Acto LXVIII: Presagios y augurios I: El conductor

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La travesía de Kayt y Aia continuó al abandonar Finist y con ello todo lo que la estatua de san Dossk custodiaba frente al mar. Prosiguieron con el viaje por tierra en el vehículo de Óbero alrededor de la costa del oeste, bordeándola. Finist se encontraba en la exacta punta, y para ir más allá hacia el sur era necesario circundar una gran bahía, cosa que hicieron con éxito.
Durante todo el recorrido costero, la peculiar historia no abandonó las mentes de Kayt y Aia. A pesar de que no podían saber nada, no dejaban de cuestionarse asuntos en relación la oración que figuraba en el CD, aquella que el anciano había pronunciado:
"En Satania estás, es el fin del camino."
Kayt no había estado inmiscuido en la resolución de un misterio tan grande desde que descubrió la nota que figuraba entre sus paños cuando Aia lo entregó a Uvin. Tuvo que esperar a la llamada de Aia para lograr entenderlo, mas supo mantener la paciencia. Kayt tenía esperanzas de poder descubir aquella incógnita y no vivir con la duda durante años, aunque nunca podría saber con exactitud cuándo se dignaría el destino a entregarle la ansiada respuesta. Tan juguetón como siempre, se guardaba sus palabras para desvelarlas en el momento menos oportuno.
A pesar de la cantidad incontable de kilómetros que habían recorrido durante los últimos días, la epopeya aún no había hecho más que comenzar. Aia tenía pensado bordear la mayor parte del continente y recorrer después la isla de Bistario. Por ello, la porción de terreno recorrida hasta el momento por el vehículo de Óbero no era nada en comparación. El misterio y la aventura continuaban servidos.
Por inmensa que fuera su apertura, la bahía tardó menos de una jornada en ser rodeada. El vehículo terrestre de Óbero era veloz, mucho más que un automóvil convencional, y el combustible era duradero como pocos. Aunque, tras recorrer regiones de punta a punta, siempre acababa haciendo falta una buena recarga para proseguir.
Dejada atrás la bahía, un par de cabos se alzaban imponentes frente al mar. Tenían su ancestral belleza, aunque, más allá de ello, para Aia eran irrelevantes. Así pues, le ordenó a Óbero que atravesara las tierras internas que estaban por ser avistadas y dejara atrás las playas y los precipicios. Era hora de decir adiós al mar.
Allí, en los interiores de la región, hallarían un gran pueblo. Era un lugar formidable, aunque no lo suficiente como para ser considerado ciudad. Pero si por algo era famoso el pueblo era por sus videntes y profetas. Algunos (por no decir una mayoría) pensaban que no era más que una trola para sacar dinero a turistas ilusos, suposición bastante comprensible. Empero, a Aia le interesaba bastante. Creía que tan peculiares sujetos podían tener ciertamente alguna relación con el poder de la mente, aunque era mejor esperar a llegar para confirmarlo. Prefería no crear ilusiones previas y que Kayt se llevara luego un gran chasco.
Próximo a la indicada comunidad, otro lugar de gran importancia se presentaba cerca del mar, aunque no lo suficiente como para que sus habitantes gozaran de las playas. Se trataba de Rata Blanca, pueblo conocido por su condición de basurero, sucio y desagrable. Para Kayt, Aia y Óbero, dicho nombre no significa mucho. Pero, si se lo hubieran mencionado a sus compañeros Daila, Cortijo o Kazzo, lo primero que a estos se les hubiese pasado por la cabeza sería sufrimiento. Por lo poco que sabían los viajeros era mejor no aproximarse bajo ningún concepto.
No muy lejos de Rata Blanca, Terra Incognita se alzaba en sus acaudalados dominios, exentos de pobreza y enfermedad. A pesar de su interés, especialmente para el Gobierno, Óbero no tenía intención de detenerse siquiera cerca. Un lugar tan indigno no les correspondía.
En cambio, lo importante para los viajeros era llegar cuanto antes a Mag-Ho. Así se denominaba el tan misterioso pueblo donde los videntes los cargarían de presagios y augurios y tal vez nada bueno, o por lo menos eso pensaba Kayt. Nunca le había gustado intervenir en los avatares del destino, pero, si Aia estaba tan convencido, debía hacerle caso. Quizá fuese divertido, se dijo, y luego se encogió de hombros.
Mag-Ho era enigmático incluso al ser observado desde la distancia. Cuando descendieron del vehículo en un descampado, los tres viajeros avistaron una serie de edificios pintados a base de colores curiosos como el granate, el verde oscuro o el negro. Eran tonos poco llamativos, más siniestros que otra cosa, no muy habituales en la estética de la región. Tan extrañas moradas transmitían al mismo tiempo misterio y rechazo. Una vez eran vistas desde las afueras, los turistas accedían directos al pueblo dispuestos a conocer respuestas. Kayt, Aia y Óbero no eran simples turistas que querían ver mundo, pero, al igual que todos, sucumbieron a la excentricidad del lugar.
En sus concurridas calles, Mag-Oh era de igual manera de lo más curioso. Las calles eran largas, repletas de ramificaciones aún más extensas que parecían no acabar nunca. Los estrechos pasajes rebosaban de vida, las personas realizando todo tipo de actividades por doquier. Resaltaban los muchos artistas callejeros en plenas actuaciones, también la gran cantidad de vendedores que exponían sus productos a la no escasa clientela.
—¡Pescado, pescado fresco! ¡Recién traído del cabo de Flores! —gritó un señor canijo y con bigote.
—¡Incienso, incienso, incienso! ¡Señoras, todo tipo de incienso! —exclamaba una animada mujer entrada en carnes—. ¡Inciensos de excelente calidad, producidos en esta misma ciudad! ¡Enriquecen su hogar y su olfato!
Un vendedor callejero era en quien menos se podía confiar, y Kayt lo sabía bien. Al visualizar su ruidosa empresa, recordó aquellos días cálidos en Terria en los que debía dar una vuelta por todo el mercado para poder encontrar los mejores productos a un precio digno. Era tarea siempre farragosa, pues los mercados solían estar repletos de timadores expertos que habían dedicado toda su vida a la estafa. Conocían técnicas realmente despiadadas para que los ilusos pececillos picaran el anzuelo.
Entonces, Kayt se acordó a Arlak, su vendedor de confianza. Aquel anciano tan afable y honrado permanecería por siempre entre sus escasos buenos recuerdos. Dejó ir una sonrisa rápida al rememorarlo, aunque quizá hubiera ya fallecido por causas naturales, o no tan naturales. El sol ardiente de Terria era un peligro, y más para un hombre de avanzada edad que pasaba días completos sin moverse del sitio. La vida nunca le sonrió, mas no por ello deshizo jamás su ademán esperanzador.
Además de extensas y vivarachas, las recargadas callejas estaban repletas de decoración extravagante. Tonalidades doradas y plateadas resaltaban sobre los escalofriantes colores de los edificios. La música resonaba con ritmos lúgubres por doquier, siendo los predominantes emisores sendos instrumentos extraños que Kayt no había visto en su vida. Todos ellos eran indudablemente tradicionales, hechos a mano por virtuosos artesanos. Todas sus cuerdas, boquillas, acordes y cavidades llegaban incluso a causar estupor. Realmente, todo en Mag-Ho lo hacía.
Kayt se había distraído un poco al fijarse en una alfombra sobre la que se vendían unas curiosas figuras. Su misticismo llamó su atención, pero Aia lo sacó de su atención. Tenía planes para él.
—Hemos venido a ver a un vidente, y ahí mismo hay uno —Aia señaló a un edificio grisáceo con una puerta dorada que se mantenía abierta hacia un pasaje negro—. Ese en concreto parece interesante.
Pero Kayt no estaba del todo seguro.
—¿Cómo sabes que ahí hay un vidente y no cualquier facineroso de turno? —le preguntó Kayt, dudando de la tenebrosa estancia.
—Las puertas doradas abiertas indican que hay videntes y profetas esperando la llegada de clientes tentados. Aprendí mucho sobre las costumbres de este pueblo hace tiempo, cuando estaba en Menta —le comentó Aia, haciendo gala de su gran sabiduría—. Ese de ahí me da buenas vibraciones —indicó sin quitar ojo al ceniciento edificio.
Kayt seguía algo insatisfecho, pero no podía contrariar la palabra de un maestro mental.
—Curioso. En fin, qué más dará. Vamos —Kayt se decidió. Al fin y al cabo, sentía una enorme intriga—. Puede estar bien.
—Sí, no perdamos más el tiempo —Óbero parecía entusiasmado, al menos más que el aprendiz—. Yo también quiero conocer mi destino. Puede que no sea tan interesante como el vuestro, pero quién sabe lo que aguarda el futuro. Además, yo soy de los que se contentan con poco, ¡ja!
Aia, totalmente decidido, los encabezó hacia el inhóspito lugar. Después de todo, tenía buenas vibraciones respecto a él.
—Vamos allá.
El interior del local era lúgubre y oscuro, las estrechas paredes color granate ajadas y podridas. El pasillo que conformaban conducía a una única dirección. No había más opción. La superficie de las paredes estaba decorada con telas y bordados dorados que seguían un patrón de triángulos y círculos entrezalados. Parecían formar alguna clase de figura ancestral, el símbolo de algo desconocido, mas el repetitivo módulo se extinguió al llegar a la sala principal.
La habitación era reducida, no por ello decepcionante. Abarrotada como estaba, no debía caber en ella ni un alfiler. Objetos de toda clase se amontonaban por cada rincón, abrumando incluso al más superficial. Cuadros, esculturas, figuras, pociones, instrumentos músicales y demás artilugios de cuestionable origen decoraban las estanterías y las rellenaban de misterio. Cada uno debía tener su extravagante historia.
Una única luz iluminaba toda la sala, aunque no lo hacía excesivamente bien. Una porción mayoritaria de la habitación se mantenía del todo ensombrecida, aunque debía estar hecho así aposta. A pesar de no alcanzar a ver nada donde se cernían las tinieblas, Kayt sabía con certeza que, en aquella oscuridad permanente, el vidente se mantenía oculto a la espera de cualquier cliente hambriento de respuestas.
—Venid a mí... —suurró una voz tenebrosa, tan lóbrega como el mismo mal universal. Resonó en los oídos de todos.
—¡Primero yo, primero yo! —exclamó Óbero, ilusionado como un niño.
Emocionado, el piloto echó a correr hacia las sombras y desapareció entre ellas. Pareció que no fuese a volver, pero era obvio que lo haría. Por mucho que Kayt sospechara, era imposible que aquello fuera una emboscada.
Kayt y Aia quedaron solos en la entrada observando curiosamente cada objeto. Había auténticas reliquias amontonadas como si fuesen escoria.
Aunque no estuvieran demasiado lejos de Óbero, por alguna extraña razón no podían oír ninguna de sus palabras. Ni las de él ni las del profeta. Era como si mundano mortal y el a-saber-qué hubieran dejado el plano terrenal para adentrarse en otro desconocido para ellos.
Sorprendentemente, Óbero tardó menos de cinco minutos en salir de entre las sombras, y lo hizo con una sonrisa en la cara. Aquello era lo último que Kayt y Aia hubieran esperado.
—¡Me espera un futuro de color de rosa, sí señor! —pronunció emocionado al acercarse de nuevo a ellos, aunque ninguno de los dos le dijo nada.
Óbero se desplazaba con ritmo, inquieto a la par que entusiasmado. Parecía que le hubieran quitado un enorme peso de encima.
Entonces y solo entonces, la tenebrosa voz aspiró un aire en bucle. Su suspiro ascendente se escuchó claramente, tornándose palabra con cada cadencia.
—Kayt Dracorex, ven a mí...
Sin cuestiones primarias, Kayt obedeció y caminó hacia las sombras con valor, lo que no le impedía sentir algo de pavor. Según lo dicho por Óbero era un ser de confianza, aunque que lo denominara "ser" ya quería decir mucho. A Kayt le costaba creer que pudiera fiarse de una entidad envuelta en tinieblas, vidente del futuro y conocedora de su nombre, aunque de este detalle ni él mismo se percató.
Al llegar ante él, tomó asiento en una silla acolchada. Pudo ver frente a sus ojos un cuerpo siniestro sentado en una silla elegante, repleta de detalles tallados. Lo cubrían ropajes tan negros como la oscuridad que se cernía sobre ambos, ensombreciendo su completo cuerpo. Relucían en su umbrío rostro unos ojos rojos como la misma sangre, acompañados de pupilas rasgadas como las de una bestia diabólica. Quizá lo fuera, se dijo Kayt. Le costaba creer que aquello pudiera definirse como humano.
—¿Qué me depara el futuro, sabio? —le preguntó Kayt con voz firme, aunque en el interior sentía un profundo pavor puntiagudo que se hundía en su estómago.
Él sabía la verdad. Veía más allá del reflejo en los ojos.
—¡Ja, ja, ja! —rio el supuesto vidente con demora—. No soy ningún sabio, Kayt Dracorex. Simplemente soy uno. Uno que sabe muchas cosas —los ojos animales del profeta relucieron como faros.
—¿Cómo sabes cómo me llamo? —Kayt acabó por percatarse la segunda vez. Tampoco mostró un gran estupor por ello.
—Uno sabe cosas. Te lo he dicho ya, Kayt. Cosas muy variables, pero, al fin y al cabo, cosas —la voz del vidente era cada vez más umbría.
Kayt no supo cómo continuar la conversación, y se mordió el labio para evitar que temblara. Detestaba mostrar debilidad.
—¿Quieres conocer tu futuro? ¿Estás seguro, Kayt? —le preguntó, alzando una arrugada mano negra de uñas como garras hacia él, pero sin llegar a rozarlo.
—Sí, completamente seguro —respondió Kayt frunciendo el ceño.
El resonar de su garganta eliminó la necesidad de palabras de más.
—Pues adelante, te lo contaré si tan seguro de ello estás... —los ojos, que no conocían el pestañeo, volvieron a su rojo sangre tan intenso como el fuego, e incluso la pupila animal pareció incrementarse—. Pues lo cierto es que veo negro tu futuro, Kayt. Tan negro como la nada. Como el vacío. Como el mismo espacio exterior. Negro, sí, muy negro.
Qué mala señal, pensó. Aquello cada vez le inspiraba menor confianza.
—¿Eso significa muerte? —le preguntó Kayt después de que su corazón se acelerara preocupantemente.
—No tiene por qué —Kayt suspiró levemente cuando el profeta se lo dijo—. Simplemente es negro, lo contrario de blanco, estandarte del bien, la pureza, la pulcritud, la luz... o eso al menos se piensa, ¿no es así? —volvió a señalar al turbado chaval con sus dedos huesudos—. Aunque lo vea negro, he de decir que se atisban grandes cosas. Grandes instantes. Grandes acciones. Grandes relevaciones. Eres grande, Kayt.
—¿Tú crees? —le preguntó—. Me gustaría que fuese cierto.
—La mente no miente, Kayt Dracorex, y tú lo sabes mejor que nadie. Otra cosa te digo, y es que tengas mucho cuidado con aquel que también porta el apellido del rey dragón. No es paz lo que te espera en relación con él.
Kayt sabía que, evidentemente, se refería a su hermano Dorann. No necesitaba advertencias para estar seguro de ello. Sus intenciones contrariaban todos los valores que trataba de defender a sangre y fuego.
—Eso ya lo sé —asintió Kayt—. ¿Tienes algo más que decirme? ¿Algo relevante?
—Pues que confíes en ti mismo, en la vida y en los que te rodean, porque es lo único que tienes y tendrás. Especialmente tu mente —el vidente parecía conocer bien el poder de la mente y sus muchas capacidades. Kayt era incapaz de determinar si era de los suyos. Parecía pertenecer a una neutralidad incognoscible—. Tu mente es poderosa, muy poderosa, fidedigna heredera de la estirpe Dracorex. La esencia de tu interior te tiene preparado algo, aunque tú no lo sepas. Confía en tu fuerza, Kayt Dracorex. Te espera el rojo, el negro y el blanco. Tu senda no conoce el final. Sangre eres, y como sangre proseguirás hasta el final.
El torrenre oscuro penetró el cuerpo de Kayt, y una extraña sensación misteriosa recorrió su cuerpo. Lo llevó a sentir algo extraño que la incomodidad aderezó. Tenía pocas palabras para definirlo.
¿A qué se refería con rojo, negro y blanco? ¿Su senda realmente no conocía el final? ¿Y qué había con lo de ser sangre? Más preguntas quedaban abiertas para Kayt, y no iban a poder ser resueltas hasta que el destino decidiera presentar las respuestas ante sus iracundos ojos. Hasta entonces, parecía que no le quedaba otra que esperar de brazos cruzados. Cuando se intentaba resolver una duda intrigante por las malas, tan solo otras nuevas se formulaban. Por eso mismo, Kayt no preguntó sobre Satania, ni sobre el fin del camino, ni mucho menos sobre el espadachín y el anciano. Al fin y al cabo, sabía que ni el conductor de una vida tan concurrida podría ayudarle. Era al mismo destino a quien debía aguardar, pues, tarde o temprano, se ocuparía de él. Con todos acababa tratando su eminencia intangible.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora