Resueltas las dudas mayoritarias, Kayt y su equipo condujeron a los dos nuevos integrantes a Bastión Gélido. Durante el camino, aprendiz y maestro hablaron con ellos sobre NeoMenta. La propuesta de acceso les pareció a ambos excelente, y ninguno dudó en unírseles.
En la puerta del edificio principal se encontraba Berillio, desplazándose de lado a lado como si no cupiera en su ansiedad. Era un hombre muy dado a la hipérbole, por lo que era probable que ya comenzara a pensar que su destino había sido el mismo que el de Alissa. Por lo tanto, verlos marchando tras haber escapado del laberíntico bosque provocó su euforia. El gordito sonrió entusiasmado por poder ver al equipo al completo una vez más.
—¡Chicos, estáis bien! ¡Y habéis traído de vuelta a Alissa, excelente trabajo! ¡Y no solo eso, sino también a dos tipos nuevos! —la expresión en su rosado rostro no podía ser de mayor satisfacción.
—Así es —Tyruss,orgulloso, mecía la cabeza para sacudir su elegante tupé—. Con nosotros en ella, una misión nunca falla. Somos los héroes de esta historia.
A su lado, Luna suspiró.
—Pero si tú no has hecho nada —replicó.
—¿Cómo que no? —se cruzó de brazos—. He sido parte esencial del grupo en todo momento.
—Sí, pero ni has rescatado a Alissa ni has entablado paz con dos poseedores del poder mental —le recordó Luna—. Más allá de caminar hacia delante y decir alguna de tus coletillas, no has hecho nada.
—Eso es discutible, pero lo ingoraré —Tyruss apartó la mirada.
El joven aventurero solía ser así de arrogante, y Luna, por mucho que insistiera, nunca tenía éxito en corregir esa actitud. Así pues, lo dejó pasar una vez más. Ya aprendería.
A continuación, las novedosas incorporaciones se acercaron a quien dedujeron por sus palabras que era el jefe de la base. Artur le estrechó la mano. Con un acto tan simple descubrió mucho de él. Otra de las muchas ventajas del tercer ojo.
Poderes mentales aparte, se presentó a sí mismo y luego a su compañera Lauren.
—Encantado de conocerte, Artur, y lo mismo digo para ti, Lauren. Os acogeremos con los brazos abiertos en Bastión Gélido —comentó Berillio, aún dándole la mano de arriba abajo—. A toda persona que se precie le damos una oportunidad. O dos, si hace falta.
—Lo mismo digo, señor —indicó Artur amablemente—. Será un honor para nosotros poder formar parte de vuestra comunidad.
—Pues claro —siguió Lauren en su habitual tono cándido—. Por mucho tiempo os hemos buscado, y ahora hemos de aprovechar la oportunidad. Le doy por ello las gracias, señor.
La educación de ambos cogió a Berillio por sorpresa.
—¿Señor? No solemos usar esa clase de formalidades aquí —admitió—. Llamadme Berillio, me es suficiente. Es mi nombre.
—Lo sabemos —dijeron al unísono—. Berillio Torizzen —concluyó Artur.
El gordito, carcajando de forma entrecortada, se rascó la nuca.
—Vaya, nunca dejarán de impresionarme esos poderes mentales.
Un estornudo llegó por parte de Inisthe.
—Ay... ¿no podéis hacer todo este rollo dentro? —se quejó, pues no dejaba de tiritar. Tres años no habían sido suficientes para adaptarse al clima de Cincirius—. Aquí hace demasiado frío, maldición. Se me va a caer la nariz a pedazos.
—Vete simplemente —le sugirió Kayt con tono sombrío—. Nadie te obliga a estar aquí.
Inisthe lo miró de reojo. Aun así, estuvo a punto de hacerle caso.
—No, Kayt. Lleva razón —aseguró Berillio—. Dentro estaremos mucho mejor. Lleváis demasiado tiempo fuera, así que entrar en calor os vendrá de perlas.
Y, haciendo caso a la sugerencia del incordio de Inisthe, el grupo pasó al mucho más agradable interior. Lo primero que Berillio hizo fue ocuparse de integrar a Artur y a Lauren en la comunidad. Les mostró por encima todos los dominios e incluso consiguió que sin poner pegas pasasen a formar parte del Consejo Gélido. Se lo sugería a todo nuevo miembro, pero la mayoría se negaba. Consideraban que era trabajar por exceso. Mucho más agradecidos, Artur y Lauren no eran de esos.
Por otra parte, Alissa, acompañada por Inisthe, buscó un lugar donde entrar en calor. Lo necesitaba. Mientras desansaba, la chica le contó a su amigo de tenebroso semblante la historia de su rapto. Tenía con ello para rato.
El resto del escuadrón volvió a sus respectivos puestos para continuar con las habituales labores, o bien para descansar tras tan larga jornada. Berillio le había dicho a Kayt que tenía pendiente organizar el montaje de una serie de estanterías, mas el joven se rehusó a trabajar. No podía estar más cansado. Era lo normal tras tantas horas de recorrido a través del bosque con momentos de acción incluidos. Necesitaba descansar, y además urgentemente. Fue así que acabó tirándose en plancha sobre la cama para olvidarlo todo, adentrándose en el mundo de los sueños del que tanto disfrutaba.
En relación a ello, Kayt había descubierto una forma más o menos sencilla de controlar el mundo onírico a su voluntad. Encontró la lección en el cuaderno de Aia, y con ella aprendió a convertir en lúcida cualquier ensoñación. Lograba desplazarse a voluntad a través de los sueños y, en algunas situaciones, incluso elegir por su cuenta el devenir de la narración. Aquella destreza era algo de lo que pocos podían presumir. No aportaba mucho, pero era sumamente satisfactoria para el alma.
Tras una media hora que se le hizo eterna, Kayt estuvo a punto de caer dormido. Llevaba largo rato deseándolo, así que abrazó el sueño con pasión. Pero no, alguien tuvo que aparecer para interrumpirle como ya parecía ser costumbre.
Unos toques se escucharon tras la puerta y sesgaron el sueño inminente de Kayt. Tal fue su ira que se levantó de forma brusca y se dirigió a abrir la puerta con un rostro marcado por unas profundas ojeras. Llevaba además el largo y enmarañado cabello suelto, cayéndole algunos mechones sobre al rostro. Parecía un oso cuya hibernación había sido interrumpida.
—¿Quién demonios osa molestarme? —preguntó con vehemencia mientras abría la puerta.
No obstante, el enervado joven tuvo que bajar su tono cuando descubrió quién había causado la interrupción. Siempre actuaba antes de tomar con premeditación cada situación, y normalmente con un buen mosqueo encima. Empezaba a creer que debía cambiar aquella actitud tan inadecuada.
—Ho-hola... —D'Erso dejó caer poco a poco la mano que había levantado para saludar.
A Kayt se le escapó un suspiro por no saber qué decir a continuación, así que simplemente se apartó y dejó que la chica entrara a su alcoba. Más que eso parecía una cueva, pensó D'Erso. Botellas de hidromiel complicaban el paso cada escasos palmos.
Cuidadosamente, D'Erso se sentó en una de las dos sillas del cuarto. No solía ser una persona muy franca, mas ahora se veía en la obligación de serlo. Lo que estaba presenciando no era en absoluto de su agrado.
—Tengo que hablar contigo seriamente, Kayt.
—Adelante, habla —Kayt descorchó una botella más de hidromiel—. Tengo todo el día. ¿Te has pensado ya mi sugerencia de aprender a manejar armas blancas?
—No, Kayt —la voz de D'Erso se volvió tan recia como sus cuerdas vocales lo permitían—. Esto es algo más personal.
Kayt bramó como un toro bravo.
—Ay, odio cuándo te pones así.
—Lo sé, pero es lo que hay —D'Erso frunció el ceño—. Has cambiado demasiado, y... siento que ya no eres el Kayt de antes.
—En eso consiste cambiar, en dejar de ser el de antes.
—Déjate de sarcasmo —D'Erso consiguió que Kayt guardara silencio—. Te has vuelto frío, sombrío y pendenciero, y rara es la ocasión en la que sales de esta habitación que, por cierto, está más sucia de lo normal y huele a miel rancia. Esto necesita ser desinfectado —se tapó con dos dedos la nariz—. Por favor, vuelve a ser el de antes. Echo de menos al antiguo Kayt, ese con quien daba gusto hablar sobre lo que fuera, ese siempre dispuesto a ayudar a quien fuera. Estoy cansada verte caer en la inmundicia cada vez más hondo.
Kayt, sentado sobre su cama de revueltas sábanas, cerró los ojos y se frotó la nariz con dos dedos. Parecía de esa manera que estaba pensando profundamente, aunque en realidad no era ni mucho menos así.
—Mmm —balbuceó—. Después de haber vivido todo esto, después de ver morir de formas espeluznantes a amigos en mis brazos sabiendo que no pude hacer nada por salvarlos, después de tantos momentos sufridos al máximo, de descubrir la verdad de mí mismo, de que mi propio hermano sea un sociópata con oscuros poderes y peores intenciones, después de que hasta la forma viviente de mi propio subconsciente me traicionase... Después de todo eso, volver a sonreír y ser una persona equilibrada es totalmente imposible —explicó Kayt, que no osaba mirar a D'Erso a los ojos—. Cuando alcanzas este nivel mental, tu visión se nubla y te muestra un mundo gélido. La mente no es una herramienta de paz como se suele pensar, sino una máquina de guerra que convierte la inocencia en violencia.
Ante tal sarta de lamentos quejumbrosos, D'Erso infló los mofletes.
—¿Acaso tú eres el único que ha sufrido? Pues claro que no. Todos hemos muerto un poquito durante estos años para poder vivir, y la mayoría aún seguimos en pie con el recuerdo en mente. Por si no lo recuerdas, vi a mis propios padres morir y por si no fuera poco me explotaron como a una marioneta durante ocho largos años. Además, he presenciado el mismo número de muertes que tú y ese peso no me impide sonreír y hacer mi trabajo aunque no me guste. ¿Te queda claro? —gritó la pregunta, devolviéndole toda la cólera.
Las esclarecedoras palabras de la joven vinieron acompañadas de unas lágrimas gráciles. El sentimiento hasta el momento reprimido de D'Erso dejó impactado a Kayt. Entonces, alzó la mirada y miró directamente a los húmedos ojos de la chica. Los escoltaban unos trémulos labios. Tras ellos, los dientes entrechocaban. Había sido todo un reto para ella ser tan contundente.
Kayt no supo cómo debía sentirse en aquel momento, ni tampoco cómo contestar. En su opinión, todo había ocurrido demasiado rápido. Tenía claro desde hacía algo de tiempo que su actitud ante la vida no era la correcta, pero no esperaba que pudiera llegar a afectar tanto a quienes realmente apreciaba.
—¿Por qué discutimos? —preguntó Kayt repentinamente. Lo cierto era que fue lo primero que se le pasó por la cabeza—. Vanas son tus lágrimas.
—Eres idiota... —refunfuñó D'Erso.
—Lo sé, y lo asumo —Kayt descendió la cabeza.
Entonces, D'Erso se levantó de la silla y observó desde la altura a Kayt. Se secó con las manos las pocas lágrimas que le quedaban alrededor de la zona ocular. Tras eso, dejó escapar unas últimas palabras:
—Solo te lo diré una vez más, Kayt. Cambia, por favor. Replantéate las cosas. Vuelve a ser el que fuiste. Sé fuerte. Sé valiente. Sé inteligente. Sé heroico. Sé capaz de asumir ese horrible pasado, pues de poco sirve el poder destructivo si no te sirve para escuchar lo que dicta el corazón.
Y, al acabar, D'Erso abandonó la habitación dejando a Kayt de vuelta con su desespero.
El joven no tardó en volver a tumbarse sobre la cama, la mirada ahogada en pena hacia el techo incapaz de conciliar el sueño. No lograba quitarse del pensamiento las palabras de su amiga, que resultaron muy chocantes para su corazón. Había de admitirlo: D'Erso tenía toda la razón. Llegó por ende a pensar que era un monstruo, alguien que no se merecía estar allí mientras otros morían en las calles, que debería continuar habitando con su tío lejos de toda civilización en la miseria de Terria. Llegó incluso a creer que la aventura épica en la que se había visto inmerso había sido desde su comienzo un completo error. Entonces, lo que D'Erso esperaba lograr se cumplió.
Una lágrima se deslizó hasta hundirse en los abismos de una de sus profundas ojeras. Se desprendió acto seguido hacia el yermo de su mejilla. Muchas más la siguieron. Hacía demasiado que no lloraba, y recordarlo lo deprimió aún más. Pensó que era incapaz de lograr lo exigido por D'Erso, pero sabía en el fondo que se equivocaba. Cambiaría, pero aún no estaba preparado para ello. La máquina de matar en la que se había convertido permanecía atada con unas férreas cadenas que solo el mayor y más primario de los sentimientos podía destruir.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AdventureUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...