astro solar.
—¿Crees que me convertiré algún día en una Leyenda? —le preguntó a Azmor con intriga.
—Solo el destino conoce el devenir, Kayt, y quién sabe si hasta él mismo duda.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora