Alguien llamó con un fuerte clamor a las puertas del palacio de Villa Dracorex. Esperó unos minutos, pero nadie tenía intención de abrir. Volvió a llamar, pero se encontró con más de lo mismo. Tuvo pues que abrir las puertas de una patada reforzada. Desenfundó el hacha, solo por si acaso. No se temía nada bueno.
—¿Hola? —Gorgóntoros miró hacia todas direcciones en busca de vida.
Bajo el brazo izquierdo llevaba la Lluvia de Plata, la prestigiosa obra que el Cazador de Élite llamado Boris le había substraído al señor Dorann. Como tenía pendiente devolvérsela a su dueño, la dejó sobre una elegante mesa. Después, avanzó por el gran salón con el objetivo de encontrar aunque fuese una sola alma. Por alguna razón, sentía malas vibraciones por doquier. Las ondas auguraban algo abominable, un destino incierto.
—Esto está sospechosamente silencioso —pronunció en voz baja mientras recorría la siguiente sala, sin bajar en ningún momento el hacha—. No sé si es habitual, no estoy habituado a pulular por sitios como este. Aunque tampoco a hablar solo, como si alguien estuviese... —sintió algo— escuchándome.
Súbitamente, una silueta desconocida se colocó de sopetón frente a él. Gorgóntoros se sintió intimidado, lo que lo llevó a preparar el hacha, mas se vio obligado a esconderla cuando presenció con claridad el perfil de aquel sujeto. Desde luego, no podía tener un aspecto más inofensivo. Aquel viejo no mataría ni a una mosca.
—¿Quién demonios eres tú? —le preguntó el Toro al hacer castañetear los dientes.
—Soy Canóligo, el mayordomo de Dorann —declaró, la voz cansada—. Tú has de ser Gorgóntoros —se atrevió a darle la mano—. Dorann me ha hablado de ti.
Al descubrir que se trataba de un aliado y no un enemigo, Gorgóntoros tuvo que enfundar el hacha. Su postura de alerta se relajó, juntando las piernas y volviendo algo más amena (dentro de las limitadas posibilidades) su mirada.
—Hablando de Dorann... ¿dónde anda? —le preguntó al mayordomo con intriga, pues no había ni rastro de él. Ni siquiera lo percibía al usar el poder de la mente, y eso que no era alguien que pasase fácilmente desapercibido.
Ante todo, Canóligo se encogió de hombros.
—No tengo ni idea —admitió—. Salió ayer por la mañana junto a un individuo peculiar a las costas. Después escuché un estruendo, y desde entonces no he vuelto a saber nada de él.
"—Así que un estruendo..."
Gorgóntoros no dudó en que aquello no podía suponer nada halagüeño.
—Sígueme —le exigió mientras retrocedía con el fin de salir del palacio—. Creo que Dorann puede estar en peligro.
Canóligo se cuestionó lo de ir tras él, pero finalmente lo hizo. No parecía un hombre al que se le pudiera decir que no.
Una vez atravesaron juntos los prados y llegaron hasta las costas, se encontraron con una pila descomunal de rocas, tierra y vegetación hechas trizas. Era una montaña de destrucción, el resquicio de una catástrofe. Nunca habían visto nada igual.
Entonces, Gorgóntoros paseó la vista por todo el lugar. No encontró nada a destacar, tampoco a nadie con vida. Ni siquiera era capaz de sentir las ondas de su amo, quizá sepultado en algún lugar, ni pudo localizar el cuerpo del hombre que Canóligo había mencionado, cosa que lo extrañó con creces.
Por tanto, optó por alzar la mano para retirar mentalmente toda aquella acumulación de material pétreo. Que hubiese tantas toneladas apiladas no le puso las cosas sencillas, así que tuvo que ejercer una fuerza ejemplar para lograrlo. Sería un acto de fe, el último en nombre de su señor.
Comenzó a sudar en cuanto las rocas se suspendieron en el aire. Las hizo a un lado, creando caminos a través del suelo agrietado. No vio nada bajo la colina en un principio, pero fue tras esmerarse un poco más y retirar una capa de tierra compacta que localizó algo extraño. No cabía duda de que se trataba del cuerpo de Dorann. Miró fijamente a Canóligo, tan conmocionado como él al parecer. En sus ancianos ojos todavía brillaba la esperanza. El Toro corrió hacia él, aunque las ondas ya presentían lo inevitable.
En cuanto lo alcanzó, se quedó de piedra. No le hizo siquiera falta tocarlo para comprender que estaba muerto. Algo lo había atravesado por completo, emergiendo por la espalda. Su rostro era de completo espanto. No había muerto con una sonrisa como él sabía que le habría gustado, sino con un alto grado de amargura. Ahora, palidecido, se preparaba para la descomposición.
Gorgóntoros se dio la vuelta, decepcionado. Había llegado demasiado tarde.
—No me digas —Canóligo, asumiendo lo ocurrido, rodeó su boca con ambas manos.
Apretando los labios para evitar dejar ir un grito que ahuyentaría toda vida en hectáreas a la redonda, el Toro se vio obligado a asentir.
—En efecto. El imperio de Dorann Dracorex ha llegado a su final.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AdventureUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...