Acto CXXI: Vivo en tu memoria

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Como sin vida, vagando en un cuerpo vacío, Berillio condujo a Kayt hasta la sala de NeoMenta. Había pasado mucho tiempo, y el joven se alegró de volver a pisar tan transitado lugar, al que él mismo había nombrado en el pasado.
De hecho, allí encontró a algunos de a quienes había deseado poder ver de nuevo. Diolo, Cortijo y Alissa se hallaban entre ellos. El latinko y la guerrera saludaron con humildad, mientras que el pistolero le guiñó el ojo y lo apuntó con el dedo como si lo hiciese con la pistola. Kayt se alegró de encontrarlo tan chistoso como siempre.
También estaba presente Pit, a quien conocía únicamente de vista, acompañado por un hombre al que no reconoció hasta escrutar bien sus facciones. Al advertir de quién se trataba, se vio obligado a desenvainar su espada. No podía permitirlo.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó Kayt en forma de rugido, acelerando hacia su asiento espada en mano.
A pesar de acabar teniendo el filo del acero a pocos centímetros de su piel, Aval ni se inmutó. Con expresión tranquila, parecía querer demostrarle a Kayt que verdaderamente había cambiado.
—Depón el arma, Kayt —ordenó un nervioso Berillio—. Ya no es el hombre que conociste.
Aval asintió.
—Exacto. Ahora soy Avalore Flowers, habitante de Bastión Gélido. Al igual que tú —le dedicó al joven una mirada repleto de confianza.
—¿Al igual que yo? —preguntó el desconfiado Kayt, todavía hostil.
Como no tenía más remedio, el joven envainó a Tempestad perpetua y tomó asiento frente a Aval. No entendía el porqué de aquel cambio tan súbito hacia lo correcto. Encontraba escasa lógica en algo así, pero debía atender a la palabra. Así lo exigían los suyos.
—¿Qué fue lo que pasó? —le preguntó Kayt, observándolo con fiereza.
—Ay —Aval sonrió, sentado cómodamente como si aquella fuera su sala—. Creo que fue cosa de la brisa, redescubrir la libertad y tal. Activó algo en mí en el fragor de la batalla contra Nevkoski. Comencé a ver las cosas de manera distinta desde entonces. Vi... la luz.
—Pero hubo un precio —continuó Pit, la mirada baja.
—Sí. Yihiwensen murió —Aval cerró los ojos dramáticamente—. Que en paz descanse.
—¿Quién diantres era ese? —preguntó Kayt.
—Un amigo, si se le puede decir así —respondió Aval.
—Era un subordinado de Nevkoski al que capturamos, y al que yo lo cuidé junto a Aval —Pit hizo una pausa triste—. Murió en la batalla que dio fin a Nevkoski, abatido por el fuego cruzado. Nadie lloró por él.
—Así es —siguió Azmor, el rostro aún compungido por la declaración. Se mantenía en pie y de brazos cruzados, la espalda apoyada en la pared—. Vencimos a Nevkoski, Kayt. De hecho, me enorgullece decir que fui yo mismo quien le dio fin. Caí rendido, pero mereció totalmente la pena —sonrió por lo bajo.
Kayt no reaccionó con la conmoción que todos esperaron.
—Se veía venir —indicó—. Era él o nosotros.
Un silencio incómodo infundió la sala en su totalidad. Habían acaecido hechos memorables, tanto para bien como para mal, para todos los habitantes de Bastión Gélido. Las historias de Kayt tampoco se quedaban atrás, aunque ni él ni nadie sabían por dónde empezar.
—Pero no todo ha sido pasto de victorias. También hemos tenido bajas —se atrevió a añadir Cortijo, aunque no dijo quiénes habían sido los desafortunados
No obstante, Kayt lo preguntó:
—¿Quiénes?
Entonces, todos los que conocían los nombres se miraron entre sí. El joven pudo percibir la honda tristeza de todos en aquellas miradas cruzadas. Las ondas le ardieron bajo la piel. Ninguno de ellos deseaba ser el encargado de dar la mala noticia. Nunca era labor sencilla.
No obstante, Berillio, como voz cantante del Consejo, enseñó su determinación en un ademán y miró penetrantemente al joven.
—Daila, Inisthe y Tyruss. Hemos perdido a los tres.
En ese mismo instante, Kayt fue capaz de apreciar cómo una garra de hielo atravesaba su piel y comprimía su corazón hasta dejarlo maltrecho. Que le confesasen de forma tan repentina tres bajas tan dolorosas no era algo que todos los días pasase. De hecho, eran tres personas a quienes siempre había admirado.
Con Daila tenía una larga historia a las espaldas, y siempre la había visto como un foco de ímpetu a pesar de su avanzada edad. Inisthe era su amigo y un hombre fascinante, además de valeroso. Y Tyruss... Tyruss era una de las personas en las que más había llegado a confiar.
Kayt ni siquiera se dignó a preguntar qué se los había llevado, pues no quería saberlo. Consecuencias de la guerra, supuso.
Como si no hubiera pasado nada, arrancó con mano trémula una botella de hidromiel de la caja recientemente adquirida y la abrió, comenzando a beber.
"—Aia, Soka, Daila, Inisthe y Tyruss —le recordó su conciencia, enumerándolos—. ¿Podría ser esto peor?"
"—Podría —respondió una voz femenina en su interior—. Aún no estás solo, Kayt".
El joven lo dejó pasar. No era la primera vez que oía voces en su cabeza. Cosas del poder de la mente. No confiaba del todo en sus palabras, de todas formas.
—Al menos vencimos a Bástidas. Él y todo su séquito voló por los aires —pronunció Diolo con una sonrisa atrevida—. Daila lo dio todo por frenarle los pies a ese cabrón con corbata, y diantres si lo logró.
—Me alegra saberlo —dijo Kayt—. No llegué a conocerlo, pero, por lo que poco que sé de él, merecía eso y más.
Entonces, Aval exhaló una risa delicada que inquietó a Kayt. Con disimulo, miró al hombre de reojo. Él no llegó a darse cuenta de sus observaciones, pues estaba entretenido hablando en voz baja con Pit. Al parecer, su colega mostraba todo su interés en cada una de sus palabras.
Por mucho que hubiese cambiado, ¿cómo alguien podía considerarse su amigo? Estaba claro que no lo había visto en su máximo esplendor.
"—Por si acaso, no me acercaré a él".
Entonces, Kayt reparó en la nueva cicatriz del rostro de Cortijo. Era escalofriante, e incluso tenía una vaga forma de tridente. No pudo evitar recordar a su hermano Dorann y todo el daño que había causado.
—Bueno, háblanos un poco sobre tu viaje —dijo Berillio con disgusto en la voz, probablemente por todo lo relacionado a Aia.
Kayt no estaba por la labor de hablar sobre todo lo que había acaecido durante su travesía por el continente. Era una historia larga, repleta de altibajos y difícil de narrar, así que solo se ocuparía de contar lo indispensable, solo lo que vinieran al caso. Algunos detalles, como la muerte de Aia, los pasaría por alto. Era mejor no ahondar en las heridas abiertos.
—Aia y yo enfrentamos a Dorann y sus secuaces —rápidamente, Kayt logró dejar a todos anonadados. Era un gran narrador, sabía transmitir emoción con poco.
—¿Así falleció Aia? —preguntó Berillio, las manos sobre la cabeza.
Kayt estuvo a punto de negar, pero no lo hizo del todo. Dejó a medias el gesto, por lo que todos los presentes se mostraron confusos.
—También debo decir que Soka volvió —añadió—. No todos la conoceréis.
D'Erso quedó boquiabierta.
—¿En serio? —preguntó, su voz agudizándose.
—¿Tu tulpa? —Azmor sonrió bajo la sombra de su alto sombrero—. Sabía que volvería. Me debes cinco pavos, Diolo.
—Y una mierda.
Con un chasquido de dedos, Aval trató de llamar la atención de todos.
—Yo también lo recuerdo —respondió—. La vi exterminar a los que fueron mis hombres —entonces, la confusión afloró en él. Un ademán lo corroboró—. Bueno, eso creo. Tengo lagunas de memoria. Creo que no todo lo que recuerdo es auténtico.
El joven guerrero, de brazos cruzados, prefirió ignorar su comentario.
—¿Dónde está ella ahora? —preguntó D'Erso con las manos cruzadas, mirando a Kayt de forma pasional.
—No volverá —se limitó a decir él.
Kayt apreció entonces cómo las pupilas de D'Erso se reducían hasta quedar hundidas en el castaño como diminutas perlas negras. Su expresión quedó perpleja, y condujo hacia abajo su mirada con pena aderezada. Por otro lado, Azmor no pareció sorprendido, y mucho menos Diolo. A este último ni siquiera parecía importarle.
—Mi camino se cruzó también con el de Widdle. D'Erso, Azmor y Diolo —Kayt dirigió su mirada hacia los tres de nuevo—. Os manda recuerdos a todos.
—Vaya, si me había olvidado de ese agradable sujeto —Azmor se mesó la barbilla.
—¿Te refieres al tío que me salvó la vida? —preguntó Diolo frunciendo el entrecejo.
Kayt asintió. Después, le dio otro trago mas al botellín.
—Ya veo —respondió el pistolero—. Un tío un poco ido de olla, pero legal.
—¿Alguien me pone en contexto? —añadió un confuso Berillio.
Entonces, Kayt sonrió. ¿Cómo era capaz en esos momentos?
—Todo esto ocurrió antes de que te conociera. Pasamos por mucho para poder llegar a conocer la seguridad en Bastión Gélido.
—Nunca me habéis contado la historia completa —al gordinflón le suscitaba mucha curiosidad.
—Como si no fuera suficiente la de nuestro amigo Kayt —dijo Azmor—. A propósito, ni siquiera es, que digamos, divertida.
Justo después Cortijo carraspeó un poco, solo para llamar la atención, y habló después:
—¿Algo más que sobre tu aventura que debamos saber, Kayt?
Con la mano sobre la cada vez más frondosa barba, Kayt se lo pensó. Recordó la inmensidad de las montañas que rodeaban el Valle Cernícalo, las costas salvajes del océano Nortínago contra las que rompían las olas, la historia del viajero y el espadachín frente al santo de Finist, la leyenda de ser Arquílodes de Muroeterno de Arderia, la determinación de Brett, la mística Wariae, la travesía por la jungla, la visita a Terria, la muerte de Uvin, el Desafío en el Templo de los Elegidos contra los Guardianes de los Sentidos y demás acontecimientos.
Sin embargo, estaba demasiado cansado como para narrar una historia sin que resultara soporífera. Además, ¿qué les importarían todos aquellos relatos centrados en su persona y su historia? Prefería quedarse todos esos recuerdos para sí mismo.
Sin embargo, sí que había algo que Kayt veía necesario contar.
—Dorann asesinó a Raiso —declaró tajantemente.
Berillio tragó saliva, que descendió lentamente por su garganta.
—Prefiero no conocer detalles.
—A veces es mejor que así sea —añadió Alissa, quien se había mantenido completamente callada hasta ese momento. Era fría y analítica, y requería del silencio para no dejar de serlo.
—Misterio resuelto —Diolo simuló que se frotaba las manos—. Y pensar que casi nos cargamos a Artur tras acusarlo falsamente —carcajeó, aunque nadie le siguió la gracia. No era de extrañar por qué.
Después, Azmor caminó de forma discreta hacia la mesa, apoyando el codo entre D'Erso y Kayt y escudriñando a este último con interés. Sus ojos celestes refulgían detalles que no podía analizar.
—¿Pasa algo? —preguntó Kayt, alejando incómodamente la hidromiel de su boca.
—¿Tienes idea de cómo detener a Dorann? —la forma de hablar de Azmor cambió del todo—. Esto no puede coninuar así.
Kayt ni lo dudó, negando al instante con la cabeza. Cuando se trataba de Dorann, no tenía respuestas. Su manipulador hermano era una incógnita andante, un individuo completamente impredecible.
—¿Se puede saber quién es ese Dorann del que tanto habláis? —preguntó Aval, exteniendo hacia Kayt una mano abierta.
—Mi hermano —respondió el joven con brío—. Es un hombre despiadado y ávido de poder, y ansía la destrucción de todos los que se inmiscuyen en su camino, entre ellos nosotros —Valen se mordió el labio—. Vaya, ¿a qué me sonará?
Ofendido, Aval frunció la frente.
—Pues nunca había oído hablar de él —dijo igualmente, mirando a su fiel amigo—. ¿Y tú, Pit?
—Nanai.
—Es mejor no hablar de él. Su poder es más que elevado, y ahora sé que tiene la habilidad de introducirse en los cuerpos de otras personas, siempre y cuando haya entablado contacto previo con ellos o no gocen de una gran resistencia psíquica —explicó un consternado Kayt—. Podría ser cualquiera, espiándonos en secreto.
Al escucharlo, tanto a Cortijo como Azmor se les encendió una luz en algún rincón de sus mentes. Ambos habían sido testigos de una posesión en la que no habían tenido propia conciencia ni dominio de sus cuerpos, y sin obtener una respuesta válida. Ahora, cabía la posibilidad de que hubiera sido uno de los crueles juegos de Dorann.
Pero, a pesar de tener la idea fresca, ninguno de los dos aportó nada. No por incertidumbre, sino por no aumentar el nivel de angustia de sus compañeros.
Acto seguido, Kayt echó hacia atrás la silla y agarró por el asa la caja de botellas de hidromiel. Con la otra mano sostenía la que tenía por terminar. Su rostro denotaba cuánto la estaba disfrutando.
—Ahora, si no os importa, me marcharé. Este viaje ha sido tedioso y ahora he de descansar. Lo necesito.
Sin decir adiós, Kayt se levantó y salió por la puerta, dejando un vacío en la sala de NeoMenta. No obstante, D'Erso se irguió también y marchó sin soltar ni una palabra por los labios. Echó a correr para alcanzar al otro joven.
—La juventud —pronunció Diolo mientras se miraba los guantes como si fuera la primera vez.
Justo después, Azmor suspiró profundamente.
—Qué habrá sido de Aia...
Cortijo no dejaba de repiquetear con los dedos contra la mesa. Estaba ansioso.
—No lo sé —indicó—. Kayt nos oculta algo, y supongo que por nuestra propia seguridad.
—Así es el chico —determinó Berillio—. Supongo que sabe lo que hace.
—Todo esto es obra de su hermano —Azmor apoyó las manos sobre la madera. El lacio cabello negro le cayó hacia ambos lados de la cara, y sus ojos azules comenzaron a resplandecer—. Si hay alguien que nos impide continuar nuestros asuntos, ese es Dorann. Está siempre ahí, aunque no lo veamos. Mató a Raiso sin dejar rastro, y creo que ha dejado estragos en mí —todos miraron perplejos al maestro—. Además, estoy seguro que tuvo algo que ver con lo que quiera que les pasó a Aia y a Soka. Tenemos que detenerlo antes de que sea demasiado tarde, no me importa de dónde venga o qué hubiera podido llegar a ser.
La voz que el maestro mental decidió emplear fue gélida como el propio bastión. Todos se estremecieron, pero enseguida estudiaron las posibilidades de llevar a cabo lo que exigía. Azmor estaba en lo cierto, pero... ¿cómo iban a acabar con él? Todo lo que sabían se basaba en una incógnita, y no tenían ni indicios de cuál sería el siguiente movimiento.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora