Acto CXLVIII: Cúspide de la eternidad

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Después de soportar a duras penas el letal clima nocturno, Kayt y D'Erso asumieron que estaban ante la calma que predecía a la tormenta.
Y, además, de forma literal.
La nieve se acumulaba en empinados montículos que la ventolera del día previo había dejado, y los distantes cantos de los pájaros rezaban por la paz de un sosegado día que pronto se desvanecería. Kayt lo sabía bien: como un buen guerrero, las tormentas siempre arremetían cuando menos se las esperaba. Su espada era la evidencia, aunque incluso ella sería inútil cuando la furia de lo inhóspito se alzara en el cielo.
—¿Te he dicho ya que no me gusta este sitio? —dijo D'Erso, los ojos entornados—. Siento que debo estar alerta en todo momento y eso me resulta incómodo.
Kayt apoyó los brazos bajo la cabeza.
—Y pensar que estábamos deseando dejar Pkrell...
—La ironía, Kayt. No es agradable juguetear con ella. Siempre se cobra su recompensa.
—Y que lo digas.
Igualmente, D'Erso no volvió a abrir la boca. Temía demasiado la idea de que una peligrosa tempestad arremetiera contra ellos con toda su rabia indiscriminada. Algo similar les había ocurrido la noche anterior y resultó tedioso, a pesar de no haber sido sino un débil preludio. Aún no habían sido testigos de la verdadera cara de la Cindirious más salvaje.
El paisaje que tuvieron que transitar se mantenía sumido en una inquietante calma donde el único sonido lo producían las aves cantoras. Los árboles habían quedado atrás, por lo que todo era un yermo desierto. El cielo se mantenía despejado, aunque la luz solar que llegaba era tenue, insignificante, incapaz de aportar nada. Kayt lo apreció, pues conocía lo que era que atravesar a pie un desierto a pleno sol. Allí, teniendo en cuenta que seguían en un tardío invierno y que el norte era siempre frígido, no se achicharrarían como insectos bajo un foco de luz ilimitado.
Más bien todo lo contrario.
Koda se detuvo ante un solitario árbol de tronco grueso para comer. Pasó largo rato frente a sus ramas, devorando todas las hojas verdes e ignorando las mas mustias. Mientras, Kayt observó cómo D'Erso no paraba de agitar las piernas.
—¿Te pasa algo? —le preguntó, dudando.
D'Erso apretó los labios, avergonzada.
—Tengo ganas de...
—Pues baja —interrumpiéndola, Kayt señaló hacia abajo con la mano.
—Pero es que no hay árboles...
—¿Cómo que no? —con la barbilla, Kayt apuntó al único que tenían a la vista—. Lo tienes frente a ti.
—No es que ofrezca mucha intimidad, ¿sabes?—la chica se ruborizó, cubriéndose el rostro con la mano.
—No debe haber nadie por aquí a kilómetros a la redonda, D'Erso. Y, en cuanto a mí, te aseguro que no voy a mirar. No sé por quién me tomas —dibujó una mueca divertida—. Koda quizá lo haga: es inevitable, mide casi cuatro metros.
Mientras tanto, Kayt aprovechó los minutos de soledad para meditar en silencio, tomando contacto con la esencia natural de Cindirious. Ciertamente, presentía que se avecinaba algo hostil. La nieve, la brisa y las escasas plantas cantaban fúnebres baladas de mal augurio.
Una vez D'Erso volvió al lomo de Koda, continuaron la travesía por tierras cindirianas. Si ya se les hizo en algunos momentos cansino atravesar los bosques nevados de Duttos o Pkrell, Cindirious tenía la cualidad de ser tan aburrida como una solitaria tarde de domingo. Sin nada más que nieve en kilómetros a la redonda, sin el más mínimo rastro de un matojo marchitado en el pasado. A veces incluso pensaban que dormir la siesta sería mejor opción.
Entonces, D'Erso se tumbó boca arriba para observar en paz un cielo en calma. Kayt descubrió que no era mala idea, por lo que la imitó y suspiró cuando sus ojos a diferentes alturas admiraron el mismo esplendor.
—Parece mentira que el cielo sea lo más entretenido que hay a la vista —dijo D'Erso con voz dulce, los cabellos desperdigados sobre el pelaje de Koda.
—A veces me encantaría desarrollar alas, desplegarlas, volar por los cielos y no volver jamás a la tierra —comentó Kayt con tono pesaroso. Pestañeó múltiples veces.
—¿Jamás? —preguntó D'Erso, que no levantó la cabeza.
—Tal vez bajaría alguna vez para no estar solo. El cielo quizá me hiciera libre, pero me alejaría de la compañía humana. Y si algo he aprendido últimamente es que no quiero tal cosa.
—A menos que yo te acompañara en el vuelo.
Kayt alzó la cabeza, mirando a una concentrada D'Erso cuyos inmensos ojos pardos seguían clavados sobre el firmamento invernal.
—¿Harías eso por mí? —le preguntó.
—Por ti, y sobre todo por mí misma —D'Erso dejó caer los párpados—. A mí tampoco me gusta estar sola, y contigo es con quien mejor me lo paso.
—Lo mismo digo —Kayt espiró por la nariz—. Espero que nunca tengamos que distanciarnos. No lo soportaría.
—Yo tampoco, pero creo que no tardaríamos en encontrarnos de nuevo. Un íntimo lazo nos une de alguna manera.
—¿Tú crees? —Kayt se ruborizó de forma disimulada.
—Ajá.
—¿Por qué?
—Porque jamás había estado tan cerca de nadie.
Kayt arqueó una ceja con incertidumbre.
—¿A qué te refieres?
—A que nunca había pasado tanto tiempo con nadie, ni nadie me había tratado como tú, Kayt —la ternura se apoderó de su voz—. Fui escoria para todos durante años. Me trataron como a un objeto, y nunca fui dueña de mí misma. Llegué a odiar al ser humano por el trato que me dio, y me prometí a mí misma que no volvería a confiar en nadie. Pero tú me demostraste que no todo estaba perdido, y es gracias a eso que ahora soy quien soy.
—Algunos estamos para eso: para demostrar que aún hay esperanza —Kayt recostó la cabeza sobre sus brazos, usándolos para tener visión fija sobre el cielo—. O al menos intentarlo, porque no siempre se tiene esa suerte.
D'Erso pasó el resto de la plácida tarde en la misma postura, contemplando el celeste con la única intención de no preocuparse por lo inminente. Entre tanto, a Kayt le dio por meditar y aprender a controlar mejor las ondas con el empleo de las piedras preciosas. El pedazo de amazonita le permitía almacenar y extraer energía cada vez con mayor eficacia, todo gracias al vínculo que, como si de un ser vivo se tratara, había sido capaz de establecer con su amuleto.
Durante la fría noche, la lluvia se solidificó rápidamente dando origen a una brusca granizada. Al principio Kayt y D'Erso no le dieron gran importancia, pero tan pronto como  las precipitaciones se acrecentaron fueron testigos del auténtico terror. Kayt fue quien peor lo pasó, puesto que su instinto le decía que la tormenta era próxima e inevitable. Los vientos que se alzaban vehementes eran señal inequívoca, preludio a la más impía acometida.
Eso no impediría a la imperturbable Koda continuar hacia delante, pero Kayt y D'Erso, simples humanos sin ninguna adaptación térmica, no lo tendrían tan fácil.
—Ya está aquí —declaró con voz gélida Kayt de pronto.
D'Erso se estremeció, siseando. Sabía bien que no fallaba en esos aspectos, y si lo decía era por algo. La idea de asumir que no podían hacer nada por evitarlo le resultaba amarga, pues la naturaleza era un poder irrefrenable. ¿Quiénes eran dos mortales para decirle qué podía y no podía hacer? Los ruegos no solo serían ignorados, sino además convertidos en alaridos.
Entonces, Kayt hizo memoria en sus archivos. Había tratado de detener la tormenta de arena que los dejó atrapados en un templo de Bistario, con resultados claramente decepcionantes. Sin embargo, había acabado desafiando a la propia tempestad con éxito. El ser humano no podía frenar algo tan magno, pero sí afrontarla. Podía hacerlo, intentarlo en todo caso, pero ¿merecería acaso la pena? D'Erso y Koda estaban junto a él: tenía demasiado que perder.
El momento indeseado llegó definitivamente, y la tormenta los golpeó en primicia y con rencor. Ambos resistieron manteniéndose unidos, sus brazos aferrados como barras de hierro. Kayt generó un manto de ondas para resguardar a su amiga, dejándose a sí mismo al descubierto. Su seguridad era una nimiedad frente a la de D'Erso.
Kayt tenía en mente que podría aguantar así por un buen tiempo. Seguramente llegara el momento en que se quedara sin energías para mantener estable el escudo, o que él mismo acabaría exhausto, por lo confiaba en que la tempestad nívea cesara antes.
"—Pero los deseos son mentiras piadosas. ¿Es que no te acuerdas de Soka?"
Mandó a callar a aquella maldita voz. Por sabia que pudiera ser, era un incordio.
Ni siquiera tuvo que acaecer alguna de aquellas dos hipotéticas opciones para que Kayt se sintiera bajo amenaza. En la temprana noche de cielo estrellado la tormenta se recrudeció, haciendo que el poseedor comenzara a flaquear. Sus músculos rilaban por muchas capas de cálida ropa que cubriesen su piel, y su rostro se había vuelto lívido, los dientes chasqueando y la nariz congestionada. No solo era incomodidad, sino también dolor.
El incesante viento invernal era tan afilado como un cuchillo. En aquellos duros instantes, Kayt dudaba acerca de qué más letal: el pleno sol desértico o las gélidas tormentas. Del ataque del astro solar al menos había logrado escapar, pero no tenía claro que de la venganza del invierno fuese a hacerlo.
Intentando abstraerse del tormento que lo azotaba cual despojo, Kayt se adentró en su mente. Se concentró todo cuanto pudo y congregó cada onda de su ser, pero incluso bajo tales distracciones no pudo aislarse del profundo dolor capaz de hacer gritar hasta al más valiente cuyos huesos corroyera. Trataba de pensar en cualquier cosa agradable para escapar de la ira natural, mas no veía otra cosa sino penumbra y dolor, el martirio y la muerte ascendiendo entrelazados alrededor de su cuello. Lo envolvían, ahogaban, lo dejaban sin aire y después se alimentaban de su cruento cuerpo. Ese era su único destino.
Desde aquel ineficaz refugio mental, Kayt trató de estudiar las mentes del resto. D'Erso solo albergaba un sentimiento: miedo. No podía pensar en nada más que en la tormenta a su alrededor, y en si ese sería su final. El manto de poder que la envolvía no le impedía sentir deseos de tirarse del pelo en su desespero.
Pero lo que más preocupó a Kayt fue Koda, cuyo sufrimiento era una obviedad que no requería de ondas para ser detectado. Kayt sentía el latido de su dolor y su agotamiento: su respiración se volvía brusca, forzada, indicando que no aguantaría mucho más.
Y, si la portentosa mastodonte caía, todos estarían perdidos.
La tormenta no tenía aspecto de ir a menos, y Koda estaba al borde de desfallecer. A Kayt tampoco le sobraban las energías, y pronto no podría seguir protegiendo a D'Erso. Se sentía hecho polvo, congelado cual cubito de hielo incapaz siquiera de parpadear. Incluso sorber por la nariz era un infierno que le paralizaba el cerebro desde dentro.
A la desesperada, Kayt rogaba por todo en el mundo conocido que aquel no fuera su final. No quería yacer eternamente bajo la turba congelada de Cindirious, mucho menos sin haber zanjado su conflicto fraternal. Sería un final demasiado trágico, una decepción en toda regla. Todavía más tortuosa era la idea de que no sufriría la eterna condena en solitario, sino que D'Erso lo acompañaría en su vil letargo.
Y eso no lo podía permitir, bajo ningún concepto. Si alguien tenía que caer, que fuera únicamente él.
"—Y como un maldito héroe".
Koda no tardó en derrumbarse, sus rodillas flexionándose cuando sus patas como pilares no pudieron más. Kayt, jadeando y con la sangre helada en vena, la vida escapándosele por cada orificio, se vio obligado a desbloquear el escudo. D'Erso estaba ahora desprotegida, y las consecuencias de ello podrían hacerlo ahogarse en lamentos ponzoñosos.
Entonces, lo vio todo perdido. Ante él se encontraba la misma muerte, embozada con sus mejores galas, y no había forma humana de ahuyentarla.
Él no, pero quizá alguien más sí.
Una presencia negra extendió los brazos alrededor del cuerpo fatigado de Koda, envolviéndola. En ese instante, un Kayt al borde de la inconsciencia vio la última luz del firmamento.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora