Acto CXXVIII: Llegarán eternas lluvias

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Después de aceptar de mala gana su propuesta, Kayt llevó a D'Erso a conocer a Koda.
La chica tan solo había visitado Natura en un par de ocasiones, pues nunca había sido una gran fanática de los animales. No obstante, quedó a primera vista prendada del poderío que la enorme mastodonte irradiaba.
Mientras interactuaban, Wills permanecía de brazos cruzados junto a una de las patas traseras del animal. Solo la confianza entre especies le permitía estar tan próximo a su piel.
—Dime, ¿has hablado con Luna? —le preguntó Kayt tras acercársele.
Wills asintió a toda prisa.
—Puede que sea mi amiga desde hace años, pero no sabes lo mal que me lo hizo pasar —admitió, enjugándose el sudor de la frente con la mano—. No está bien, necesita un psicólogo.
—Desde luego —dijo un apenado Kayt—. Esta mañana la ha dedicado a buscar a todos los poseedores del poder de la mente de Bastión Gélido, yo incluido. Cree que podemos ayudarla a localizar a Tyruss, pero ni Cortijo ni Azmor ni un servidor nos vemos capaces —negó tristemente con la testa—. Artur y Lauren se han comprometido a meditar junto a ella para intentarlo, pero creo que solo es una muestra de buena voluntad.
—Ojalá tengan suerte —dijo Wills—. Si Inisthe volvió de entre los muertos, ¿por qué él no?
—Los milagros no ocurren tan a menudo, amigo.
Entonces, volviendo con D'Erso, Kayt advirtió cómo temblaba al estar cerca del animal. Parecía que fuera a echar a correr en cualquier momento.
—No tengas miedo —le dijo mientras acariciaba a la criatura—. Tócala.
A D'Erso le imponía un tremendo respeto la mastodonte. De un solo golpe podría dejarla tullida, y temía que arremetiera contra ella por no saber quién era. No obstante, tener a Kayt a su lado era un recurso de seguridad, y sentía que nada malo le podía pasar si él estaba allí.
Así pues D'Erso levantó la mano, pero la dejó suspendida en el aire. Kayt tuvo que sostenérsela, conduciéndola hasta el pelaje espeso de una de las patas delanteras. El corazón de D'Erso se aceleró, como si se le hubiera activado algo que no debía ser descubierto.
Koda no reaccionó, prosiguiendo con lo suyo como si nada. Wills le había servido recientemente un barreño repleto de hojas de árboles comestibles, por lo que la mastodonte había empezado a agarrar manojos con la trompa para llevárselos a la boca. A pesar de su inmenso tamaño, comía con una lentitud ejemplar. No había prisas en su vida.
—¿Ves? Te lo dije. No hace nada —dijo Kayt sin retirar su mano de encima de la suya.
Pero D'Erso no estaba tan solo emocionada por tocar el pelaje de un animal de semejantes proporciones; estaba en contacto con la piel de Kayt, y eso era también algo novedoso. Resultó ser una sensación cálida, sintiéndose a gusto en territorio hostil. Kayt no tardó mucho tiempo en retirarla algo ruborizado, por lo que dejó la de D'Erso en solitario sobre el pelaje.
Para entonces, a la chica ya no le inspiraba ningún tipo de pavor el animal. Koda incluso emitió un ligero sonido de agrado a través de la trompa, síntoma de amistad entre ambas.
—Es extraño —comentó D'Erso con su dulce voz.
—¿Nunca habías interactuado con ella? —le preguntó Wills desde su situada.
—No, nunca. Es mi primera vez.
—Pues puedes venir cuando quieras —sugirió Wills—. Aunque no lo parezca, Koda es bastante cariñosa. Estos animales no se bastan de agua y alimentos: necesitan compañía humana.
Justo después, D'Erso paseó la vista por todo el pabellón de Natura. Avistó muchas más especies animales desperdigadas por el espacio, en su mayoría endémicas de Cincirius. Entre ellos se contaba también Helecho, el fiel caballo clydesdale de Wills, que había quedado en segundo plano a causa de Koda. D'Erso recordó entonces la existencia de otro corcel de la misma raza cuando la base aún resultaba funcional, pero no lo vio por allí. ¿Le habría ocurrido algo?
—¿Es que se relaciona con los demás animales? —preguntó D'Erso con intriga mientras proseguía con las caricias.
—En absoluto —respondió Wills al instante—. El resto no le hace caso, y el sentimiento es recíproco. He intentado que hiciese buenas migas con Helecho, pero tan solo perdí el tiempo. Los mastodontes solo se relacionan con otros mastodontes.
El dato sorprendió a Kayt, que se paseó la mano por la barba.
—Le vendría bien estar con otros mastodontes.
—Sí, pero no quedan más por la región —aseguró Wills—. Al menos que yo sepa.
—¿No? ¿Nunca has visto uno con lo grandes que son? —Kayt arqueó una ceja.
Wills negó con la cabeza, para entonces gacha.
—Ella tampoco. Cada vez que la saco a pasear va a su bola, se limita a comer de los árboles. Si hubiera otros de su especie cerca los detectaría. Tienen unos radares sensoriales increíbles.
—¿Cómo sabes tanto de animales, Wills? ¿Has estudiado biología o algo por el estilo? —le preguntó una dubitativa D'Erso.
—Ojalá, pero no. Tan solo me gusta pasar tiempo en su compañía. Se aprende mucho, aunque no puedan hablarle a uno —el afable joven de cabellos rizados sonrió. Su sonrisa era radiante.
—Cuánto cambarían las cosas si hablasen —dijo Kayt, desatando en todo su esplendor su imaginación.
Entonces, en la mente del joven volvió a aflorar la promesa que le había hecho a D'Erso. Le había jurado (y aún se arrepentía) que la llevaría de viaje, y, cuando él prometía algo, lo cumplía a rajatabla. Sin embargo no sabía conducir ningún tipo de vehículo, y tampoco tenía a Óbero a su disposición.
De este modo, llegó a pensar que Koda sería el mejor vehículo posible. Además le vendría bien conocer el mundo exterior con mayor libertad, y tal vez incluso entrar en contacto con otros de su especie.
Era una buena idea, pero primero debía convencer a Wills. Tenía suerte de que fuese un chico comprensible, aunque aun así lo veía complicado.
Lentamente, Kayt fue acercándose a él hasta quedar enfrente. Wills, con toda la calma del mundo, observaba el paisaje que él mismo contribuía a mantener.
—Tengo algo que preguntarte, Wills.
Kayt consiguió llamar su atención. No dijo nada, pero hizo ademán de estar dispuesto a responder.
—Sé que sonará raro, pero ¿nos podrías prestar a Koda la semana que viene?
El semblante de Wills mutó de un instante a otro, y D'Erso tornó la cabeza hacia él. No se había planteado la posibilidad de que Koda fuera el vehículo, aunque le pareció una idea peculiarmente decente. La única pega era lo que opinara Wills, su amo al fin y al cabo. Si conseguían convencerlo tendrían una gran oportunidad por delante.
—¿C-cómo? —preguntó con aparente angustia—. ¿Para qué?
Kayt abrió la boca para responder, pero D'Erso se le adelantó:
—Para un viaje —la chica dejó de acariciar al mastodonte para centrarse—. Tenemos pensado realizar una pequeña travesía, y creo que ella puede transportarnos en su lomo. Tranquilo, cuidaremos de ella en todo momento, y tampoco llegaremos iremos lejos. No tienes por qué preocuparse.
Pero Wills se llevó la mano diestra a la frente, casi en estado de shock. No sabía cómo reaccionar, tampoco qué decir. Nunca había llevado más allá de cinco kilómetros cuadrados a Koda, y conducirla a un periplo sería un absoluto cambio de paradigma. Koda siempre había sido un animal obediente, pero eso no le impedía poder hacerse daño, perderse en el bosque nevado o incluso... morir.
La sola posibilidad lo tenía hecho un manojo de nervios.
—¿No os puede llevar Óbero? —preguntó Wills, intentando burlar la propuesta.
—Ese viejo ya no está para jueguecitos —respondió Kayt con una media sonrisa—. No le culpo.
—¿Acaso le has preguntado?
Pero Kayt se llevó la mano a la sien y dijo:
—No sé si lo sabes, pero se llama poder de la mente. No necesito hacer preguntas para conocer respuestas.
Su argumento dejó sin palabras a Wills, que se limitó a titubear.
—Entonces, ¿nos dejarás a Koda? —preguntó una ilusionada D'Erso, aplastando una mano contra la otra. ¿Quién iba a decirle que no con esa sonrisita?
—Es que... —pero Wills quedó callado de golpe.
Entonces, Kayt resopló profundamente. El asunto no parecía ir a ningún lugar.
—¿Que qué? No le va a pasar nada, Wills. La tendremos bajo control, y yo mismo me ocuparé de que no le falte de nada. El poder de la mente siempre nos resguarda.
—¿Y si os ataca alguien? ¿Y si aparece una manada de osos herpentos? ¿Qué haríais para protegerla?
—Los osos herpentos son solitarios, Wills. Tú más que nadie deberías saberlo —Kayt le guiñó un ojo—. No obstante, si fueran gregarios, los detendría con mis propias manos. Sabes que puedo hacerlo.
Alarmado, Wills chistó con la lengua.
—¿Cómo vas a detener a un oso herpento con tus propias manos? ¡Son enormes!
De nuevo, Kayt se señaló la cabeza con un dedo. Se había habituado a repetir aquel gesto de Aia.
—Todo lo puede poder de la mente, bla bla bla —le recordó—. Con él, un oso herpento es como un gatito.
Dejándose caer sobre la pata de Koda, Wills suspiró.
—Si tú lo dices.
—Entonces, ¿sí o no? —preguntó D'Erso, impaciente por oír lo primero.
Wills la miró de reojo. Después, volvió a admirar largo rato el esplendor del radiante pabellón. Nada como un repaso sosegado para relajarse en esa clase de situaciones comprometidas. Era más nervioso de lo que debería, y, cuando el estrés lo acosaba, nada le servía mejor como alivio.
Fue entonces, al meditar sus decisiones, cuando se dio cuenta de que había armado una buena por algo de fácil solución.
—Está bien, podéis llevárosla. Pero, como le pase algo —los flechó con la mirada—, estáis muertos.
Si Kayt no rio fue porque sabía que Wills era capaz de haberlo dicho en serio.
—Iré a la horca con gusto. Pero, mientras yo esté junto a ella —se colocó la mano en el pecho—, estará a salvo.
Wills sonrió con la confianza de un amigo del alma. Al fin y al cabo, Kayt estaba en lo cierto. Con ese gran poder psíquico de por medio, nada malo podría pasarle a su querido animal. Su ausencia le vendría bien para aprender a valorar a otras formas de vida no colmilludas, se dijo a modo de consuelo.
—¿Cuándo saldremos entonces? —era la gran duda de D'Erso.
—El lunes mismo, para así tener la semana completa —declaró Kayt.
—Me parece bien —la chica sonrió—. ¿Y hacia dónde nos dirigiremos?
Kayt apuntó con el dedo hacia la izquierda, aunque las altas paredes del pabellón impedían ver adónde se refería.
—Hacia poniente —decidió—. Viajaremos hasta las fronteras de Cincirius, la tierra del hielo.
D'Erso asintió seguidas veces, dejando claro que estaba de acuerdo con el plan de Kayt.
—Va a ser una pasada —se llevó las manos a las mejillas—. ¿Y no saldremos de Cincirius?
Kayt miró por el rabillo del ojo a Wills, quien seguía sentado sobre el pasto con la mirada perdida. No obstante, pareció percatarse de lo que Kayt tramaba.
—No sé, ¿no sería excesivo para un paquidermo como Koda?
—Podéis demoraros todo lo que queráis —dijo Wills casi contra su voluntad— Supongo que es lo que querías oír.
"—Así me gusta, amigo mío".
Entonces, D'Erso dio un paso hacia él. Guardaba las manos escondidas tras la espalda.
—Muchas gracias, Wills —le dedicó una sonrisa—. Haremos todo lo posible para que Koda sea feliz. A lo mejor incluso nos topamos con más mastodontes.
—Es bastante asustadiza —dijo Wills con recelo—. Aun así, no estaría de más.
—Entonces, dependiendo de como se torne el viaje —Kayt, aún acatarrado, se cubrió la boca con el puño para toser—, nos adentraremos o no en la región principal del continente. Donde Dorann aguarda.
Un escalofrío recorrió la piel de Kayt al solo mencionar el nombre de su hermano. Lo temía cada vez más, y la posibilidad de topárselo durante el trayecto no podía ser descartada. Desde luego, un hipotético encuentro podría dejar mal parados a todos. Además, nunca había llegado a enfrentarse a él sin Soka, y ella había desaparecido para siempre. Estaría indefenso, solo ante el peligro de una mente peligrosa por sus niveles de perversión.
—Espero que no se inmiscuya —dijo D'Erso, preocupada por la posibilidad.
—Con Dorann nunca se sabe. Su conexión conmigo es tan íntima que puede detectar mi ubicación aun estando a miles de kilómetros. Suerte tendremos si solo se nos presentan esos mastuerzos de sus guardias.
—¿Son fuertes? —preguntó la curiosa chica.
Kayt se encogió de hombros.
—Están casi a mi altura. Una vez casi me vencen, pero me cogieron desprevenido. ¡Que se atrevan esta vez! —rugió, llamando la atención de Koda—. Esta vez no pienso ser tan piadoso.
Acto seguido, Kayt caminó hasta colocarse frente a Koda. El inmenso animal se había quedado en pie tras acabar de comer, totalmente quieto cual estatua.
—Vendrás con nosotros y disfrutarás de Cincirius, pequeñaja —le dijo Kayt con un tono que solo empleaba con ella.
Poco después, la mastodonte agachó la trompa y acarició el largo cabello de Kayt con un cariño próximo a lo humano. El joven no se olvidó de mesar el pelaje del animal. Acabó agarrando con ambas manos el filo de la trompa, que contaba con dos orificios. Costaba creer que algo de su forma y tamaño tuviera más corazón que tantas personas.
—Buena chica, Koda.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora