Una vez más, una intensa batalla bañada de sangre y vísceras se desató frente a los ojos de los habitantes de Bastión Gélido. Nadie sabía cómo, pero el malvado Nevkoski había conseguido rearmar su devastado ejército, conformando ahora uno mucho más poderoso y mejor estructurado cuya primera tropa en vanguardia consiguió causar estragos entre las filas gélidas. Salvajes lanzas y viles saetas de las ballestas diezmaron a sus enemigos. Los sobrevivientes trataban de tomar venganza con un contraataque fulminante, mas sus escudos eran demasiado rígidos como para penetrar en ellos. Lo tenían todo perfectamente ideado.
Que aquellos que pasaron a componer el ejército de Nevkoski eran muy distintos a los de la última vez no pasó desapercibido a ojos de nadie. Vestían pieles de animales salvajes, se comunicaban a base de balbuceos y no se asemejaban a facinerosos ni criminales. Eran entre sus filas pocos los que portaban armas de fuego. Ocurría al contrario que con el original ejército de Nevkoski, cuya potencia de fuego era lo primordial. Las nuevas legiones no necesitaban destrucción balística para hacerse notar entre los adversarios.
Veloces como gamos, Tyruss y Luna formaron equipo para colocarse juntos entre las primeras filas del ejército. Así, sin armaduras ni refuerzos, intentaron acabar con la mayoría de enemigos a base de disparos precisos. Eran demasiado temerarios, pero no parecía preocuparles.
Mientras avanzaban entre la muchedumbre furiosa, los guerreros aprovecharon para dar algunos precisos tiros. Directos a las cabezas, acabaron con más de una vida enemiga. Y, al llegar al frente, la ráfaga de pesado plomo prosiguió. Las bajas comenzaron pronto a contarse por diez, veinte e incluso treinta.
Espantado, uno de los hombres embozados con pieles usó su escudo de hojalata para proteger a una de sus posibles víctimas. La coraza sobre su pecho lo protegió de una bala directa al corazón, e iracundo corrió hacia ellos empuñando una gran espada ondulada con la que decapitaría a alguno de los dos. Finalmente se decantó por Tyruss, contra el que arrojó un tajo. Mas el joven se agachó a tiempo, disparando a su vez. El enemigo usó de nuevo el escudo, pero el joven tenía un plan. Habiendo penetrado en la superficie, disparó de nuevo de forma infalible. Así pues, fue lo suficientemente rápido como para lograr que el proyectil atravesase el agujero y alcanzase un abdomen que lloró sangre. Derrumbado el adversario, Tyruss prosiguió como si nada hubiera pasado. Al mismo tiempo, Luna lo cubría con una precisión extraordinaria de la que pocos podían fardar. Ni siquiera había quien osara a devolverle un disparo vengativo.
No muy lejos de allí, Inisthe se había adentrado en la cruenta batalla sin más arma que su mano metálica. Le había sido entregada una coraza para estar a salvo de ataques repentinos, aunque era escaso el uso que le daba. De mayor utilidad le resultaban los dedos afilados de hierro, con los que iba directo al cuello de sus más pérfidos enemigos. No era fácil para él ser tan rápido y preciso, pero tenía cierta experiencia a esas alturas.
Inisthe consiguió acabar con celeridad con la vida de tres hombres, aunque uno de ellos dejó sobre la piel de su rodilla un corte profundo antes de ser asesinado. Su movilidad empeoró justo entonces. Al ver como una debilidad la dificultad con la que el soldado llamado Inisthe había empezado a desplazarse a través del campo de batalla, una mujer ataviada con pieles negras y de mirada aún más oscura pensó en él como su dulce presa. Empuñaba un hacha, y decidió irrumpir en sus carnes por la espalda. El manco, encogido y malherido, no sabía cómo reaccionar. Con un arma tan simple como su propia mano artificial, la agilidad no le serviría de nada en aquel cruel instante.
Pero entonces, un arma inesperada atravesó el cráneo de la chica y emergió por su boca acompañada por una explosión de sangre. Al percibir su caída mortecina y el salpicar del rojo a su alrededor, Inisthe se quedó estupefacto. Descubrió así que quien le había salvado había sido Artur gracias a uno de sus tehraks, su fiel pareja Lauren a un lado. La mujer controlaba con las ondas manuales a un par de grandullones, a quienes eclipsó a pesar de su inferioridad física.
Contemplando los ojos del combatiente, Inisthe comprendió que era hora de cambiar su actitud desdeñosa. Así, le dio las gracias a quien antes había despreciado hasta la muerte y se levantó con la ayuda de su mano para luchar con valía a su lado.
La batalla se volvía cada vez más encarnizada a medida que el tiempo transcurría. Los cadáveres comenzaban a contarse por decenas sobre una sufrida nieve. Si se deseaba avanzar, uno debía hundir los pies sobre la carne muerta de los recién fallecidos hasta inundar de sangre fresca sus botas. La escena era completamente macabra, y el olor inmundo solo conseguía encrudecer aún más la ominosa situación de los luchadores.
Debido a ello, no fueron pocos quienes se vieron obligados a retirarse a la retaguardia para vomitar hasta no sentir las tripas. Ya volverían a blandir sus armas cuando mejoraran, si es que llegaban a hacerlo. Otros muchos decidían tomar su malestar como ventaja al devolver lo que aquella misma mañana habían devorado sobre sus enemigos y hacerlos chillar de horror putrefacto. El desecho estomacal no solo era pútrido y excesivamente repugnante, sino que bullía a tal temperatura que arrebataba la visión y cocinaba los ojos en las mismas cuencas. Era entonces cuando se les hundía una espada en el vientre y todo para ellos se nublaba, y de una manera de lo más humillante además.
Como una especie de bomba extraña había caído sobre Bastión Gélido, una gran cantidad de habitantes inocentes decidió huir para salvar sus vidas en caso de que una segunda se desplomara sobre sus cabezas. Los muy asustados pobladores salieron corriendo como locos hacia el oeste en busca del sendero de nieve, allí donde la batalla aún no se había asentado. Mas las tropas de Nevkoski, que de nadie se apiadaban, acabaron acribillando hasta a quienes no habían tenido oportunidad de desafiarlos. Los viles tiradores al servicio del risueño jefe abatieron a todo aquel que tratase de desaparecer entre lágrimas, ya fuesen adultos o niños. Hasta los bebés perecieron ahogados en los brazos de sus desesperadas madres.
Algunos de los más osados comprendieron que merecía la pena aunar su limitado poder a la causa en lugar de huir con la muerte a los talones. Al seleccionar armas que alguna vez pertenecieron a los vivientes, se enzarzaban sin miedo a la muerte en la contienda. Combatían al lado de desconocidos con el único fin de salir victoriosos en la defensa del hogar que una vida aceptable les había entregado. Podía decirse que era el último refugio digno de Leurs, y por ello había de ser protegido costara lo que costase.
Incluso, Plant y Wruf unieron sus fuerzas para rivalizar a los soldados enemigos. Enemigos por una idea, ahora juntos por una causa superior a la mortandad. Era entonces, en cruciales batallas que tanto implicaban, cuando las personas dejaban a un lado sus diferencias para aunar su poder. Al fin y al cabo, de la unión dependía vivir o morir.
—¡Wruf, dale a ese! ¡Al de las greñas! —le exigió Plant señalando hacia detrás con el pulgar mientras se ocupaba de un segundo a base de disparos—. ¡Que no escape con vida!
—¡De acuerdo! —exclamó Wruf decidido, arrojando con torpeza una daga. El acero volante acabó alcanzando la pantorrilla del hombre, clavándose con profundidad hasta tumbarlo—. ¡Toma ya!
Tras conseguir derrotarlo sin llegar a matarlo, Wruf se alegró tanto que empezó a dar continuos brincos de júbilo en mitad del campo de batalla. Se sintió como un héroe, a pesar de estar rodeado de soldados implacables que abatían a tres enemigos por latido.
—¡Chúpate esa, desgraciado! —gruñó—. ¡No hay quien pueda conmigo!
Mientras el otro disfrutaba de su euforia, Plant acabó con el hombre al que había estado plantando cara. Un disparo de su escopeta en pleno pecho le arrancó de cuajo la vida, tal crueldad en la ejecución que casi vio su alma escapar directa desde el corazón. Al reaccionar, avistó el peligro atosigando a su excéntrico aliado. Alarmado, corrió hacia él tan rápido como pudo, agitando las manos de arriba abajo como si le fuera la vida en ello. Realmente no la suya, pero sí la de su compañero.
Al alcanzarlo, saltó de forma osada y lo empujó hacia un lado. Wruf golpeó su cuerpo contra el de un camarada asesinado y su cabeza se hundió en la nieve. Quedó así a salvo, algo de lo que su aliado no pudo presumir.
Fue entonces cuando un par de espadas curvas penetraron en la carne de Plant a través de los costados. Le provocaron un par de cortes profundos que dieron buena cuenta de sus entrañas. Cuando las hojas fueron retiradas, el soldado cayó al suelo mientras tosía sin parar, expulsando sangre a borbotones por la boca.
Los ojos de vuelta al horror bélico, Wruf presenció la caída del héroe hasta quedar horrorizado. Por suerte para él, se había derrumbado justo donde la mano de un cadáver se extendía con una pistola aún sujeta. De forma instintiva, Wruf la recogió cual regalo inesperado y disparó. Nunca lo había hecho hasta entonces, mas la eficacia se acrecentaba en los momentos más críticos. Las balas del joven liquidaron a uno y dejaron malherido al otro. No tardó en olvidarlos para asistir a su compañero.
—¡Plant, por favor! —dejó a un lado la pistola y se dirigió gateando hacia él—. ¡Dime que me oyes, amigo!
Amigo. Así sintió que podía ahora nombrarlo. La amistad que había nacido entre ambos en el fragor de la batalla era del todo cierta, dejando todo un deshonroso pasado atrás.
Al alcanzarlo, sacudió su torso con unas manos trémulas y teñidas de rojo. Por mucho que tratara de hacerlo reaccionar, no lograba nada. Se temía que ya era demasiado tarde para reanimarlo. Había dado sin cuestionárselo siquiera su vida por una persona que antaño lo había despreciado y odiado, y Wruf no pudo evitar romper a llorar sobre su cuerpo lánguido. Había sido, en toda regla, un héroe.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
PertualanganUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...