Acto CXVIII: El peso del alma

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Cuando por fin despertó, tenía manos y pies atados a unas fuertes cadenas de acero. Se encontraba en un oscuro rincón de aspecto pérreo por el que las corrientes de aire corrían gélidas, y la única luz provenía de un tenue candelabro.
Porthon no sabía cómo demonios había llegado hasta allí. Simplemente recordaba lo estúpido que había sido al desafiar a Dorann, solo para caer ante un simple chasquido.
No podía sentirse más decepcionado consigo mismo. ¿Cómo se podía ser tan inútil para caer así? Pensaba que Dorann debió haberlo matado en vez de encadenarlo en un sótano, sometiéndolo al remordimiento.
Aunque, conociendo al Dracorex, era eso mismo lo que debía desear.
Porthon trató de usar el poder de la mente para quebrar las cadenas que lo sujetaban a la pared, mas no pudo. No por el hecho de que fueran sumamente resistentes, sino porque era incapaz de emplear todo su potencial. Algo misterioso se lo impedía, y no sabía qué. Era como si algo le hubiera arrebatado toda energía vital.
Respecto a la pregunta de quién, no hacía falta una respuesta.
—¡Dorann! —gritó con la furia de una bestia, y el eco de su nombre retumbó por todo el pasillo.
¿Dónde se encontraba exactamente? Porthon nunca había estado en un lugar así. Pensó que se podía tratarse de algún rincón subterráneo de Palacio Boureaux, pero era improbable. Si hubiera existido un sitio así, Dorann se lo hubiera mostrado en el pasado. Además, Tyruss habría sido encerrado ahí en lugar de en un cuarto cualquiera. Estaba claro que no se encontraba en Palacio Boureaux.
En cambio, el palacio soular tenía todas las papeletas. Porthon lo había visitado con anterioridad y, aunque no hubiese ubicado un sitio así, era probable que tan enrevesados pasillos condujesen a alguna estancia oculta. Sin embargo, ¿cuánto tiempo había debido pasar? Si Dorann se había mudado definitivamente al norte de Explosia, eso significaba que llevaba inconsciente bastante tiempo. Demasiado, tal vez.
—Feliz año nuevo, Porthon —se dijo a sí mismo con toda su ironía.
Al cabo de un tortuoso rato, el prisionero consiguió visualizar una estilazada figura recorriendo el pasillo, sus pasos cautelosos. Era tal su ausencia de poder que ni siquiera había podido detectar esa presencia. Desde luego, mucho menos podía esperar contraatacar.
A apenas a unos metros de él, Porthon reconoció perfectamente aquel rostro: Dorann Dracorex. Iba desarmado y con el cabello cayendo lacio a ambos lados del rostro. Portaba lujosas prendas combinando el negro y el rojo, con dos medallas doradas engarzadas con cadenas y la umbría capa a ras del suelo.
—Tú... —pronunció Porthon con todo el rencor del mundo. Sus ojos contenían tanta furia que parecía que fueran a salir disparados de sus órbitas.
Dorann esbozó una sonrisa confiada, en busca de provocar al traidor.
—Vaya tela —comentó con disgusto—. No esperaba tu felonía, Porthon. Bueno, en realidad sí, y desde hacía tiempo —se señaló a la sien—. Mis ondas me lo confesaron. No esperes misericordia. Eres un traidor, y serás tratado como tal. Ahora te encuentras en Villa Dracorex, aunque para mi padre es Villa Schwarz. Ya sabes como es él.
—Me importa una mierda tu padre —bufó Porthon—. Tú eres el culpable de todo esto.
Aunque no estuviera en condiciones de usar sus poderes, Porthon presionaba de tal manera las cadenas que parecía que fuera a romperlas usando solo fuerza bruta. Aun así eran de un acero de la mejor calidad, por lo que lo único que conseguiría sería ceñirse aún más de rojo las articulaciones.
—Es en vano que lo intentes —le dijo Dorann—. Te he arrebatado toda tu energía mental y me he nutrido de ella, por lo que las ondas tardarán en volver a ti.
—Y, cuando vuelvan, te rebanaré el cuello.
Entonces, Dorann se llevó la mano a la espalda, desvelando su querido látigo de titanio. Recién afilado, relucía más que nunca.
—¿Con esto?
Porthon se sacudió cual fiera de circo.
—¡Eso es mío! ¡Devuélvemelo! —gritó con el vozarrón de un titán iracundo.
Dorann blandió el látigo en el aire, controlando cada hoja con su don mental, y después volvió a enfundarlo.
—No —dijo rotundamente—. Te lo devolveré cuando vuelvas a incorporarte a mis filas.
—Jamás —declaró el prisionero.
—No quiero matarte, Porthon —Dorann se acercó con lentitud a él, levantándole la cabeza con dos dedos. Aquel rostro enrojecido lo escrutaba fijamente—. Me sigues siendo útil, puesto que yo mismo te entrené y di el título oficial de Cazador de Élite. Un traidor muerto no vale de nada, ¿sabes? Volverás conmigo.
—¡NO! —Porthon desplegó los colmillos como un lobo salvaje.
—No estés tan seguro —Dorann asintió con la cabeza seguidas veces—. No tienes opción.
—Te equivocas —gruñó el centinela con voz gutural—. Yo construyo mi propio camino, y nadie decide por mí sobre lo que debo hacer. Tú me arrebataste a mi familia, Dorann. Me lo quitaste todo —apretó todo lo que pudo los puños, pues casi ni le respondían—. Todo.
Entonces, Dorann volvió a liberar una irritante carcajada.
—Yo no le hice nada a tu familia —declaró—. Tu esposa murió, y supongo que tu hija también. Cuando te localicé estabas solo, igual que ahora.
Porthon tragó saliva.
—No estaba solo. Nunca lo he estado.
—¿Acaso podías caminar entre muertos? —le preguntó Dorann arqueando una ceja—. No seas ingenuo, Porthon.
—Puede que yo no te mate —asumió el prisionero en ese instante—, pero Kayt lo hará. Está destinado a darte fin.
Dorann escupió una risotada grave y fluida.
—¿Ese chiquillo tan crédulo? Jamás —su rostro mutó a algo escalofriante—. Su enclenque maestro está muerto, y su tulpa ha desaparecido por siempre. Está solo, y su energía se ha reducido drásticamente. No tiene forma de derrotarme.
El rostro de Porthon se apagó de un momento a otro. Si sus palabras eran ciertas, Kayt había sido neutralizado y con él sus esperanzas de ver caer a Dorann. Nunca le había agradado su hermano ni todo por lo que luchaba, y sabía que, si se lo encontraba alguna vez, se enfrentarían inevitablemente. Sin embargo pensaba en él como en una especie de salvador, aquel que desafiaría y vencería a Dorann y su tiranía.
Pero, en ese momento, era imposible. El impasible Dorann Dracorex estaba un paso por delante de todos.
—Si no es él, será otro. Kayt no es el único.
—No ha nacido quién. Supongo que recuerdas a Gorgóntoros —Porthon asintió difícilmente, escuchando con atención lo que Dorann le decía—. Está en plena busca y captura de usuarios fugitivos del poder de la mente, y tiene licencia para liquidar. Está eliminando a todos mis posibles rivales, y nadie puede detenerlo. Tiene el factor sorpresa de su lado.
Justo después, Porthon dejó caer hacia abajo la testa. No le quedaba nada para rebatir a Dorann, pues, verbal o físicamente. siempre encontraba una manera de prevalecer.
Lo tenía todo bajo control, y así había sido desde el primer instante. Dorann jugaba con todas sus cartas desde el inicio de la partida.
—Di lo que quieras —declaró el guardián—. No importa. Tarde o temprano te llegará la hora. Si no es obra de nadie, acabarás por matarte a ti mismo.
—Nadie es inmortal. Tendré que morir en algún momento —Dorann se encogió de hombros—. Tan solo sé que ese momento no llega aún. Ahora, debo hacer grande a Villa Dracorex. Por mi honor de Dracorex.
Y así lo dejó solo, abandonándolo a su suerte en un doloroso mundo de tinieblas. Solo tendría para sí el remordimiento.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora